El esplendor de nuestra marca evolutiva

Nunca es tarde para bajar de peso, es por salud y por sentirse bien, cómodo, joven y sano. La levedad no deja de ser relevante, no me refiero a la levedad del ser, ni menos a la levedad intelectual sino a la levedad de masa corporal que permite mejores movimientos, excelentes agaches, elongaciones eficaces y, eventualmente, la práctica de un deporte sin vacilaciones. Siempre hay que hacer un esfuerzo por bajar de peso y fortalecer en vez de la grasa, la musculatura. Esto todos lo saben, no es novedad, no hay que ser especialista en nutrición ni ir al médico para tomar conciencia. Uno sabe, va en uno.

Claro, sin embargo aparecen los “peros”, las condicionantes que retrasan esta urgencia. Condicionantes que postergan la decisión de bajar de peso hasta (casi) hacerla desaparecer, hasta que te sorprende la pálida con su guadaña filosa y fría, con su capa lúgubre, que cubriendo su rostro espectral, te recuerda que ya es tarde para cualquier esfuerzo que vaya en la línea contraria de la misión a la que esté encomendada. Juan de Encina, el poeta medieval, escribió el romance “El enamorado y la muerte” que expresa muy bien la idea a la que me refiero, en relación a eso de la tardanza para aplicar esfuerzos cuando la hora designada llega.

Decía que los “peros” son múltiples y variados, y no porque uno tenga conciencia cabal de lo expresado en el párrafo precedente, lo que sucede es que lo que se plantea a continuación no deja de tener asidero e incuso una desvergonzada capacidad de convertirse en verdad verdadera, como la mayoría de las verdaderas verdades que trasuntan los intereses humanos más caros y que determinan su vida cotidiana. Éstas son las explicaciones del porqué no siempre se actúa en razón de la evidencia médica o científica y que no son precisamente razones baladíes.

En términos simples, si la explicación dada carece de la simpleza mínima de una buena explicación, es que en realidad, y más allá de cualquier disquisición teórica, relato supremo, constructo intelectual, o verdad científica, la realidad supera siempre a la teoría, la desnudez de los actos cotidianos a la incapacidad de asirse a un paradigma que todo lo solucione y que establezca con precisa anticipación los fenómenos a los que la especie humana se enfrenta día a día, hora tras hora, minuto a minuto por más de dos millones de años. Y por cierto, no es que quiera desdeñar el método científico ni la modelación de fenómenos físicos, químicos o biológicos para establecer verdades positivas más o menos apreciables, sino más bien al ejercicio de la praxis vital como definición formidable de la vida misma, bien vivida.

Definir bien lo que es un “buen vivir” o un “mal vivir”, sé que generará suspicacias y resquemores, lo generan las ideologías políticas que se disputan las preferencias de los incautos, en fin, modelos divergentes que buscan siempre el bienestar de la gente, finalmente su anhelada y utópica felicidad.

¿Es posible que dos ideologías contrarias tengan un mismo objetivo a pesar de la asimetría de sus actividades vitales?

¿La gente genuinamente es tan feliz en Pyongyang como en Uppsala o Thimbu?

Volviendo a lo anterior, la reflexión que intento instalar es la posibilidad cierta de bajar de peso y seguir siendo feliz volcado en algunos de los rituales humanos que más felicidad, alegría, dicha, y trascendencia suponen para la especie humana como no es sino comer. Pero del que hablo no se trata de un comer profano, burdo, tosco, biológico, de un comer para satisfacer las necesidades naturales de proteínas y calorías para sobrevivir en un mundo hostil lleno de las terribles amenazas de mamuts y rinocerontes arcaicos, o de tigres dientes de sable que quieran disputar con fiereza el cadáver de un okapi muerto en la sabana africana. No es el comer, como acto de ingerir un alimento sólo para satisfacer el gasto de energía de un hombre en proceso evolutivo y ampliación cerebral como clave mágica o llave maestra de su propia evolución trascendente.

No no no.

Muy por el contrario. Me refiero al comer social, al acto ritualístico tan propiamente humano, que convoca desde la antigüedad más remota en torno a un plato bien preparado, una carne bien asada, una mazamorra de vegetales molidos a la piedra con aderezos del bosque y un brebaje acerado en la madera de cualquier fruta salvaje, a evocar las jornadas heroicas de la batalla, las sinuosas conquistas eróticas, las desenfrenadas aventuras literarias, las historias mínimas y máximas de nuestras existencias como seres gregarios. Encontramos en ese hogar los relatos de las jornadas laborales, los brindis por los aniversarios, las ensoñaciones de un futuro remoto, las lágrimas enjugadas de un amor fallido; en ese deleite de compartir una copa de vino y una preparación que evoca los mejores momentos de la infancia y nos traslada de la mano hacia el ideal de nuestra experiencia vital. Allí se encontraban Arturo con Parsifal, Pellinore y Gawain, en la redondez de la mesa mítica; Jesús compartiendo el pan entre los amados; Babette y su festín; la cena blanca de la familia Ekdahl tras superar los fantasmagóricos grises de la religión; y Antonio, Gianni y Nicola alzando sus tenedores repletos de espaguetis cuan mosqueteros de la amistad en una trattoria de la Via Del Consolato a mediados de los setenta.

Pero más allá de las mesas de la gran Historia, la escena ritual se repite por cientos de millones alrededor del mundo, con las especificaciones particulares de cada cultura, como registro único elemento consustancial de la evolución humana desde siempre, quizás acaso, determinando per se la condición humana gregaria, colectiva, fraterna, amorosa en el consumo circunstancial de una comida ya no la mera ingesta de una proteína necesaria para la musculatura, sino en un placer para estimular las papilas, la mente y un corazón en comunión.

Qué se yo; ahí están los viernes en el boliche de la esquina con los mismos de siempre festejando la amistad, o la cena llena de potencial erotismo en la penumbra más escondida de un restorán del centro a la luz de un cirio pascual, la bulliciosa algarabía de los amigos reencontrándose después de años disputándose las carnes jugosas en una plancha al carbón al centro de la mesa, el tablón familiar llena de abuelos, hijos y nietos cualquier domingo de aniversarios; el pan y el vino, el queso del sur, las aceitunas carnosas, los jamones mediterráneos, las galletitas saladas, el pisco sour que pinta de verdes intenciones el espíritu; un lomo tres cuartos, un ceviche mixto, la cazuela de la vieja de la picada, una ensalada chilena, la pastelera de enero, locos mayo aderezados por salsa verde, las humitas calientes, los clásicos riñones ajerezados, los porotos con mazamorra en un devenir de metálicos sonidos de cucharas y tenedores, como una lucha sin cuartel por conquistar la amistad, las bocas llenas de ideas fluyendo, las mentes aceleradas por el ritmo de los infinitos sabores, de tanto en tanto un sorbo al borde del cristal de la copa, humedeciendo la conversa de matices evocadores de maderas y fresas, de solanas y arreboles.

¿Tinto o blanco?

¿Servilletas para no manchar las camisas de boloñesa?

¡El primer brindis por la fraternidad!

¡Salud!

Somos de las huestes de Epicuro de Samos, que despojados de la superstición, buscamos el placer modesto y duradero, la mágica trascendencia de la amistad compartiendo una cena, un almuerzo, el brindis que nos reconoce a todos como unos iguales, donde las ínfimas estrellas del frutoso bebestible, se mezclan equitativamente en la imaginación de un mundo sin razas ni privilegios, donde el brillo de los instrumentos del mastique, representa como el esplendor de una amanecida, la marca evolutiva de hombres y mujeres que supieron vencerse a sí mismos, para convertir el pan y el vino en la joya más preciada, que determina la esencia social del hombre en su trayecto hacia la trascendencia.

Publicado por Rodrigo Reyes Sangermani

Un trashumante que busca explicaciones casi siempre sin encontrar ninguna

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