Momento de superar la herencia simbólica

Aunque es conocido el poco interés del arzobispo de Santiago, cardenal Celestino Aós por aparecer en los medios de comunicación, me había llamado la atención el prolongado silencio de la Conferencia Episcopal ante el proceso constituyente. Pero tratándose de la Iglesia no dejaba de ser raro que su travesía por el desierto, salpicada de un creciente descrédito por las destituciones y nombramientos obispales tras la crisis de los abusos, haya venido acompañada de una actitud prescindente tanto en la discusión constitucional como en otros temas de la agenda nacional en los últimos años.

Sin embargo hoy, a pocas semanas del plebiscito de salida, los obispos reaparecen en la discusión pública con un documento ofreciendo una serie de “orientaciones” a la opinión pública y alguna crítica al párrafo constitucional que consagra la libertad de la mujer en relación a la interrupción del embarazo. Nada nuevo, nada sorprendente. Consejos obvios ya entregados muchos otros y sabidos por todos, como eso de “discernir informado”, de votar “en conciencia”, de poner el bien común del país por delante, etcétera. Poco aporte poca sustancia. Y respecto de la interrupción del embarazo, ninguna cosa que no hayamos escuchado antes, incluso, desde el punto de vista “valórico”, nada nuevo respecto de la situación actual del aborto por las tres causales.

Es evidente que, más allá de la influencia minoritaria de sectores ultra conservadores vinculados a grupos de poder, hace rato que la Iglesia, en términos de su peso en la discusión política, ha venido perdiendo influencia en el país (¡qué decir en el plano internacional!). La secularización de la nueva sociedad, el vertiginoso descenso en las cifras de personas que se declaran católicos, a su vez el aumento de la cantidad de agnósticos y ateos, la prescindencia absoluta de enfoques religiosos en la labor parlamentaria, el reconocimiento expreso de la nueva Constitución respecto a la condición laica del estado, conforman un escenario nuevo y largamente anhelado de un país que, sacudiéndose de sus prejuicios decimonónicos, entra en una etapa de modernización humanista desprovista de todo dogmatismo de fe y que profundiza una ética valórica universal, amplia, generosa y tolerante.

Hoy Chile ha cambiado, al menos existe la voluntad de avanzar hacia mayores estados de justicia social y democracia, de libertad y solidaridad, valores que ciertamente no son exclusivos de ninguna creencia religiosa, y que por el contrario, el humanismo laico abraza con comodidad.

Espero que ya pronto podamos superar la herencia simbólica que aún permanece en nuestra convivencia nacional, como lo sería dejar de abrir las sesiones del Congreso en nombre de Dios; sacar las capellanías militares en las FF.AA.; prescindir de los rituales religiosos en los actos del estado; y por cierto, lo más importante, eliminar definitivamente las clases de religión de la educación pública.

Este es el momento.

No es poco, pero tampoco es mucho

Empieza la campaña constituyente en las redes sociales, descalificaciones porque sí o porque no, fakes van y vienen, campañas del terror a diestra y siniestra. Nadie sabe para quién trabaja.

Pero a mí no me extraña… la política ahora es así, quizás siempre ha sido así. Las campañas tienden a polarizar los argumentos… son excluyentes, una alternativa es absolutamente mala, despreciable; la otra, buena, inmejorable… según quien la juzgue, según el color del corazón de quien analice.  

Por eso es necesario que las personas inteligentes y más informadas sean capaces de advertir los infinitos matices, apreciar los pro y contras, distinguir los grises, no dejarse llevar por el voluntarismo ni los brillos enceguecedores del discurso populista; en fin, ser capaces de encontrar buenos argumentos en ambas posturas. Yo al menos intento ser parte de ese grupo de personas. Pero la tarea es difícil, es mucho más fácil el eslogan, tragar ruedas de carreta, empuñar las mismas banderas de la mayoría, ponerse una sola camiseta, sin reflexión, sin estudio ni análisis, llevarse por la masa, sea del tono que sea, abrace las ideas que abrace. Es menos popular, es más arriesgado, es más duro, es menos tolerable. A veces, incluso, uno se convierte en paria. Los amigos de izquierda te miran con desprecio, los de derecha te apuntan con el dedo ¡Cuánta razón tenía Georges Brassens cuando cantaba la mauvaise réputation!

Los que la tenemos difícil nos inquietamos, no quiero decir que sufrimos, porque sería mucho. Creemos que nada es totalmente bueno ni nada totalmente malo. Nos ocurre con esta Constitución que nos obliga a pronunciarnos en blanco y negro. Y así tendremos que hacerlo. En lo personal, voté por una nueva Constitución y tiendo a pensar en la necesidad de aprobar un nuevo texto, quizás por lo simbólico, lo que es un muy buen argumento, porque la política es un poco el arte de lo simbólico, de las señales; por los elementos valiosos que nos hacen avanzar hacia un país más justo, donde se consagren derechos universales de equidad, inclusión y fin de los abusos de una institucionalidad construida desde «arriba». Sin embargo hay elementos en la Constitución como está, que a mi juicio debilitan la democracia, la separación de poderes, la fiscalización constitucional y crea una ficción con el tema de los pueblos originarios, copiado de otras constituciones con realidades tan distintas a la nuestra, además con quórums de modificación propios de gobiernos autoritarios.

Por eso estoy en duda, en reflexión. Tendré que poner en la balanza los pro y contras, porque los hay; sopesar concienzudamente los argumentos para decidir con independencia y sin ideologismos. Como debe ser. Sin temor a que me apunten con el dedo, a que me saquen a la pizarra, a que me saquen mi historia, a que me amenacen como si fuera de uno u otro lado, que me vendan los temores por modelos añejos del pasado de aquí y allá, porque la dictadura militar propia de la Guerra Fría se acabó, como también los utopismos colectivistas que algunos añoran.

La construcción de un mejor país nos debe convocar a todos sin exclusivismos ni superioridades morales de quienes dicen tener la varita mágica para resolver todos (o casi todos) los problemas de una democracia moderna y fuerte.

Pedir cordura y altura de miras no es poco, pero tampoco es mucho.

Confusiones de una marraqueta

Sabemos más o menos cómo se creó el universo, incluso se ha podido modelar la forma en que pudo despuntar de la nada hace millones de millones de años; también sabemos que la física cuántica ha demostrado que un gato puede estar o no estar vivo al mismo tiempo, increíble; conocemos el comportamiento de los virus, cómo está compuesto el suelo de marte y nuestras naves recorren el espacio fuera de nuestro sistema solar, casi como Pedro por su casa. Es admirable que el conocimiento humano haya avanzado tanto, y en las últimas décadas a pasos agigantados para resolver casi todas las dudas que han atormentado a nuestros antepasados. Recientemente, como si fuera poco, hemos podido ver la luz de las estrellas que surgieron al inicio de los tiempos.

Sin embargo, todavía la humanidad tiene desafíos pendientes, que quizás no sean tan relevantes para comprender a la especie y sus interpretaciones antropológicas, pero que suponen un asunto de cotidiana relevancia, sobre todo considerando la crisis económica crónica que vivimos y la escalada en el alza de los precios cuando de materias primas se trata. Nos referimos a que aún no hemos dilucidado la dimensión y proporción exacta de una marraqueta, si son las cuatro partes que componen la pieza, o las dos unidas a lo ancho de la misma.

Revisando los antecedentes que se han podido tener a la vista, constatamos que no existe claridad al respecto, por ejemplo, un organismo independiente que regule esta situación; la ausencia de una normativa institucional clara y la indiferencia del mundo científico, ha significado que por décadas el asunto de la marraqueta quede al arbitrio de cada consumidor o panadero, a la negociación habitual del acto de la compra entre el proveedor y el cliente, a la aclaración confusa y compleja entre las partes de la transacción panadera. Con ello, se han visto perjudicados tanto panaderos, proveedores de harina, molinos, clientes y consumidores finales, tales como dueñas de casa o estudiantes de primer año de perito judicial y fabricantes de canastos de Chimbarongo, entre muchos otros.

Buscando información relevante en los anales del Centro de Estudios del Pan de la Confederación Internacional de Panaderos, descubrimos que la única normativa existente corresponde a una de la antigua Checoslovaquia, establecida entonces por el Státní ústav pro normalizaci velikosti chleba, en castellano, Instituto Estatal de Normalización de las Medidas del Pan, con sede en Pilsen, que intentó definir exactamente bien cómo se definía cada tipo de pan en función de sus ingredientes, niveles de sal, proteínas, grasa, calidad y origen del trigo, o su peso; pero claro, lejos estuvieron de hacerlo con la marraqueta, ya que no era un tipo de pan conocido entonces -y creo que ahora tampoco- en los países de la antigua órbita soviética. En Praga las dueñas de casa tenían acceso sólo a esos bollitos alargado tipo “baguetín” de harina traída del oblást de Bélgorod; era muy fácil de definir, las balanzas estatales distribuidas en las panaderías populares determinaban con justeza que un baguetín pesaba 165 gramos, y seis un kilo. El kilo costaba unas 3 coronas de entonces, al menos hasta que el país, ya dividido entre checos y eslovacos, asumió al Euro como moneda de curso legal. A pesar de tener un precio subvencionado, su costo no era tan bajo.

Los otros panecillos objetos de estudio en el país eran los ruzovas, los dobyden y los chleba volno con los que se preparan los clásicos sandwichs kancí chleba, los que recomiendo fervientemente; sin embargo, ninguno de ellos tenía las características divisibles de una marraqueta, que en ese sentido eran como los chicles dos en uno, para los que se acuerdan de esas gomas masticables que producía LQL hace algunos lustros atrás.

La verdad es que no se conocen otras experiencias normativas en el mundo, menos de la marraqueta que es un tipo respecto del cual, más allá de la mitología popular respecto de su origen, no se sabe mucho más, sobre todo que teniendo tan extraordinaria acogida por las familias de esta parte del mundo, no haya sido adoptado en las mesas de otras gastronomías, como sí lo han tenido en las nuestras, otros tipos de panes internacionales exitosos. Quizás sea necesario decir, que la forma de los panes no es un capricho de los panaderos, sino que la forma obedece al modo de preparación y a los ingredientes que se utilizan. Por ejemplo, es sabido que la famosísima hallulla tiene sal y manteca, lo que aumenta su costo y la grasa abdominal de quien la consume. La marraqueta en cambio, en principio es un producto más económico y más sano, tiene sólo harina blanca de trigo y agua, a veces una pizca de sal y azúcar. Es verdad que en los supermercados, el precio del pan es todo el mismo, sin importar si es pan de completo, frica, amasado, coliza, italiano, o marraqueta, pero en las panaderías de barrio, la marraqueta es más barata porque sus ingredientes son menos y más simples. Pero eso es harina de otro costal.

¿Es la pieza entera la marraqueta o cualquiera de las mitades por la que está compuesta?

No son pocos los que plantean, como si fuera una verdad revelada en el púlpito de un sacerdote, que la marraqueta en realidad está compuesta por dos panes y cuatro “dientes”, lo que quizás sea cierto, pero que no soluciona el problema, ya que es sabido que muchas veces cuando se pide en el mesón “deme 10 marraquetas”, la pregunta surge espontánea, “¿10 panes enteros o medias marraquetas?”  Cinco, diez, hacen la gran diferencia. La confusión se manifiesta claramente, se dificulta la comunicación lo que retrasa la transacción y hace perder el tiempo a las partes. Pero bastará esa pregunta para se entre en una espiral de confusiones, porque la respuesta seguirá siendo ambigua, “no, quiero 5 panes enteros” reclamará el comprador, “¿o sea – replica el vendedor, – quiere sólo cinco marraquetas?” Ahí el enredo ya es mayor; probablemente el vendedor crea que lo mejor es mostrarle la marraqueta entera y volver a preguntarle “¿cinco o diez de éstas?”

Si bien los que saben de pan tengan una respuesta definitiva, propia del dominio de un lenguaje técnico, en la calle no hay acuerdos al respecto. La duda surge en el estándar semiológico de la palabra, si éste está determinado por la calidad profesional de la persona que la nombra, por ejemplo el “panadero”, que supuestamente sabe más de la materia o del “cliente”, que tiene un conocimiento más superficial; o por la ocasión, es decir, tendrá un nombre si el objeto se consume y otro si éste se compra. Por ejemplo, es comprensible decir “me comí una marraqueta”, y me parece que nadie creerá que se comió la pieza entera de pan formada por las cuatro mitades, o mejor dicho formado por cuatro partes; en cambio, si uno la compra puede decir con soltura “me da 3 marraquetas?” lo que el panadero eventualmente entenderá que de esas 3 marraquetas vendidas se podrán hacer 6 sándwich de jamón y queso por ejemplo, o palta y jamón, que es más rico aún. Curioso uso del lenguaje, son 3 cuando se compran y seis cuando se consumen, el lenguaje es mágico y genera realidad, pero de ahí a duplicar el pan… hemos llegado lejos.

Pareciera que el asunto finalmente es un tema lingüístico, el que por cierto, trae problemas de comunicación y subsecuentemente confusión respecto de qué es con precisión una marraqueta. Los panaderos tendrían resuelto el problema, los consumidores quizás de a poco han ido aprendiendo, pero mientras no haya una sanción normativa por parte de la autoridad, seguiremos siendo testigos que el lenguaje coloquial de los compradores de pan enrede el momento de la urgente adquisición del producto y atente hacia la calidad de éste, dado el tiempo en que una sabrosa pieza de pan recién salida del horno se enfríe. Quizás sea necesario que se pronuncie el INE, el departamento de estudios del Ministerio de Economía, o distribuir un paper de la FAO, o la creación de una comisión especial con nombres propuestos por el presidente y ratificados por el Senado que dilucide el asunto, porque por mientras ello no ocurra, a la hora de hacer un sándwich, una marraqueta será siempre dos, lo que significa que seguiremos comiendo más pan del que compramos.

Las moscas de Santa Elvira

La sola observación del absurdo, inútil y aleatorio comportamiento de las moscas en una habitación cualquiera una tibia tarde de verano, definitivamente nos indica la carencia absoluta de una inteligencia superior en el diseño original del Universo. Porque la pregunta existencialista por excelencia no es si existe o no un dios, sino cuál habría sido el objeto que lo habría motivado para realizar su supuesta Creación.

Desde niños nos enseñaron que cada ser vivo cumple un rol en la naturaleza, por pequeño que éste sea, que ese ser sería parte fundamental de un equilibrio natural que hace que todo sea un “orden” magnífico producto de una Causa anterior.

Lo que es científicamente comprobable, incluso con una somera revisión de los antecedentes que cualquier persona tiene a la vista, es constatar, por ejemplo, que la desaparición paulatina de los demonios de Tasmania, en la isla del mismo nombre, rompe peligrosamente los equilibrios naturales de ese territorio sudaustraliano. Y ejemplos como éste abundan. Los canales de televisión de la vida salvaje así lo muestran todos los días en programas que se repiten de cuando en cuando.

Sin ser experto en marsupiales en vías de extinción ni menos en la biodiversidad tasmana, puedo suponer, más allá de las conclusiones de la gente especializada que lo haya investigado, que la ausencia definitiva del irascible animalejo provocaría el aumento de cualquiera de las especies de animales que son parte de su dieta alimenticia como potorúes, wombats, roedores de diverso tipo, e incluso pequeños canguros. En la misma línea de reflexión, podríamos deducir que si las crías de tilacino no hubieran sido uno de los platos favoritos del mentado demonio, quizás aún contaríamos con esa especie de lobo marsupial recorriendo los densos bosques de la exótica isla.

Son sólo conjeturas de un distraído, es cierto, no me he dedicado a escarbar los archivos de la Sociedad Zoológica de la Universidad de Rosengreen, ni he revisado los informes de la Exploration Geographic Society al respecto, tampoco tengo amigos cercanos familiarizados con estos temas que hayan compartido conmigo algún antecedente de una investigación relacionada con los temas que he señalado, por lo tanto, por muy plausible que parezca, pueden ser todas, puras ideas mías.

Pero lo que no son ideas mías, sino resultado de una fina, constante y acuciosa observación, es el comportamiento de las moscas, el confuso devenir aéreo de estos desagradables dípteros domésticos en una habitación cualquier tibia tarde de verano. Comportamiento que por cierto no ha sido investigado, no al menos, con la fina, constante y acuciosa observación antes señalada. Quisiera aclarar que al decir “domésticos” no me refiero a que estos insectos voladores hayan sido “domesticados”, como si se ha hecho por ejemplo con las pulgas que participan en algunos espectáculos circenses, sino más bien porque su carácter de insecto cercano a las casas y a las personas, que cohabitan los espacios del “domus”, le entrega esa categoría, a diferencia de especies similares que viven lejanas en los bosques de Pembuang o en las profundidades de las montañas de Virunga.

Asimismo, y sólo con el afán de precisar muy bien los términos empleados, dada la seriedad del texto en cuestión, digo “tibia tarde de verano” porque el experimento no funciona en una fría mañana de invierno, y quizás quién sabe si funcione en temporadas más templadas como otoño o primavera. Lo que sí resulta evidente es que el experimento se manifiesta plenamente en las tibias tardes de verano.

Muchos podrán corroborar que luego de un contundente almuerzo estival, en plenas vacaciones, con todo el tiempo libre por delante, y con los deseos infinitos de entregarse mansamente a los brazos de Morfeo en cualquier rincón de la casa, aparecen intempestivamente tres o cuatro moscas revoloteando como dentro de un cubo invisible que no toca paredes, tampoco toca muebles ni lámparas, y que circunscribe el periplo de los atontados dípteros a un espacio vital cúbico determinado, como si ese cubo imaginario fuera su propio universo curvo e infinito. Van y vienen, suben y bajan en irregulares vueltas sobre sí mismas respetando escrupulosamente la delimitación antes referida, como una frontera espacial y gravitacional imposible de traspasar, como  ; no se topan entre ellas ni tampoco chocan, es como si tuvieran campos magnéticos que las ayuda a repelerse mutuamente para evitar una colisión. Su plan de vuelo parece improvisado en cada aleteo y su vuelta y revuelta como si fueran producto de un designio invisible. No van a ninguna parte, no buscan alimento tampoco posar sus frágiles patas sobre superficie alguna, su incansable revolotear no tiene vestigios de ser una etérea danza sexual.

No es un caso único en la naturaleza, al menos en la vida de las especies animales que viven cerca del ser humano, tan cerca como para ser observadas sin necesidad de establecer el celo de ningún experimento científico que se precie de tal. Baste observar el paseo del gato en el living de la casa, la vuelta del perro, el colosal planeo de las golondrinas sobre la yerba seca recortando el azul profundo del cielo. Todo parece fuera de un supuesto control inteligente, una especie de vida natural rebelde de rebeldía, todo parece un proceso indiferente de una matriz programada, escéptica de una misión trascendente; sólo se advierte de soslayo la casualidad que todo lo gobierna, la fortuna imperatrix mundi que establece la aleatoriedad de la existencia sólo regulada por el acomodo o la evolución, la búsqueda de lo simple, del camino corto, del atajo y la economía que ordena los cuerpos celestes aquí y allá. A la suerte del tiempo y del cambio. Nada más.

No parece lógico, ni siquiera en dimensiones divinas, la programación de un proceso evolutivo lento y complejo sólo para que en el final de la historia uno de esos seres evolucionados se transformara en el sapiens que somos todos nosotros. ¿Por qué no haberlo hecho instantáneamente, cuál sería el sentido de haberlo hecho así en forma tan lenta y paulatina, si el objetivo es la creación de un hombre y una mujer, por qué planificar una larga evolución, sometida a los avatares propios de la selección y la adaptación de las especies al entono?

¿La pareja que salió expulsada del Edén era peluda y tenía los brazos largos?

¿No será mejor reconocer que el hombre es el resultado de una larga casualidad adaptativa de causa y efectos?

No está en duda la función de la mosca común en el ecosistema, se han escrito litros de tinta al respecto, podemos encontrar por ejemplo, el detalle del rol que cumplen los dípteros en general, y las especies de moscas en particular, en el estupendo tratado Universelle Untersuchung des Verhaltens von Fliegen im Ökosystem, en español, Estudio Universal del Comportamiento de las Moscas en el Ecosistema, de la Universidad de Johannestadt de Dresde. Sin embargo, el estupendo estudio publicado en 1932, no explica la razón de los movimientos aleatorios de las moscas en un recinto cerrado en tiempos de calor. En esa parte del Capítulo VIII, el autor, Dr. Heinrich Kauffman, es vago, ambiguo e inaprensible, prefiere hacer un análisis comparativo con los vuelos de otros dípteros del sur de Alemania, detallar acuciosamente el proceso evolutivo de las moscas del Báltico, describir el tiempo en que las larvas del insecto demoran en eclosionar y observar detenidamente la cópula de las distintas especies analizadas entre los años 1916 y 1930. Como si esa información desentrañara el misterio de la Creación o descubriera las claves del origen de todo.

Ante las consultas de organizaciones científicas en el Quinto Encuentro Mundial de Entomología, realizado en Chicago en 1942, acerca de la deliberada omisión de aspectos tan importantes del comportamiento dipteril, Kauffman nuevamente distrajo la atención de los especialistas anunciando un nuevo estudio acerca del comportamiento asexuado de las abejas en el retorno al panal, lo que generó inmediatamente el interés académico y de la prensa especializada. El 28 de mayo, día de la clausura del encuentro, mismo día que México le declaró la guerra a Alemania, el New York Century Post, en una nota destacada, publicaba el anuncio realizado por Kauffman respecto del estudio de las abejas, lo que hizo olvidar los vacíos respecto del vuelo de las moscas en un espacio cerrado, omitido en su libro.

Pues bien, yo no tengo ninguno de esos libros, no he tenido acceso directo a las lecturas ni amigos que estén más sensibilizados con el tópico que me hayan explicado los alcances más profundos del tema, sólo la lectura de una crónica en una vieja revista de variedades en la casa de campo de Santa Elvira, donde por casualidad leí un resumen de esta historia. Siempre fue mi preocupación comprender cabalmente el comportamiento de las moscas, aún más, creo que fue cuando niño, precisamente en alguna de esas tardes de verano en Santa Elvira, que descubrí mi preocupación al respecto, la observación inequívoca del comportamiento latamente descrito y las elucubraciones existenciales que estas preocupaciones incumben.

Durante largas horas, en el hastío de la siesta, observaba atento a las moscas deambular dentro de ese cubo imaginario, antes de que bajara un poco el calor y saliéramos a pasear al lago a refrescarnos. Las moscas indiferentes a las corrientes de aire o apertura de puertas y ventanas, seguían ahí, en su celeste plan de revolotear dentro de la habitación, mientras nosotros salíamos a caminar cortando la monotonía de los campos de altas espigas. Era el año 1980, casi 40 años después de que Kauffman decidió quedarse en EE.UU. y no volver a la U. de Johannesdtadt. A pesar de sus vacíos investigativos fue contratado por la Universidad de Ventura en California, donde olvidó sus estudios acerca de las moscas comunes y comenzó a investigar acerca de otras familias de dípteros como la mosca pecho amarillo, la mosca roja de Borneo, la mosca oriental del Urubamba, o insectos de la familia aunque más lejanos como los mosquitos de Guam, el tábano andino o el colihuacho yumbelensis.

Desde entonces, siempre supe que el destino del escurridizo Dr. Kauffman quedaba unido al mío en la duda existencial permanente respecto del diseño inteligente. Siempre entendí que algo se había descubierto que pondría en duda las creencias milenarias respecto a lo Superior, algo que el propio Kauffman no se atrevería a confesar, no al menos en un momento de la historia que los espíritus conturbados y las energías vitales estaban concentradas en los horrores de la inminencia de una guerra que dejó millones de muertos y millones de asesinados por el odio racial. Entendí entonces que la simple observación del inútil volar de las moscas asociado al crimen más horroroso de la humanidad, no tendría que ver tanto con la ausencia de una causa divina, aunque sí, sino más bien con la constatación fría y definitiva de que el destino del hombre, su sociedad y los dípteros que habitan cerca de él, actúan fortuitamente, en un proceso evolutivo acumulativo de causas y efectos, de selección y adaptación, sin sentido. Un sinsentido que me alegra y tranquiliza, porque uno puede llenarlo con el significado que cada uno quiera. El que a cada uno le haga sentido, en la medida que una y no separe, que edifique y no demuela. Los males de la humanidad lo causamos los hombres y las bondades de nuestra existencia también, es decir la prescindencia divina se hace carne en la más doméstica de las actividades universales: vivir.

Al final del día volvíamos del lago, el atardecer era todavía tibio, la revista estaba ahí tirada en el viejo sofá de la casona de campo, el olor a pan amasado tostado llena el espacio de la sala, por la ventana se ve cómo el cielo se torna anaranjado mientras las moscas siguen dando vueltas incansables en su mágico cubo invisible. Kauffman murió en 1963, así se lee en la revisita, un infarto lo sorprendió en su jardín de Santa Mónica cortando rosas, las mismas que tantos millones de años, dice la leyenda, Dios se demoró en crear.

El esplendor de nuestra marca evolutiva

Nunca es tarde para bajar de peso, es por salud y por sentirse bien, cómodo, joven y sano. La levedad no deja de ser relevante, no me refiero a la levedad del ser, ni menos a la levedad intelectual sino a la levedad de masa corporal que permite mejores movimientos, excelentes agaches, elongaciones eficaces y, eventualmente, la práctica de un deporte sin vacilaciones. Siempre hay que hacer un esfuerzo por bajar de peso y fortalecer en vez de la grasa, la musculatura. Esto todos lo saben, no es novedad, no hay que ser especialista en nutrición ni ir al médico para tomar conciencia. Uno sabe, va en uno.

Claro, sin embargo aparecen los “peros”, las condicionantes que retrasan esta urgencia. Condicionantes que postergan la decisión de bajar de peso hasta (casi) hacerla desaparecer, hasta que te sorprende la pálida con su guadaña filosa y fría, con su capa lúgubre, que cubriendo su rostro espectral, te recuerda que ya es tarde para cualquier esfuerzo que vaya en la línea contraria de la misión a la que esté encomendada. Juan de Encina, el poeta medieval, escribió el romance “El enamorado y la muerte” que expresa muy bien la idea a la que me refiero, en relación a eso de la tardanza para aplicar esfuerzos cuando la hora designada llega.

Decía que los “peros” son múltiples y variados, y no porque uno tenga conciencia cabal de lo expresado en el párrafo precedente, lo que sucede es que lo que se plantea a continuación no deja de tener asidero e incuso una desvergonzada capacidad de convertirse en verdad verdadera, como la mayoría de las verdaderas verdades que trasuntan los intereses humanos más caros y que determinan su vida cotidiana. Éstas son las explicaciones del porqué no siempre se actúa en razón de la evidencia médica o científica y que no son precisamente razones baladíes.

En términos simples, si la explicación dada carece de la simpleza mínima de una buena explicación, es que en realidad, y más allá de cualquier disquisición teórica, relato supremo, constructo intelectual, o verdad científica, la realidad supera siempre a la teoría, la desnudez de los actos cotidianos a la incapacidad de asirse a un paradigma que todo lo solucione y que establezca con precisa anticipación los fenómenos a los que la especie humana se enfrenta día a día, hora tras hora, minuto a minuto por más de dos millones de años. Y por cierto, no es que quiera desdeñar el método científico ni la modelación de fenómenos físicos, químicos o biológicos para establecer verdades positivas más o menos apreciables, sino más bien al ejercicio de la praxis vital como definición formidable de la vida misma, bien vivida.

Definir bien lo que es un “buen vivir” o un “mal vivir”, sé que generará suspicacias y resquemores, lo generan las ideologías políticas que se disputan las preferencias de los incautos, en fin, modelos divergentes que buscan siempre el bienestar de la gente, finalmente su anhelada y utópica felicidad.

¿Es posible que dos ideologías contrarias tengan un mismo objetivo a pesar de la asimetría de sus actividades vitales?

¿La gente genuinamente es tan feliz en Pyongyang como en Uppsala o Thimbu?

Volviendo a lo anterior, la reflexión que intento instalar es la posibilidad cierta de bajar de peso y seguir siendo feliz volcado en algunos de los rituales humanos que más felicidad, alegría, dicha, y trascendencia suponen para la especie humana como no es sino comer. Pero del que hablo no se trata de un comer profano, burdo, tosco, biológico, de un comer para satisfacer las necesidades naturales de proteínas y calorías para sobrevivir en un mundo hostil lleno de las terribles amenazas de mamuts y rinocerontes arcaicos, o de tigres dientes de sable que quieran disputar con fiereza el cadáver de un okapi muerto en la sabana africana. No es el comer, como acto de ingerir un alimento sólo para satisfacer el gasto de energía de un hombre en proceso evolutivo y ampliación cerebral como clave mágica o llave maestra de su propia evolución trascendente.

No no no.

Muy por el contrario. Me refiero al comer social, al acto ritualístico tan propiamente humano, que convoca desde la antigüedad más remota en torno a un plato bien preparado, una carne bien asada, una mazamorra de vegetales molidos a la piedra con aderezos del bosque y un brebaje acerado en la madera de cualquier fruta salvaje, a evocar las jornadas heroicas de la batalla, las sinuosas conquistas eróticas, las desenfrenadas aventuras literarias, las historias mínimas y máximas de nuestras existencias como seres gregarios. Encontramos en ese hogar los relatos de las jornadas laborales, los brindis por los aniversarios, las ensoñaciones de un futuro remoto, las lágrimas enjugadas de un amor fallido; en ese deleite de compartir una copa de vino y una preparación que evoca los mejores momentos de la infancia y nos traslada de la mano hacia el ideal de nuestra experiencia vital. Allí se encontraban Arturo con Parsifal, Pellinore y Gawain, en la redondez de la mesa mítica; Jesús compartiendo el pan entre los amados; Babette y su festín; la cena blanca de la familia Ekdahl tras superar los fantasmagóricos grises de la religión; y Antonio, Gianni y Nicola alzando sus tenedores repletos de espaguetis cuan mosqueteros de la amistad en una trattoria de la Via Del Consolato a mediados de los setenta.

Pero más allá de las mesas de la gran Historia, la escena ritual se repite por cientos de millones alrededor del mundo, con las especificaciones particulares de cada cultura, como registro único elemento consustancial de la evolución humana desde siempre, quizás acaso, determinando per se la condición humana gregaria, colectiva, fraterna, amorosa en el consumo circunstancial de una comida ya no la mera ingesta de una proteína necesaria para la musculatura, sino en un placer para estimular las papilas, la mente y un corazón en comunión.

Qué se yo; ahí están los viernes en el boliche de la esquina con los mismos de siempre festejando la amistad, o la cena llena de potencial erotismo en la penumbra más escondida de un restorán del centro a la luz de un cirio pascual, la bulliciosa algarabía de los amigos reencontrándose después de años disputándose las carnes jugosas en una plancha al carbón al centro de la mesa, el tablón familiar llena de abuelos, hijos y nietos cualquier domingo de aniversarios; el pan y el vino, el queso del sur, las aceitunas carnosas, los jamones mediterráneos, las galletitas saladas, el pisco sour que pinta de verdes intenciones el espíritu; un lomo tres cuartos, un ceviche mixto, la cazuela de la vieja de la picada, una ensalada chilena, la pastelera de enero, locos mayo aderezados por salsa verde, las humitas calientes, los clásicos riñones ajerezados, los porotos con mazamorra en un devenir de metálicos sonidos de cucharas y tenedores, como una lucha sin cuartel por conquistar la amistad, las bocas llenas de ideas fluyendo, las mentes aceleradas por el ritmo de los infinitos sabores, de tanto en tanto un sorbo al borde del cristal de la copa, humedeciendo la conversa de matices evocadores de maderas y fresas, de solanas y arreboles.

¿Tinto o blanco?

¿Servilletas para no manchar las camisas de boloñesa?

¡El primer brindis por la fraternidad!

¡Salud!

Somos de las huestes de Epicuro de Samos, que despojados de la superstición, buscamos el placer modesto y duradero, la mágica trascendencia de la amistad compartiendo una cena, un almuerzo, el brindis que nos reconoce a todos como unos iguales, donde las ínfimas estrellas del frutoso bebestible, se mezclan equitativamente en la imaginación de un mundo sin razas ni privilegios, donde el brillo de los instrumentos del mastique, representa como el esplendor de una amanecida, la marca evolutiva de hombres y mujeres que supieron vencerse a sí mismos, para convertir el pan y el vino en la joya más preciada, que determina la esencia social del hombre en su trayecto hacia la trascendencia.

Del tiempo y las corbatas

Aún tengo una amplia y fina colección de corbatas. Éstas pasaban rápido de moda, las rojas con volutas estampadas, las tejidas de punta cuadrada, las de rayas horizontales o las de rayas diagonales con colores complementarios, que reconozco siguen siendo mis preferidas.

Ahí las tiene uno, guardadas, como preseas de viejas victorias, señales de tiempos idos. No se botan porque al momento de necesitar una, en forma cada vez más esporádica, se tiene un verdadero universo desde donde elegir, es como una de esas extraordinarias cajas de lápices de colores alemanes con una infinita paleta de tonalidades para dibujar; acá son los diseños para vestir formal y elegantemente, porque han de saber que una buena corbata cambia absolutamente la estampa del usuario, uno puede repetir el miso traje, marengo por ejemplo, sólo cambiando las corbatas entre un amarillo intenso con tintes anaranjados o una verde con líneas grises, y pareciera que fueran dos fachas muy distintas. La más lindas a veces son las que no se usan, son de seda y tienen minúsculas hebras despeinadas que delatan la antigüedad de una traída desde Italia o comprada atrevidamente en una tienda de ropa exclusiva.

En relación al traje propiamente tal, hay que reconocer que se usa mucho menos, más traje que terno hace rato, el terno con chaleco es una pieza de museo. Por eso en los últimos años los trajes se acumulan en el placar, el regalón está ahí, para las fechas importantes, que acaso tampoco requieren vestiduras tan formales, los demás entre que quedan chicos, no cruzan, están desactualizados o las hombreras de sus chaquetas brillan como azulejos. También cuesta deshacerse de ellos, no se regalan, ahí están apretujados unos con otros esperando volver a salir al ruedo, esperando una ocasión especial, que el propietario baje los kilos de más o lisa y llanamente vayan quedando obsoletas y gastadas al nivel que terminan regalándose después de 10 años guardados en el armario. Qué tiempo perdido, que espacio más desaprovechado, pero así son los designios de los hombres poco prácticos que preferimos guardar “por si acaso” que desprenderse de una prenda que siempre fue más que una simple prenda.

Lo de las camisas es un tema aparte, daría para un completo manual, uno, porque tengo muchas, y dos, porque son muy variadas. Se pueden ordenar por si son de vestir o más bien deportivas, por si son gruesas o veraniegas, si son manga corta o larga, lisas o de “fantasía” (como si esa fantasía no se vistiera a veces de camisas monotonales de colores pasteles), para corbata o «casual», y dentro de esas categorías, siempre ordenar por color. Pero también por tallas. Las hay más cómodas y las más apretadas, siempre las más viejas nos quedan más justas, lo que al final termina por anticipar el final de la vida de una camisa que estando buena, deja de usarse. Las más grandecitas, siempre son un alivio para el brazo, los hombros y el pecho, qué decir para el abdomen que encuentra centímetros para expandirse sin remordimientos.

Uno no puede dejar de lado el lugar dónde las guarda, dependiendo de aquello, podríamos ir definiendo el cómo hacerlo, por ejemplo: si se guardan en cajones, ojalá éstos tengan el ancho de dos camisas dobladas en paralelo, de lo contrario, el tercio derecho de la camisa del lado izquierdo se superpondrá al tercio izquierdo de la camisa instalada en el lado derecho del cajón. Ese orden impediría aprovechar la capacidad cúbica del cajón con la masa equivalente por ejemplo de 10 o 12 camisas bien dobladas, ya que el tercio del medio del cajón tendría el doble del alto del volumen de las camisas totales que con un cajón más ancho pudieran caber.

¿Por qué será que las cajoneras de las cómodas no tienen el ancho de dos camisas bien dobladas?

Camisas, calzoncillos y calcetines deben seguir el mismo patrón de una adecuada gestión de almacenaje.

Yo, los calzoncillos los ordeno por color, y luego por los favoritos versus los menos favoritos; eso significa que muchas veces termino usando siempre los mismos. Los calcetines sin embargo, los ordeno a medio día, sólo a esa hora la luz del sol me permite distinguir los negros de los azules, incluso a veces los cafés y los grises. ¿A quién no le ha pasado que temprano en la mañana le cuesta distinguir uno de otro? además en nada ayuda la luz del velador, es apenas como una frágil luz de invierno que irrumpe las fatalidades de la mañana somnolienta. El 64,8% de mis calcetines son o azules o negros, razón por la cual, el tema de guardarlos con buena iluminación no es menor.

Los calzoncillos, sin depender de su forma o de su tamaño ni menos de la calidad de su confección, siempre terminan desordenados, por mucho que se planchen o doblen, salvo por cierto, que sean de un luchador de sumo, los calzoncillos tienen una rebeldía natural que impiden someterse a la dictadura de los dobleces. Se desordenan dentro del cajón, caja o repisa donde quiera que se depositen, por efecto del movimiento de las prendas con las que comparten ese espacio, por ejemplo, si están en el mismo recipiente de los calcetines, en la sola búsqueda del par de calcetines adecuados, por mucho que sean los que están en la superficie, los cuadros elasticados terminan por revolverse. No hay remedio para eso. Con los calzoncillos lo único que importa es si los elásticos han cedido el paso del tiempo o no. Los que si, son candidatos a la basura, es triste reconocerlo aunque su tela se encuentre impecable y su estampado como leopardo recién nacido. A nadie se le ocurriría llevar los calzoncillos a un cambio de elástico.

Pero hay una constante, y es que aunque uno tenga mucha o poca ropa, usa siempre la misma. A los zapatos uno les da duro, están blandos, acomodados, son fáciles de sacar y poner, recorrer la parte baja de closet para buscar los últimos zapatos comprados que sólo se han puesto en la tienda, parece una idea que siempre se posterga, el sólo hecho de amaestrar los cueros, la horma, acostumbrar los pies a un nuevo calzado deprime a cualquiera. No soy la excepción. Los zapatos son como una novia, por muy lindos que sean hay que conocerlos bien, uno se encandila cuando los ve, puestos por primera vez se ven hermosos, pero hay que darles tiempo y acostumbrarse.

El cambio climático ha hecho que las parkas desaparezcan, salvo que vivas en zonas extremas, qué decir de esos de gruesos gamulanes, los finos abrigos, los chaquetones con cuello de chiporro, los impermeables y gabardinas pasaron de ocupar destacados espacios en nuestros roperos a los carretones de los ropavejeros. No se usan prendas para el frío, son pesadas, ocupan mucho espacio y son innecesarias. Muchos las han remplazado por “polerones” o esas siúticas chaquetitas de “plumas” de una conocida marca de ropa deportiva, aunque sintéticas, infladas como las antiguas parkas con las que John Denver se fotografiaba en las carátulas de sus discos setenteros, tienen la marca destacada (por eso se vende) tanto en la parte delantera como en la trasera de la prenda, y todo el mundo anda con la misma, como si fuera el uniforme institucional de quienes les gusta pasear los domingos por el mol.

Mientras el alza en los precios de los combustibles y comestibles es notoria, con la crisis agrícola que arrecia a los países exportadores de trigo o la desertificación que afecta los cultivos de hortalizas, los precios de la ropa van a la baja. Grandes esfuerzos hacen las grandes marcas por seguir marginando por el logo, aunque cada vez las calidades son más parecidas y estandarizadas, lo que hace inexplicable que todavía haya gente que pague millonadas por una ordinaria cartera de una conocida marca francesa, sin embargo la tendencia es que el vestuario sea un comóditi de similares prestaciones. Algún día la ropa será desechable, ya en algún sentido lo es, por eso vemos en las barriadas de las grandes ciudades y en las plazas de las pequeñas los días miércoles y sábados, vecinos vendiendo ropa usada en la calle como un verdadero mercado negro de vestuario que las clases altas y medias y no tan bajas reciclan una y otra vez, es ropa desechable reciclada. Distantes parecen los días en que heredábamos pantalones de los primos más grandes o zapatos del papá que duraban décadas.

Los ciclos vitales se alargan pero se aceleran, la duración de la vuelta de la tierra alrededor del sol sigue siendo casi la misma por millones de años, pero da la sensación de que la vida es más rápida, por mucho que ésta sea más larga. Este proceso natural hace que los consumos tengan una velocidad vertiginosa y por mucho que queramos cambiar esta dinámica me temo que es más bien una utopía que una realidad certera. Por resulta trascendental tomar decisiones responsables respecto del tamaño de nuestros roperos, el ancho y alto de nuestros cajones de la cómoda, la dimensión de los escaparates de nuestros clósets, la cantidad de calcetines que debemos reciclar anualmente, la necesidad de gestionar bien el almacenaje de nuestras camisas viejas, incluso de las regalonas si estas ya no nos cruzan. No es necesario ser ingeniero industrial ni utilizar sofisticados softwares para asumir tan importante tarea, solo el criterio de una persona que sabe que vino al mundo desnuda, y que la dejará algún día, más temprano que tarde del mismo modo que nació. Desnuda.

Guitarra desafinada

Todos lo han hecho, no se si sea bueno o malo, conveniente o no, no estoy seguro que sea lo mejor en nuestra política internacional, pero desde que volvió la democracia en 1990, los presidentes siempre han nombrado en Argentina embajadores con un carácter político, algunos con más peso político y expertiz para el cargo y otros con menos, pero siempre personeros de confianza política del presidente de turno en desmedro de personas de reconocida carrera funcionaria o de profesionales de la diplomacia que en Chile hay varios y buenos. Por eso no nos debe extrañar el nombre de la inminente designación que se filtró ayer para la embajada de Chile en Buenos Aires.

Lo que sí sorprende es el doble estándar de nuestra clase política. Este presidente, y los anteriores (pero hoy nos preocupa éste), señaló a todos los vientos que las embajadas no podían convertirse en premios de consuelo para candidatos derrotados ni para amigos políticos, sino por el contrario que lo deseable es la promoción de embajadores de carrera, y no “a la carrera” como pareciera ser esta designación. No se trata de cuestionar los atributos de Bárbara Figueroa para el cargo, por lo menos para mí, por ahora no es el tema, aunque alguien legítimamente lo haga, sino constatar la dificultad de nuestros gobernantes de honrar su palabra, o lo que es peor, establecer un estándar ético en esta materia.

Algo similar ocurrió con los famosos retiros de los ahorros de las AFP. Cuando el gobierno anterior se oponía a la medida, por considerarla una mala política pública, la oposición, poseída de una verdad revelada, acusaba al gobierno de los peores cargos imaginables en la administración del estado. Pero ahora, que sectores del parlamento quieren insistir con un cuarto (en realidad, “quinto”) retiro de los fondos de pensión, el presidente y sus ministros, antes en la oposición, manifiestan exactamente lo mismo que antes tanto criticaban al gobierno. Claro, argumentan que los contextos son distintos… ¿hay un jurado que establece la cualidad de los contextos o es la propia verdad revelada que a algunos parece gobernar sus conciencias lo que hacen estimar una u otra cosa?

Nuestra clase política ha perdido toda credibilidad, o quizás sea yo el que dejó de creerles. Piñera designó hace unos años atrás a su propio hermano Pablo en la embajada de Argentina, no alcanzó a asumir, afortunadamente, dado el escándalo que este acto de nepotismo produjo; recuerdo también el fugaz paso por la sede diplomática de Miguel Otero; en otro momento designó a Adolfo Zaldívar, como premio de consuelo y supuesta señal hacia un sector de la Democracia Cristiana, un pastel; Frei, Lagos y Bachelet nombraron puros amigos, algunos meritorios y otros no tanto, la mayoría derrotados en las urnas en alguna elección previa.

Parece que otra cosa es con guitarra, dicen las viñetas periodísticas de la prensa política, pero en estos días inaugurales de este gobierno, al menos en temas de coherencia discursiva y praxis de gobierno, la guitarra suena sin duda aún muy desafinada.

Bienvenidos a marzo, que el año se inicia

Si bien en nuestro calendario gregoriano marzo ocupa el tercer lugar del correlativo anual, la tradición romana le daba el número uno. Era el primer mes del año, y con él se homenajeaba al Dios Marte, Martius, de ahí su nombre. Incluso para nosotros, bien entrados el s. XXI, y en la cresta de la ola de una modernidad líquida llena de tecnología en medio de una civilización avasalladora, pareciera que precisamente marzo sea el inicio del año no es del todo equivocado.

La tradición por estos lares es que en febrero se vacaciona o al menos el mes en que la actividad y el bullicio ciudadano desaparece o baja intensamente para recomenzar un nuevo año, un súper lunes cualquiera que congregará a todos en el umbral de un portal de autopista, en los tacos de la ciudad aún enveranada como si se tratara de ponernos de acuerdo exactamente que todo vuelve a empezar en un año que se ve largo, y que como es habitual, ofrece a la distancia dolores de cabezas, esfuerzos, trabajo, cansancio en medio de una sociedad agobiada que a pocas semanas de su nuevo ciclo solar contempla con nostalgia los días de verano o mira con resignación los escasos fines de semana largos para paliar, aunque sea levemente, los efectos de nuestra vida estresada, trabajólica, y, como si fuera poco, mal remunerada.

En marzo comienza el año y con él las ansiedades propias de cómo funcionará nuestra política, los avatares de la Convención Constituyente salpicada estas semanas por coloridos simbolismos de entre los que quieren incendiar todo y los que quieren mantener la estantería como está o con muy pocos cambios para disipar los legítimos aunque inexplicables temores de algunos sectores ciudadanos.

No son pocos los eventos importantes que nos deparan las próximas semanas: la llegada de un nuevo gobierno cuya luna de miel ha empezado a vivirla antes de asumir, pero que desde La Moneda sin duda será más complicado porque habrá definiciones concretas, que más allá de los grandes relatos grandilocuentes, tendrá que abordar en forma doméstica casi sin épica, como por ejemplo, la liberación de los presos de la revuelta en su mérito y circunstancia, la eventual prolongación del estado de Excepción en la llamada “Macro zona sur”, el escenario del retorno a clases con una pandemia que mostró en febrero cifras preocupantes, lo que producirá más de algún impasse entre el Ministerio de Educación y el Colegio de Profesores, y por último, el desempeño de una Convención Constituyente que al menos en lo comunicacional, no ha dado señales de estabilidad, y que por el contario ha generado el suficiente ruido para que se levanten las sospechas de la ciudadanía respecto de propuestas alejadas de todo canon democrático, que aprobadas o no posteriormente, han distraído la discusión de temas esenciales para la confección de una carta fundamental que recoja los cambios que mayoritariamente la ciudadanía demanda pero incluyendo miradas más allá de las propias evitando todo maximalismo.

Marzo supone el retorno de las fatigas y agotamientos propios de diciembre, pareciera que lo vivido en febrero fuera un viejo recuerdo de siestas y porotos con mazamorra, lecturas furtivas a la sombra de una higuera. Actividades que, lejanas o no en la memoria marciana, fueron muy necesarias para abordar las tareas y desafíos del año con entereza y confianza, cualidades que ciertamente son fundamentales para que el año que debemos empezar a recorrer sea de verdad mejor. No podemos echarle la culpa al empedrado, las circunstancias sociales de progreso y bienestar, desarrollo y construcción de un nuevo ethos cívico no depende solo de lo que hagan los demás, sino especialmente de nuestra voluntad por ser individualmente articuladores de virtudes como el respeto ciudadano, la tolerancia activa, el discurso propositivo, el respeto a los demás en su diferencia y el apego irrestricto a las normas de la democracia como señal inequívoca que el futuro lo construimos todos a partir de uno mismo.

¡Ciudadanos todos, bienvenidos a marzo, que el año se inicia!

Peter Bogdanovich: la partida de un viejo amigo del Nuevo Hollywood

En los años sesenta se fraguó una nueva generación de cineastas en EEUU; la consolidación de la televisión como medio de entretención, el envejecimiento de los grandes estudios de Hollywood y su desconexión con los nuevos tiempos; tras los tiempos felices del rocanrol, una sociedad desesperanzada del sueño americano, la lucha por los derechos civiles, la contracultura en manos del folk y del jazz más intelectual y una industria que se mueve desde los productores y los orgiásticos filmes hacia el gran público, a aquellos ya acostumbrados a la estética de la nueva ola francesa, el neorrealismo italiano o el free cinema británico, fueron al caldo de cultivo para realizadores que cambiaron el eje de la industria del cine. Le llamaron “Nuevo Hollywood”, pese a que muchos decidieron filmar al margen de los grandes estudios o eligieron la Costa Este para rodar sus películas.

Hoy ha fallecido uno de los más destacados directores de esa generación, Peter Bogdanovich, que con una filmografía quizás menos regular que las de sus compañeros de movimiento, supo plasmar en algunos de sus filmes los reflejos de una cultura en proceso de cambios profundos y reescribir una crítica feroz a un modelo de sociedad de sueños imposibles. Bogdanovich, quien además fue escritor, historiador, guionista y crítico de cine, filmó “What’s up Doc?” (1972) y “Paper Moon” (1973) como homenaje al cine clásico norteamericano, describiendo metafóricamente las almas errantes en busca de un mejor destino.

Pero es “The Last Picture Show” (1971), la película que no podemos dejar de ver una y otra vez, una de las más grandes cintas de los setenta, filmada en blanco y negro en un pequeño pueblo a mitad de la nada en Texas, y a mi modo de ver una anti road movie, la que a diferencia de las películas antes citadas, nos muestra una serie de personajes encerrados en sí mismos, que deambulan entre la fragilidad, la soledad y el fastidio. En este sentido “The Last Picture…” es como “Las Uva de la Ira” (1940) del gran John Ford, o como “Esta tierra es mi tierra” (1976), de Hal Ashby, que describe el fracaso de un sueño, pero desliza, con levedad pero con firmeza, la idea de que las etapas vitales por muy dolorosas que sean, son el paso necesario para la evolución de los personajes hacia estadios superiores de conciencia, y también, para su progreso político y social.

Bogdanovich (y su generación) pareciera querer decirnos que las injusticias del entorno son una especie de camino iniciático por el que debe transitar el ser humano en su ascenso moral y que no hay un derrotero con más obstáculos que el de la propia conciencia en la búsqueda de la felicidad.

No se trata de un acto de fe

Han pasado unos días y pareciera que muchos han podido recobrar el aliento. Después de una segunda vuelta altamente polarizada, con acusaciones y descalificaciones mutuas, la elección del 19 de diciembre -más allá de las encuestas de última hora- parecía apretada e incierta. Los cálculos del trasvasije de votos intentaban prever el destino del sorpresivo voto de Franco Parisi. Si bien los estudios parecían inclinar levemente la balanza hacia el candidato de Apruebo Dignidad, los debates mantenían la duda respecto de un resultado definitivo. No se sabía muy bien cuánto afectarían las agresivas acusaciones esgrimidas por la candidatura de la derecha a partir de suposiciones y mentiras como parte de una estrategia de desinformación, o cuál sería el nivel de credibilidad de Gabriel Boric en relación a la sinceridad de los cambios programáticos planteados en el balotaje respecto de lo dicho en la primera vuelta.

Pero a la hora de la verdad, las señales republicanas parecieron disipar todas las incertidumbres. El oportuno llamado realizado por Kast para reconocer su derrota y felicitar el triunfo de Boric, el amable diálogo del presidente Piñera con el presidente electo transmitido a todo el país, el discurso inclusivo del frenteamplista haciendo un llamado a ser presidente de «todos los chilenos», o el ritual de la visita realizada a La Moneda el día siguiente, fueron algunas de las señales necesarias para cambiar el enrarecido ambiente político que se respiraba en el país luego de dos años de gran inestabilidad, con sorpresas electorales por doquier y una campaña para el balotaje salpicada de odiosidades y noticias falsas.

Es cierto que todavía hay muchas preguntas sin responder, muchas expectativas que satisfacer para los próximos meses; Boric tendrá que mostrar liderazgo para recomponer las confianzas, enfrentar el tema económico con responsabilidad, delinear en forma precisa sus prioridades frente a las transformaciones planteadas en la campaña y dar un respaldo inequívoco al proceso constituyente; todo ello deberá hacerlo con la humildad que supone no tener una mayoría en el Congreso, y saber que su base electoral también está compuesta por aquellos viejos electores de la Concertación, además por sectores que vieron en el magallánico una forma de decirle no a la derecha representada por Kast; hacerlo con paciencia, al constatar que se inaugura un período inédito en la historia de Chile, y con unidad, en la comprensión de convertirse ya no en el candidato de un sector sino en un presidente para todos los chilenos, como única forma de emprender los desafíos de cambios profundos en paz y democracia como lo reclamó la ciudadanía.

Una vez más sería un grave error creer que un triunfo electoral, incluso holgado como éste, sería un cheque en blanco o representaría unívocamente un Chile empaquetado con papel de una sola ideología, o que el tipo de transformaciones que deben hacerse obedecen a una lógica partidaria y excluyente. Lejos lo más equivocado. Lo mismo para la derecha, sería un error creer que Kast queda instalado con el liderazgo que su sector requiere. ¿Cuántos votaron por él a regañadientes tratando de evitar más bien el triunfo de una supuesta izquierda más ultra? En ese sentido las palabras de Briones reconociendo su voto en blanco, guste o no, corresponda o no de acuerdo a los códigos políticos, representa con nitidez a un sector importante de la derecha que comprende la necesidad de alejarse del conservadurismo más duro de cara a un país que desea avanzar hacia un desarrollo sustentable, social e inclusivo, más allá de los fanatismos propios de la Guerra Fría o de los ideologismos religiosos del siglo XIX, superando los traumas del autoritarismo de la derecha, como también superando las viejas nostalgias “igualitaristas” de una parte de la izquierda que aún mira con simpatía y complicidad a las dictaduras socialistas.

Con Boric no se trata de asumir un acto de fe, sino de fundar la esperanza en los hechos, en las señales, en el análisis de la historia reciente, en el derrotero de un país que más allá de sus dificultades, ha sabido ir construyendo los acuerdos necesarios para cimentar definitivamente un mejor futuro de todos.