Ha volado el Jones de El Circo Volador

Durante el s. XX, las islas británicas dieron a la humanidad algunos de los más brillantes, intensos, incisivos y desopilantes humoristas que hayamos visto; la comedia, la ironía, el sarcasmo inglés tan característico, entre flemático y grosero, elegante y procaz, encontró en los Monty Python el instrumento preciso para desplegar un inédito caudal creativo que evolucionó desde el típico humor de vodevil hacia el teatro, la televisión, la música y el cine, dominando la escena del espectáculo durante los últimos 50 años con importantes dosis de humor disparatado, surrealismo, crítica social que sin embargo los hicieron infinitamente populares en Europa y EE.UU.

Hoy ha partido Terry Jones (Gales, 1942), quien junto a Graham Chapman fallecido en 1989, John Cleese, Terry Gilliam, Eric Idle y Michael Palin, formó parte de ese singular sexteto humorístico que son los Monty Python. Si bien fue el trabajo colectivo lo que predominó, a Jones le correspondió dirigir tres de los filmes más reconocidos del grupo y participar, como los demás, en cientos de sketchs de su programa televisivo Flying Circus, actuar en cada uno de los filmes del grupo, escribir guiones, componer canciones para describir con mordaz estilo una ácida crítica a la idiosincrasia británica, de la que sin embargo siempre reconocieron ser parte.

Los Monty Python son contemporáneos y herederos de la misma tradición humorística a la que pertenecen o pertenecieron Chaplin, Laurel, Hardy, Peter Sellers, Peter Cook, Rowan Atkinson, Dudley Moore y Stephan Fry, que combina hábilmente una densa e indisimulada reflexión filosófica con el humor más irreverente, para provocar la molestia en las viejas y anquilosadas estructuras culturales de un país que aún es heredero de la época victoriana y orgulloso de un ya inexistente todo poderoso Imperio Británico.

De acuerdo a lo publicado en The Guardian, Jones fue diagnosticado en 2015 con demencia frontotemporal (FTD), una condición que afecta el frente y los lados del cerebro, donde se basan los centros de lenguaje y control social. La situación reunió a su familia y a los antiguos compañeros del sexteto para hacer pública la preocupación acerca de esta enfermedad. Pese a su progresivo deterioro mental, Jones mantuvo el buen humor hasta el final, como haciendo un homenaje a lo que fue su vida interpretando en el límite del absurdo a los más variados personajes de la galería social de la segunda mitad del s. XX.Parafraseando a su compañero John Cleese, Terry Jones ha ido a encontrarse con el Gran Jefe del Entretenimiento Liviano en el cielo, a donde tarde o temprano todos volarán.

[Uno de los sketchs de “Flying Circus”: https://www.youtube.com/watch?time_continue=220&v=238m1Dv1lzM&feature=emb_logo (Terry Jones es el actor sentado a la derecha)]

Richard Jewell

Hace tiempo que no veía una película de Clint Eastwood más lúcida y sobria como “Richard Jewell“, en ella Eastwood mantiene la clásica precisión de su estilo narrativo, con un guión sólido desprovisto de los excesos de otros de sus últimos filmes, aunque a diferencia precisamente de éstos, no tiene problemas en sumergirse con empatía en las personalidades de sus personajes que deambulan como almas perdidas en medio de una sociedad feroz e implacable.

A partir de un hecho real, acontecido en las olimpíadas de Atlanta de 1996 en el que un guardia de seguridad, con un perfil típicamente de hombre blanco, conservador, amante de las armas, descubre una bomba en un parque de diversiones en esa ciudad de Georgia, Eastwood aprovecha de describir con una descarnada pluma, aunque con mesura y paciencia, los abusos de los poderes fácticos de EE.UU. que no escatiman recursos para conseguir sus propósitos y establecer un orden que satisfaga a sus respectivas clientelas. De alguna manera, pone en cuestión el mito americano y la imagen de un país en forma, cuando en realidad pareciera ser una democracia más cerca de la descomposición que del ejemplo. Desde allí podríamos extrapolar la crisis de la sociedad capitalista liberal, al menos como modelo cultural exportado por EE.UU. a tantos rincones del planeta.

Pocos meses atrás pudimos ver “Mula“, su penúltima película, desde la perspectiva de que quizás sería el comienzo de la despedida del casi nonagenario actor y director; en ella Eastwood despliega los recursos que le conocemos para permanecer frío y distante, arrogante y solitario, mostrando un amargo conformismo del american way of life, más bien aprovechándose de él para burlarse del cinismo de la sociedad norteamericana, como el cowboy impasible que tantas veces le tocó interpretar en medio del Lejano Oeste, implacable, justiciero y amoral.

Pero en “Richard Jewell” -donde esta vez no actúa-, se muestra cercano, compasivo, afectuoso, quizás hasta si su alter ego que es el personaje casi frívolo del abogado que encarna espléndidamente Sam Rockwell, sucumbe ante la bondad e inocencia ultrajada que transmite el protagonista de la película, sentimientos que más bien transforman en resignación la otrora rabia del hombre que comprendía que defender el paradigma americano  significaba ser veterano de Guerra y tener la escarapela de tiras y estrellas colgada en la puerta de su casa.

De entre sus películas “estadounidenses” desde “Los Puentes de Madison“, no había visto dirigir a Clint Eastwood tan desprovisto de su traje de vaquero, y lo que es más, distante de ese patriotismo mesiánico que caracteriza a buena parte del clásico cine de Hollywood.

Gran película. Recomendable para quienes disfrutan del cine clásico casi sin fisuras.

La Crisis de TVN

¿Es una crisis financiera? sí, pero más allá de las platas la de TVN es una crisis de relato, de lo que se dice o se quiere decir en pantalla, de la falta de liderazgo editorial que comprenda el entorno social, cultural y político de la época y el ethos de una televisión pública para los tiempos que corren.

Pero cuando tenemos un canal que ha sido la plataforma mediática de algunos alcaldes, un programa matinal donde se repiten historias policiales y de farándula hasta el hastío, donde los opinólogos reiteran una y otra vez obviedades, donde sus rostros no tienen la altura mínima a veces hasta de sentido común para representar en pantalla los grandes temas del país, o los noticiarios se transforman en magazines donde los periodistas no hacen las preguntas de rigor o se llenan de notas irrelevantes en esta época de playas, destinos turísticos y abundancia de goles de ligas europeas, comprendemos lo alejado que está el medio de la realidad y, más aún, de lo que debe ser el aporte a la reflexión pública que un canal como TVN debe proponer a la ciudadanía.

Ya no podemos pretender que la televisión sea lo que fue en los años 90, por eso su estructura ya no da para más, ni los altísimos sueldos de los ejecutivos y rostros ni la programación que no sólo no cumple con el rol de televisión pública, sino que además ni siquiera tiene las audiencias que permitan financiar la operación de un canal anquilosado en la era pre-Internet.

Hoy pareciera que lo único que justifica la existencia de TVN es su esfuerzo por estar en regiones, intentar rescatar a diario la agenda informativa local con mínimos estándares de independencia. Pero es poco; el estado debe dar señales claras que quiere una televisión pública de verdad al servicio de los temas nacionales, que promueva la discusión independiente, que sea factor de pluralismo real, que aproveche el talento creativo para entregar programación útil para la democracia, la identidad nacional y regional y se atreva a abordar los temas que en una lógica de mercado quedan fuera de la agenda.

En fin, lo que hace falta es que TVN cambie su relato y con ello quizás también a sus relatores.

Es lo que quiso decir Jean-Luc

Jean-Luc Godard, quien se convirtiera en el niño terrible del nuevo cine mundial, por estos días hace 60 años terminaba de revisar los últimos detalles del montaje de su más emblemático film: “Sin Aliento”.

Imágenes con cámara en mano, guiños a los clásicos del cine, el blanco negro como recurso expresivo, planos secuencias, rompimiento de las leyes clásicas de la continuidad, aparición de personajes simples no de héroes trascendentes sino de personas comunes, miradas cómplices de los actores al espectador como diciéndonos “esto no es más que una película”, rompiendo así uno de los códigos fundamentales del cine, en el que la historia relatada en la diégesis es sólo una “verdad” restringida al espacio de la pantalla.

El relato de la película, como su mismo modo de producción, daba cuenta de una manera distinta de enfrentar el cine, en una época en la que Europa pretende sacudirse de una especie de antiguo régimen para entrar de lleno en una nueva era global. El film representaba la verdadera vanguardia de la contracultura, pretendía desligarse de los viejos moldes y, aunque sin renunciar del todo a ellos, fundar una mirada fresca, sin ambiciones de ser definitiva, pero lo suficientemente innovadora para remecer el frágil constructo social de la segunda mitad del siglo. Las canciones rebeldes de Elvis y Cash, las denuncias de Dylan, la irrupción de los Beatles, serían sólo la punta de lanza de una época que si bien no terminó nunca de cuajar, si cambiaría para siempre los paradigmas de una sociedad capaz de mirarse a sí misma y plantearse otros derroteros: Argelia se vuelve independiente a costa de la sangre de casi un millón de argelinos, Vietnam gana su guerra visceral, EE.UU. entrega por fin después de un siglo de la Guerra Civil sus plenos derechos ciudadanos a los negros a ambos lados del Mississippi; Miles Davis propone nuevas direcciones al jazz, mientras que Coltrane seguía los pasos de los franceses asumiendo en su saxofón el lenguaje de la Nueva Ola.

Si la Historia de la humanidad es un continuo de hechos trascendentes y anónimos, nunca habían pasado tantas cosas en tan poco tiempo que hiciera que los paradigmas existentes se resquebrajaran al nivel que ni las certezas de la ciencia y la tecnología, serían capaces de ordenar las capacidades colectivas, sociales e individuales de comprender el entorno salvaje de la modernidad posterior a la Revolución Industrial, y a las ideologías surgidas en la primera mitad del s. XX como poseedoras de las verdades únicas dispuestas a ser abrazadas. El ritmo de los acontecimientos de esta Era apenas ha dejado tiempo para ser descrita, analizada, profundizada con la mansedumbre de los siglos que tuvo el clasicismo para su ejercicio reflexivo, ni la Ilustración para fraguar su ideal libertario, ni los beatniks, ni el realismo mágico latinoamericano, menos el free cinema británico pudieron analizar con calma el vértigo de una sociedad que entraría en esta especie de crisis permanente que ni siquiera ha sido superada por el desplome del paredón que separó el mundo hasta 1990.

Apenas con un boceto de guión inspirado en una idea de Françoise Truffaut, Jean-Luc se dispuso a filmar la más decidora película de la Nouvelle Vague. En los años previos el propio Truffaut, Claude Chabrol, Eric Rohmer, Louis Malle, Alain Resnais, Agnes Varda o Jacques Demy, habían rodado sus respectivos filmes que dieron origen al movimiento, casi todos herederos de la tradición literaria y cinéfila de la revista Cahiers de Cinema donde eran críticos, analistas y redactores, y que en cuyas páginas desmenuzaban con fruición cada una de las clásicas películas filmadas en EE.UU. como las de Raoul Walsh, Samuel Fuller, Hitchcock o Aldrich. “Los cuatrocientos golpes” de Truffaut, “El bello Sergio” de Chabrol, “El ascensor para el cadalso” de Malle e “Hiroshima mon amour” de Resnais sobre texto de Marguerite Duras, son las piezas que inauguraron el movimiento del cual “Sin aliento” se convirtió en su emblema.

Godard dispuso entre las miradas curiosas de los transeúntes en las locaciones de los Campos Elíseos a Lazlo Kovacs, interpretado magistralmente por Jean Paul Belmondo, como un héroe fallido que busca su destino sin ningún asomo de romanticismo, a una pragmática Patricia (Jean Seberg), incapaz de definir sus lealtades, y que nos mira al finalizar la película con un dejo de complicidad cruel que nos indigna y confunde; espejos, sábanas, molduras, luces reflejadas, movimientos de cámara en torno a un mostrador, persecuciones, Humphrey Bogart imperecedero y omnipresente, el pulgar acariciando los labios, en evidente demostración de cinismo, y un gitanes siempre encendido entre los dedos de la mano, son los elementos fílmicos de una película que representa el tráfago mundial en estos últimos 60 años, y que por mera coincidencia van en paralelo con los míos, como columna que vertebra la reciente historia del cine, la música y la cultura cuan reflejo de los tiempos de cambio que definen la época.

Ha muerto el idealismo romántico de la ilustración; “Dios ha muerto” declara premonitoriamente Nietzsche; los hombres que si bien no dejan de creer en la Humanidad, saben que ya no es tiempo de héroes ni de doctrinas excluyentes o exclusivas; Patricia no se conforma con el amor furtivo a hurtadillas entre los claroscuros de la cámara de Raoul Coutard ni entre los acordes de Martial Solal, Georges Delerue ni Ennio Morricone, no del amor en fuga de Mayo del 68 ni de las canciones de Jacques Brel, como el cuerpo de Lazlo esparcido en el pavimento de París, o como el de Nana en “Vivre sa vie” (Godard, 1962), es tiempo para que el desparpajo y la audacia de los nuevos hombres y mujeres puedan volar más allá de las ideas inmortales de la conciencia, para transformarse en los definitivos inconformistas, innovadores y promotores del nuevo paradigma.

En estos días se cumplen seis décadas de la filmación de una de las más representativas películas de una época. Godard es el único que sigue vivo para contarlo, que como yo a través de estos años, ha sido testigo y protagonista de los tiempos en que vivimos y participamos. El mundo no se ha escapado del todo de los viejos referentes del siglo XX, la guerra, la injusticia, las grandes potencias dominando por doquier un mundo de tercera clase, el capital sobreponiéndose a los pueblos y a las democracias, y la industria del cine como el gran show de la entretención dominadora de conciencias con cabritas endulzadas y Coca-Cola, sin embargo, a pesar de aquello, como nunca, hoy está viva la esperanza que todo pueda cambiar. Eso es todo lo que hace 60 años quiso decir Jean-Luc Godard y que aún con el tiempo su decir tiene vigencia.

Hasta el final, luces, sombras y sonidos

No recuerdo muy bien cuándo pasó por primera vez, pero fue una experiencia concreta la que me hizo comprender que las películas terminan cuando finaliza la banda sonora, se corta la proyección o se cierra el telón. Con frecuencia, al aparecer los créditos, me quedaba reflexionando, muchas veces emocionado, por la visión de un determinado film, segundos preciosos, quizás minutos, en los que las ideas decantaban, trataba de unir cabos sueltos, intentaba explicarme lo que había visto, incluso sólo para secar las furtivas lágrimas de mis ojos.

Las películas solían terminar con un leve y lento zoom back, o un travelling que alejaba la cámara de los personajes, como queriéndonos decir que debíamos tomar distancia de los que habíamos presenciado. Los títulos comenzaban a salir desde la parte baja de la pantalla sobreimprimiéndose en la imagen que se aleja, la música sube el volumen y podíamos escuchar el tema central de la película, una sonata romántica, una versión de piano de la banda sonora para ir leyendo los nombres de quienes participaron en el filme, otras veces el director elegía irse a negro, y así fundir los créditos lisa y llanamente sobre el fondo oscuro de la pantalla.

Quedarme sentado mientras el público aceleraba su paso para irse, fue una rutina en esos años de temprana cinefilia, ya sea para tomar un respiro reflexivo de la historia expuesta, como para conocer en detalle los nombres de las personas involucradas. Entonces, no había Internet para husmear respecto de los detalles del filme, por lo que una lectura acuciosa de los nombres, de los actores, de la producción y del arte, resultaba fundamental para hacer los respectivos cruces con directores de fotografía, guionistas, piezas musicales y locaciones de ésta con otras películas vistas. La mayoría de las veces, me interesaba saber qué canciones traía, cuál era el compositor de la música, qué lugares se había elegido para la filmación, datos que generalmente sólo vienen al final de la exposición de los créditos, cuando ya la sala está vacía y el personal de aseo, ansioso de cumplir con su deber, comenzaba a barrer los envoltorios de caramelos dejados impúdicamente entre las butacas y pasillos.

Pero un buen día, casi por casualidad, descubrí que al final de los créditos, venía una imagen extra, un plano adicional con el que se cerraba la historia. Debe haber sido el año 1978 cuando asistí a ver una película de “terror”, de esas que ya no veo ni quiero ver, pero que entonces me dejó deslumbrado. La película era la fenomenal “Carrie”, con una jovencísima Sissy Spacek y que, curiosamente para los filmes de su tipo, tuvo dos o tres nominaciones al Oscar, la película era dirigida por Brian de Palma, quien después realizó una prolífica carrera revisitando el lenguaje del cine clásico estadounidense desde Hitchcock, y tocando más bien temáticas propias de la Nouvelle Vague francesa (la película estaba basada en una novela de Stephen King que entonces se encontraba escribiendo “El Resplandor”). Pues bien, veíamos la película y como era habitual, estaba interesado en leer hasta el último detalle de los créditos, cuando sorpresivamente después de haber proyectado todos los títulos (rojos sobre fondo negro), aparece una imagen nueva que da otro sentido a la película. Desde entonces, el motivo de mi permanencia en la sala hasta que casi me echen del cine, fue una práctica ritual en mis visionados, incluso cuando la inmensa mayoría de las veces no pasaba nada después de los créditos.

No pocas veces los directores eligen ese momento de distensión, sobre todo en las comedias, de poner imágenes cómicas, fallidas o tomas descartadas con errores. Lo usa Pixar en algunos de sus filmes animados como parodia a esas comedias. De más está decir que se trata de imágenes sabrosas dignas de verse, sobre todo cuando uno ha pagado una entrada y ésta, a mi juicio, debe incluir la experiencia completa de asistir al cine, como lo era antes con la revisión de los noticiarios Ufa del “Mundo al instante” y hoy los comerciales y las sinopsis promocionales de los filmes que se estrenaran luego en la respectiva sala. También hay motivos más bien propios de la semiología del relato cinematográfico. En esos años, recuerdo que Carlos Núñez, viejo, escrupuloso profesor de lenguaje del cine, nos reafirmaba con estricta serenidad, que un film empezaba con la primera imagen y finalizaba con la última, y que eso de andar saliéndose de una película antes de la finalización de los créditos era –por decir lo menos- un acto de barbarie. Lo sigo compartiendo como una máxima, aunque no siempre lo cumpla.

Confieso que a veces la presión de la vida rápida, el encendido de luces en los cines, y el intenso y nervioso tráfago de espectadores delante de mi butaca, me ha hecho renunciar a este tradicional ritual cinéfilo, sobre todo cuando voy con amigos que no tienen la costumbre ni menos la necesidad de esperar hasta el fin por una imagen sorpresiva que lo más probable no llegará nunca. Es más fuerte la idea de “¿a donde vamos a tomar algo?” la que tanto seduce a los espectadores, quienes apenas finaliza la película saltamos como desde un trampolín para buscar el rincón y la bebida que acompañará nuestra conversación cinéfila pos fílmica, donde podamos desmenuzar con fruición cada uno de los detalles sintagmáticos del relato, como también, los efectos imaginarios de una expresión artística, que supera con creces su sola extensión métrica de celuloide cargado hasta el final de luces, sombras y sonidos.

Cada cuarenta años

Si la Historia de Chile pudiéramos analizarla en función a sus crisis más profundas, nos daríamos cuenta que el ciclo se agudiza cada 40 años. Eso reflexionaba hace unos 5 años atrás, cuando finalizado el gobierno de Piñera aparecía en el horizonte la Nueva Mayoría, un poco postergando la correspondiente crisis de los 40 que se ceñía sobre el cielo del territorio, como si fuera un manto oscuro de nubes cargadas de lluvia ácida dispuesta a inundar la frágil estructura de nuestra tironeada democracia y corroer el estado de ánimo de los chilenos.

Nos remitimos a los primeros años de nuestra Patria Vieja, 1810, la instalación de una Junta de Gobierno no para independizarnos de la Corona española, sino por el contrario, para declararle la lealtad al Rey y la voluntad del autogobierno mientras la península estaba ocupada por las fuerzas de José Bonaparte.

En cuatro años la Patria Vieja transitó por todos los estreses posibles; desde criollos realistas hasta fervorosos patriotas republicanos se disputaron las emergencias de un gobierno cuya única unanimidad era finalmente movilizarse a una genuina independencia, cuyo derrotero culminó con el fracaso de los patriotas en Rancagua y la Reconquista española hasta 1817.

1811

En pocas semanas en la segunda mitad de 1811, José Miguel Carrera -hijo del distinguido vocal de la Junta de Gobierno, y antiguo coronel de las milicias reales, Ignacio de la Carrera- realizó tres golpes de estado, consecutivas disoluciones del Congreso, reyertas varias entre realistas y chilenos, una constitución política de inspirada vocación norteamericanista, O’Higgins asumiendo el mando de un Ejército en formación, luchando junto o separado, dependiendo de las circunstancias, de Carrera contra los españoles que avanzaban desde el sur.

Ensayos de independencia por aquí y por allá, sueños frustrados y peleas intestinas al interior de los patriotas determinaron que tras el fin de la intentona republicana, los revolucionarios huyeran más allá de la cordillera y los españoles, en gloria y majestad, volvieran a apoderarse de este territorio entre Copiapó y la Frontera.

1851

40 años después, con una república conservadora en forma, y “en orden”, como subrayaría Diego Portales, un grupo de rebeldes intelectuales, inspirados en las libertades y liberalismos de la Francia del ‘48, y bajo el alero de la recién creada Sociedad de la Igualdad, promovió una revolución contra las fuerzas gobiernistas de Manuel Montt, la Constitución del ‘33 y la Iglesia Católica. Tras la fallida revuelta, los liberales Benjamín Vicuña Mackenna, Santiago Arcos, José Victorino Lastarria, Francisco Bilbao y Jacinto Chacón, fueron deportados y apresados, se dividieron en dos grupos, uno reivindicando la vía armada y otro que se reinsertó en la institucionalidad portaliana a la espera de mejores tiempos para sus ideales. El resultado de la revuelta fue entre 2000 y 4000 muertos como olvidado sacrificio por parte de la Historia de un episodio que bien pudo marcar otro destino para la república en formación. Entre las filas de los revolucionarios se encontraba José Miguel Carrera Fontecilla, hijo del prócer de la Independencia, y a su vez, padre de Ignacio de la Carrera Pinto, el impostado héroe de La Concepción

1891

No era difícil calcular la siguiente crisis. Es cierto que en 1861 los liberales pudieron torcerle la mano a los conservadores, y que tras la Guerra del Pacífico importantes reformas democráticas pudieron secularizar el estado, por ejemplo promulgando las leyes que permitieron los cementerios laicos, el Registro y el matrimonio civil, hechos importantes para la época. Sin embargo, como todos sabemos, la oligarquía terrateniente, la aristocracia castellano vasca y la Iglesia mantenían sus cuotas de poder, su hegemonía institucional frente a las grandes masas de ciudadanos. El presidente Balmaceda, asfixiado por el Congreso al no aprobársele el presupuesto del año siguiente, tuvo que resistir los embates políticos a punta de decretos. Balmaceda nombra ministros jóvenes liberales alejados de la tradición política chilena, cuestión que no es aceptada por el Congreso, lo genera un creciente conflicto presidencialista-parlamentario que se traduce en una Guerra Civil entre el gobierno y el Ejército constitucionalista y el Parlamento con el apoyo de la Armada.

En la Guerra Civil fallecieron casi 10.000 compatriotas, muchos quedaron tendidos en los campos de Concón y Placilla, decenas de miles de heridos y mutilados, persecuciones y linchamientos posteriores, el resultado de uno de los más graves conflictos que hubo en Chile y dejó instalado un parlamentarismo de facto que derivó en los peores cuarenta años de nuestra vida republicana.

1932

Compleja es la crisis siguiente, si bien sus primeras señales vienen de 1925 con el ruido de sables, el exilio del León de Tarapacá, los intentos autoritarios de Ibáñez, la Constitución alessandrina de 1925 y la separación de la Iglesia con el Estado, ésta culmina en 1932 con la breve y fallida República socialista de Puga y Dávila, para que de nuevo Alessandri volviera a la Moneda con vítores y pañuelos.

Alessandri tuvo que renunciar dos veces para terminar con el parlamentarismo de las últimas décadas, y pese a promulgar una nueva Constitución, Chile estuvo lejos de recuperar su estabilidad. Primero Emiliano Figueroa, y luego la dictadura de Carlos Ibáñez, pusieron de nuevo en jaque al país. Tras una delicada situación económica, asume el ministro del Interior del militar, Juan Esteban Montero, quien tampoco logra restablecer la tranquilidad. Aún así, en las elecciones de 1931, Montero derrota por amplio margen a Alessandri, sin embargo de nuevo éste no es capaz de sortear la crisis que culmina con la República socialista en junio de 1932. Con la sublevación de los regimientos de Antofagasta y Concepción, renuncia en octubre Carlos Dávila, presidente de la Junta de gobierno socialista, y finaliza un largo período de anarquía. Dos meses después Alessandri asume un nuevo período presidencial, conforme a la institucionalidad promulgada por él mismo 7 años antes; derrotó a Marmaduque Grove, inaugurando un periodo de 40 años de nuevas crecientes tensiones que estallarían cuando el elástico de la propiedad y la democracia vuelva a romperse.

1973

Desde los sesenta la polarización política se desplegaba por las calles, nadie escuchaba los matices vitalizadores de las vías democráticas, las excluyentes demandas ciudadanas planteaban modelos sociales diferentes, acaso instalados desde fuera por la hegemonías política de las grandes potencias vencedoras de Berlín. El tema de fondo sin embargo, seguía siendo el mismo, los eternos propietarios, con sus beneficios y privilegios y los millones de trabajadores, desplazados en la pobreza y la falta de oportunidades en una democracia que no regula eficazmente los derechos y las justicias sociales. El Gobierno de Allende prometía encaminar la institucionalidad para conquistar esa equidad, sin embargo desde antes que el propio gobierno asumiera, ya había interesados en boicotear, impedir y luchar contra el gobierno popular, el Tacnazo del general Viaux, el asesinato del General Schneider y el Golpe de estado de 1973, marcan de nuevo una de las crisis más profundas de nuestra Historia. Miles de muertos y desaparecidos, torturados, exiliados, exonerados; una dictadura militar que durante 17 años sin ningún contrapeso instaló a la fuerza un modelo económico que no sólo no cambiaba el destino fatal de nuestra desigualdad, sino que la profundizaba con la promesa de un bienestar que de a poco rebalsaría a los más necesitados.

Es verdad, el mundo ha cambiado, la globalización ha hecho que las economías fluyan con mayor fuerza, que los primeros años desde el retorno a la democracia se ampliaron las condiciones de crecimiento y bienestar, no obstante nuestra democracia no ha sido capaz de que el crecimiento del país, y las condiciones objetivas de disminución de pobreza y acceso a bienes de consumo y servicio, permitan mejorar los accesos a una buena educación, salud, previsión y bienestar social que el aumento de la riqueza y las condiciones objetivas que la tecnología, la innovación y la modernidad ofrecen.

2013-2019

El surgimiento de la Nueva Mayoría como conglomerado político, que supuso un nuevo gobierno de la presidenta Bachelet, obedecía al desgaste sufrido por nuestro sistema político que entonces demandaba profundos cambios institucionales y por cierto más justicia social. Las reformas fueron un factor clave en la gobernabilidad, incuso más allá de que éstas no hayan sido los suficientemente profundas como un sector importantes de la ciudadanía esperaba, o lo suficientemente bien hechas para que fueran realmente eficaces. Ahí sin duda hay responsabilidad de la propia Nueva Mayoría pero también del obstruccionismo permanente de una derecha, entonces oposición, que usaba todos los subterfugios institucionales y fácticos para impedir que los cambios amenazaran con el statu quo instalado tras la Dictadura. La mejor demostración fue la intensa campaña comunicacional en contra del desempeño económico del gobierno, cuando era evidente que los factores externos influían mucho en ello. Tal como ocurre hoy, que las cifras de crecimiento y cesantía están distantes de los que el Gobierno de Chile vamos prometió en la Campaña.

La elección de Bachelet el 2013 postergó la crisis que venía gestándose desde la marcha de los pingüinos y las exigencias ciudadanas; el 62% de su votación reflejaba la esperanza de la ciudadanía en una campaña que anunciaba la promoción de cambios en la línea de buscar mayor igualdad en los accesos al desarrollo. Fue apenas un bálsamo para una sociedad que reclamaba ya soterradamente, con pequeñas explosiones sociales que algo estaba mal en nuestra convivencia social, e incluso algunas con atisbos de violencia. La mejor muestra de esa anormalidad, con sus incipientes válvulas de escape, fueron por años los eufóricos desmanes de los hinchas tras los triunfos deportivos en Plaza Italia, las violentas jornadas del Joven Combatiente, las crecientes marchas de No + AFP o de los deudores habitacionales o de los precios de los remedios o de un cualquiera de los desfiles de pancartas que en estos años de transición recorrieron de oriente a poniente las anchas alamedas de la capital, mientras que en el retail, la banca, las isapres y las administradoras de fondo de pensión, contaban y recontaban sus extraordinarias ganancias y jugosos beneficios, construyendo cada vez más sucursales, al mismo tiempo que concentraban la propiedad en tres o cuatro respectivas cadenas empresariales paralelas y coludidas, esquilmar a la ciudadanos consumidores el último peso de su presupuesto.

Sin embargo, Piñera derrotó a la Nueva Mayoría, ¡qué duda cabe! Con una abstención del 51% el empresario y ex senador ganó con un 55% de los votos, menos en términos relativos y absolutos de los que obtuvo la presidenta Bachelet 4 años antes. ¿Era una señal que la gente quería un gobierno de derecha? No, no me parece; la gente que hoy vota -la que vota- en realidad veta, es decir, vota por el candidato de la coalición contraria como esperando que sí éste lo hará mejor, sobre todo si en las enormes gigantografías luminosas de las calles se anunciaba el fin de la delincuencia, la creación de más empleos y por cierto, el advenimiento de “tiempos mejores”. La gente seguía creyendo en las promesas, pero no en un programa que pretendía retrotraer las reformas (modestas o no, bien hechas o no) realizadas por el gobierno de su antecesora.

Y aquí estamos. Con una crisis retrasada unos años, por un instante suspendida por el gobierno de la Nueva mayoría. Pero aquí está, apareció ahora con Piñera. Y de nuevo lo mismo. La sempiterna tensión entre la democracia (justicia social, equidad y participación) y la propiedad (los intereses de pocos, los beneficios de las empresas, la defensa del statu quo), y no se trata como algunos pretenden siempre polarizar, de irse a los extremos, ir para construir un país más justo debemos convertirnos en lo contrario de lo que hemos sido, sino más bien poder establecer un sistema equilibrado liberal y democrático inclusivo y solidario, con un estado que regule eficazmente las injusticias y una ciudadanía con libertades para emprender, innovar y desarrollarse. Pareciera mucho pedir, pero al revisar los ciclos críticos de nuestra historia parece urgente que de una vez, podamos vencer los paradigmas de quienes por dos siglos se han parapetado en un modelo de desarrollo que da la espalda al pueblo y con ello postergando su propio desarrollo.

He de esperar finalmente que con esta crisis se rompa el doloroso ritmo de nuestra construcción republicana y nos de la fuerza y generosidad necesaria para crear las condiciones sociales de un país que tiene todos los elementos para ser más grande, salvo el virus que cada cuarenta años viene a debilitar las defensas de un enfermo crónico que ya casi no resiste sus medicamentos.

Y nos habíamos amado tanto

Los primeros días, más allá de la violencia focalizada, muchos tuvimos una sensación de esperanza. La gran marcha del viernes 25 parecía ser un punto de inflexión para poder demandar y construir un país más justo, más allá de las señales de uno u otro lado, parecía que se instalaba un clamor transversal. De a poco sin embargo, ante la desatinada reacción política del gobierno, la escalada violentista de sectores ultra y la ambigüedad de algunos por condenar la violencia, el diario vivir se ha ido transformado de a poco en un incendio social que nos tiene a todos estresados, indignados, y por sobre todo, irritados, a nivel de discutir con amigos y gente querida en las redes sociales, no lograr escucharnos ni ponernos de acuerdo, polarizar posiciones, desconocer los matices que cada opinión admite por muy contraria que sea, y las redes sociales que en vez de servir de soporte tranquilizador que morigere las ideas u opiniones, es una especie de bomba atómica para la comunicación.

Andamos cabizbajos, desolados, confundidos, pareciéramos no encontrar respuestas y transitamos entre pesimismo nihilista y la certidumbre de un futuro mejor con rápida facilidad, una especie de sentimiento típicamente posmoderno que remece las bases de una sociedad y de nuestro deambular cotidiano. Nada es ni será como antes, y no tiene que ver con la Constitución, los anuncios presidenciales ni el modelo de desarrollo que eventualmente implementemos en el futuro, es la caída de un viejo régimen y el eventual reemplazo por uno nuevo. Queremos que sea mejor en uno u otro sentido, conforme a las ideas que tengamos cada uno de lo que significa lo mejor.

Después de la Segunda Guerra Mundial, tarde o temprano, muchas sociedades europeas tuvieron que rearmarse para establecer un nuevo trato nacional y supranacional, la Comunidad Europea, es producto de ese proceso. Por ejemplo, la Italia de los sesenta todavía no terminaba de resolver el conflicto de la nueva república con los resabios de una monarquía autoritaria y fascista; un país industrializado ampliando los márgenes de la modernidad y los embates externos de la Guerra Fría culminados en el atentado de Aldo Moro; esta tensión la refleja bien el director Luchino Visconti en sus películas de la época, como resumiendo la agonía de toda una sociedad en decadencia, así lo plasma magistralmente en el film de 1974, “Grupo de familia”, con un profesor, interpretado por Burt Lancaster, deslumbrado en la esperanza vital de la nueva sociedad romana, versus el agobio que significa la pérdida de sentido de una era. Lo mismo ocurre en “Muerte en Venecia”, o especialmente con la metáfora que propone en “Ludwig” (1973), mostrando a un rey, como Luis II de Baviera, incapaz de comprender los cambios de un mundo que se le desmorona, y al mismo tiempo, su soledad y aislamiento de la realidad como queriéndose quedar anclado en las tertulias de los salones de palacio más bien propios del s. XVIII.

Interesante resulta constatar cómo el idealismo de tres amigos de la resistencia partisana en “Nos habíamos amado tanto” (1974), de Ettore Scola, sucumbe ante el pragmatismo de una sociedad que impone condiciones de vida para las cuales esa vieja generación no está preparada. Allí, el personaje interpretado por Vittorio Gassman, se resiste a dejar sus privilegios sabiendo que su actitud amoral lo llevará a su propio exterminio social. Es el cine italiano de entonces, con esos retratos de época de Scola, los filmes de compleja narrativa social de Antonioni, la frescura del nuevo cine inglés o la irrupción de las voces dolientes del cine de Europa del Este, como la de aquella profunda reflexión existencial que expone Tarkowsky en “El Sacrificio” (1980), en la que dan cuenta que el cambio de paradigma, la muerte de un tiempo, la fatalidad de una decadencia, significa casi siempre un abandono, una ausencia, un duelo.

Ese duelo proviene de la confusión transformadora de la Europa de los sesenta y setenta, la misma que vivimos hoy tardíamente en Latinoamérica, en estos conturbados años de modernización y de desesperadas demandas por una sociedad más justa, acaso también por la búsqueda de un nuevo sentido a la vida, ya carente de relatos excluyentes y aún más distante de la salvación religiosa. Nuestras dictaduras militares fueron, qué duda cabe, nuestra propia Segunda guerra mundial; una reconstrucción inconclusa harta de crecimientos artificialmente acelerados fue la dinámica de los gobiernos de transición, que dejaron en el camino espacios crecientes de insatisfacción acumulada y bolsones de miseria moral más que material. Sin embargo éstos, ahora, son otros tiempos, tiempos en que la ciudadanía debe decidir por fin, si seguimos anclados en el dispositivo de los opuestos, tan propio de una Guerra Fría ya lejana, y subrayada desde el fin de la dictadura con la polarización que supone el Si y el NO, o damos vuelta la página para encumbrar las ideas en la construcción de un nuevo país, y desde ese país refundado, la edificación de una Latinoamérica unida, para vencer el paradigma de un desarrollo frustrado por los propios vicios de nuestra Historia, como señala en su emblemático libro Aníbal Pinto en 1959, cuyo diagnóstico, después de 60 años no ha cambiado sustancialmente, a pesar de los cambios profundos en nuestra sociedad.

Ninguno de los actores del próximo Chile deben ser aquellos que aún siguen atrincherados en sus dogmas mentales y poltronas de poder, la ciudadanía ya no acepta revoluciones verborreicas pasadas de moda, ineficaces y excluyentes, pero tampoco la herencia agresiva de un modelo económico que desde la dictadura profundizó las mismas desigualdades fundacionales de la república arrastradas desde mediados del s. XIX.

Al final, parecieran proféticas las palabras lanzadas entre las ráfagas de humo y sangre, en medio de la peor crisis política de nuestra Historia, y a punto de estrenar algunas de las mejores películas italianas de los setenta, cuando se decía que “mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”.

La crisis de las señales

Hemos tenido un gobierno con señales de a gotas. Se demoraron 23 días para hablar de una nueva constitución para el país, aunque todavía en forma tímida y sin precisar el mecanismo. ¡Cuánto tiempo ha pasado, cuánto tiempo perdido! Quizás cuánto enojo, indignación y violencia hubiéramos evitado sin la nefasta señal de “estamos en guerra”.

Sí, porque esta crisis es también una crisis de señales, de frases desafortunadas que trasuntan la arrogancia y prepotencia de un sector lleno de privilegios, comodidades y expectativas, mientras que los restantes millones de chilenos, incluso con un poder adquisitivo aumentado los últimos años, postrados en la desesperanza de apenas poder pagar por una buena educación, un buen plan de salud, o pagando caro por las deudas acumuladas en un sistema económico que respira de maximizar los márgenes a costa del bolsillo de los consumidores.

Se rieron de la ciudadanía, se burlaron del proceso de encuentros autoconvocados para una nueva carta fundamental hecho por la Bachelet. En un proceso único y participativo, los chilenos nos juntamos para discutir institucionalmente los primeros alcances de lo que debiera ser esa constitución. Chadwick, se río; la Van Rieselberghe ironizó, echaron por la borda un proceso inédito y democrático, pacífico y plural; y ahora dicen “hemos escuchado a la gente” sin comprender que son ellos –el gobierno de ellos, y la acumulación histórica de los privilegios de una clase minoritaria desde la fundación de la república- los causantes de esta violencia; es la negligencia de no haber escuchado o entendido lo que había que escuchar y entender en el momento oportuno, al parecer de nada les sirvió haberse educado en las más prestigiosos universidades de Chile y el mundo.

Se rieron, a propósito del millón y tantos de santiaguinos que marcharon ese inolvidable viernes 25 de octubre, aseverando que en realidad no marchaban por una nueva constitución sino por arreglar por aquí y por allá, un bono, un beneficio, un reajuste, el maquillaje justo para seguir gatopardeando.

Esto no es sorpresa, se lo dijeron al gobierno al principio de su mandato. Columnas, opiniones, editoriales, investigaciones de todos lados describiendo con frialdad académica o calentura política los graves índices de polarización y desigualdad. La Concertación incluso, en los estertores de su existencia, se dividía entre autocomplacientes y auto flagelantes, precisamente por la hibridez de la mirada acerca de los avances realizados por sus programas políticos desde el final de la dictadura. Mucho se avanzó, mucho se dejó cómo estaba, el vaso medio vacío y medio lleno al mismo tiempo, propio de las reflexiones posmodernas desde el fin de la Historia. Pero en medio de esa insatisfacción, al menos algunos anunciaron la necesidad urgente de construir un país más equitativo. Se avanzó, se avanzó mucho y también se avanzó insuficientemente. Pero no fueron ellos, no los que hoy gobiernan, es la verdad. Al revés, la Cubillos insiste en retrotraer las reformas en educación, Larraín en darle pista libre a los tributos de las grandes empresas, o a permitirles reinvertir sus riquezas en sus propios negocios con la excusa de estimular la economía, y con razón, se estimula, pero no chorrea ni comparte.

Se rieron, se burlaron, habían hecho en 20 días lo que no se había hecho en 20 años, o la desproporcionada frase que se despachaba hace pocos días atrás el recién asumido ministro Felipe Ward al decir que “por primera vez en mucho tiempo hay un gobierno que se hace cargo de los problemas de la ciudadanía”, claro, a punta de gritos exasperados, de violencia callejera, de millones de compatriotas desfilando por las anchas alamedas.

La soberbia de que la gente eligió este gobierno en democracia, lo que desde el punto de vista jurídico es cierto, pero que con mayor comprensión de lo que ocurre podría matizarse que obtuvo sólo un 27% de preferencia de los chilenos, y que la alta abstención de los últimos años, es también una señal inequívoca que había un descontento larvado en la ciudadanía. Pero ellos no lo vieron, hasta en las crónicas de primer año de periodismo estaba la idea, en las composiciones del taller de actualidad del liceo. Y aún más, muchos de ese porcentaje votaron encandilados por las promesas de campaña como “más empleo” y “menos delincuencia” y a la guerra campal que sufrió la Nueva Mayoría de desprestigio por la implementación de reformas que apuntaban a mayor justicia social -crítica que puede parecer justa por la forma y no el fondo- o por el mal desempeño económico, cuestión que Eyzaguirre se apresuraba aclarar que se debía al contexto internacional, mismo que tiraba al ruedo el ministro de Hacienda en estos meses, pero que al ministro de la Bachelet no le creían.

Está escrito y analizado, la gente no votó por Piñera por su programa de centro derecha: fue un castigo a la Nueva Mayoría, y la castigó por haber hecho mal las reformas, en forma tibia, con fuego desde la oposición descalificando su rol en la economía, y la derecha prometiendo “tiempos mejores”.

Efectivamente, las clases medias emergentes, las gentes endeudadas, la ciudadanía que ve desfilar por televisión la vida -y los bienes- de los ricos, quería, quiere tiempos mejores, pero la gente de Chile Vamos creyó que ese porcentaje que le dio su mayoría los había elegido a ellos por una ideología, lo que constituyó un gran error, que quizás se deba a que ni los asesores, ni el gabinete leían los diarios y los libros que lo decían, o que su distanciamiento de la gente o la incapacidad de la autocrítica, los tenía muy alejados de la realidad, mismo alejamiento del ministro Monckeberg cuando decía que los chilenos teníamos uno o dos departamentos para renta, o que Larraín iba a una reunión de ex compañeros a Harvard con dineros del ministerio, o la indignante presencia de los hijos de Piñera en una ronda de negocios con las autoridades chinas en el gigante asiático.

No entendían. No entienden. No entenderán.

Mal diagnóstico presidente Piñera, o no escucha o son muy malos asesores, quizás un mix de ambas; medidas tardías e inoportunas, poca claridad en sus anuncios, mala comprensión del entorno, un gobierno con señales de ineptitud y confusión, incapaz de canalizar la crisis por los senderos que la ciudadanía hoy intuye y que hace años un sector del país anticipaba.

Para esta crisis, presidente, no había sorpresas ni excusas: la ciudadanía también había puesto señales, señales contundentes, y es su responsabilidad no haberlas advertido. De verdad, lo lamento mucho, no por Ud. sino por el país.

Humildad

Antes, el 2012 había sido la Voyager 1; hoy la revista Nature Astronomy publica que a miles de millones de kilómetros de distancia, la Voyager 2 tras 42 años de vuelo, ha salido del Sistema Solar para adentrarse en el espacio interestelar. Es un hito que pasa desapercibido, la soberbia humana nos hace pensar que seguimos siendo el centro del universo, cuando la verdad es que somos una infinitesimal porción de vida al final de la galaxia, y ésta, colgando en un recóndito rincón del espacio sideral.

Quizás sí tomar conciencia y poder reflexionar acerca de nuestra pequeñez nos sirva para comprender que, más allá de nuestras diferencias, nos hermana nuestro origen y destino común y que sin la ayuda de los demás, nos será imposible transitar hacia la trascendencia individual y colectiva.

Colchonero y Rey de Bastos (reedición)

“El triunfo de la muerte” 1562, Pieter Brueghel “el Viejo”

Han ganado los mismos de siempre: los frescos, los aprovechadores, los ventajistas, los que no encuentran límites a su ambición; los interesados, los chantas y charlatanes, los care´ raja; los inadaptados de siempre que sin embargo, se adaptan de lo más bien; los que no entienden que la ética del bien común se funda con amplitud, en la estatura moral del bien individual y que la sociedad se gesta desde los pequeños detalles, desde los actos honestos aparentemente menores, casi invisibles como las energías portentosas del amor. Por eso estamos como estamos, hay una ambición la que nos devora, la pretensión infinita, como el oro del Rin, el anillo de las tinieblas, el grial oscuro del mal. Y ahí estamos, celebrando la pillería, el despropósito, incendiando los templos de Diana, quemando los libros de Orwell, vomitando en los fotogramas de Tarkowsky, volviendo al mundo de Ares para no volver a tejer nunca más los hilos mágicos de una vida pródiga de energías vitales constructoras e imperecederas.

Estamos aquí, sumergidos en una amalgama de estiércol y grasa, de ruido y odio, rodeados de aquellos que exaltan la chispeza, la ofensa, el desparpajo, la trampa, la ventaja sobre los demás; que levantan con algarabía la sociedad de la desigualdad por decreto, dedicación monacal y cierto cinismo, levantando falsos héroes: delincuentes, ladrones estafadores y truhanes, sino patudos, ignorantes o envalentonados. Creemos que el valiente es el que insulta, el prepotente de armas y puños, el de ideas extraviadas con alevosía. Celebramos a los energúmenos, a los barrabrava, al inculto, al que cree que la vida es amasar fortuna, el que desprecia la Historia y el arte, el que cree que la vida se nos va ganándole al otro.

Estamos en medio de la necedad y el disparate, no tenemos tiempo para otra cosa, los días se escabullen entre la mentira y la liviandad de lo aparente; el tránsfuga reina, el auto caro, la plata fácil, el dedo en el culo del adversario porque es señal de sincero patriotismo, el himno alargado, la mano en el corazón signo de un chovinismo siempre falaz, esquivo, innecesario; idolatramos al pergenio que hace un gol con la mano, el periodismo vociferante, al académico dedicado más al rodearse de adláteres que lo elijan a cambio de horas de clases, y todo por un puñado de dólares más, como en las películas de Leone, aunque sin siquiera respetar los elementales códigos del Farwest.

Reina el que se arregla con el parquimetrista, el que da propinas miserables, el miserable que entrega limosnas a cambio de privilegios, el privilegiado que abusa, el trabajador que no trabaja, el policía que hace y que no hace, y que en su hacer o no hacer se arrancan los suspiros del último asaltado, mientras sus generales erguidos bajo sus gorras altivas se desangran para aparentar lo que no son.

Enaltecemos al que engaña mintiendo, el que minimiza, el que oculta parte de la verdad de una cosa; el que ha manipulado las cosas vendiendo a su propia madre, como al alcalde que para tener poder es capaz de desdecir su propia ideología, abrazar una distinta o no tener ninguna, a cambio de pobres pero significativos puntos en la próxima encuesta. Ya no sirven las ideas ni las utopías, ahora gloria eterna al Poder por el Poder. Ungimos ante Su Santidad al que ha hecho dinero a costa de los otros, como casi todos quienes hacen dinero, aprovechándose de las circunstancias en propio beneficio, recorriendo con sapiencia los intríngulis de palacio y del sistema que se lo permite desde la más tierna cuna; al que se las arregla para no pagar impuestos o pagar menos; el que tiene contratada a la familia para disminuir ingresos, al que birla un cafecito extra en el precio del menú, el que posterga el digno sueldo de un proveedor con un pago de factura retrasado en unas semanas, so objeto de desdeñar los intereses que el capital produce; al que con la plata de todos pavimenta sus propios derroteros, aquellos que sientan hijos en la mesa del poder, instala ministros salidos de su intimidad genealógica, distribuye cargos a los de su clase, su fe o su sangre; al que aprovecha los vericuetos del código penal para exculpar a los culpables de los crímenes, como a su propio hijo que borracho asesinó a un campesino en bicicleta en los caminos del Maule, a los maulosos que driblean con el mazo de cartas adjudicándose los póker o los fules con el mismo descaro que hacen maniobras para destruir el estado de derecho o torcer las voluntades del pueblo a cuatro columnas en papel de diario o con dos regimientos desplegados en el centro.

Descarados, sinvergüenzas, insaciables gorilones de la sociedad, instalados en cada rincón del poder, distribuidos equitativamente en el anonimato de la población, grandes y pequeños estafadores, influyentes personeros públicos y privados, insignificantes vecinos de barrio, todos cortados con la misma tijera, la de la prepotencia desbordante, las cuchillas filosas de la avaricia de la insolencia y la patraña, regada por incultura y la deseducación, la droga y el pillaje, los falsos ídolos y las ideas falsas, la faramalla farandulera, la idiotez de lo inmediato, la estupidez que no tiene nombre, la voracidad del neoliberalismo formando secuaces de un sistema que lo aturde y lo atonta aún más, cada día, a cada rato, sin darse cuenta como zombis de pantallas incandescentes, como muertos vivientes de un mundo que agoniza a causa de ellos.

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Seguiremos chatos, mientras existan los piratas, los farsantes y los embusteros, los vándalos, los saqueadores de barrio y los de cuello y corbata, los adalides de lo posmoderno que antes de tiempo quisieron terminar con la Historia de Napoleón y Quevedo, de Platón y el Renacimiento; aquellos que estrujan el sistema en nombre de la democracia, de la república o del estado de derecho, no habiendo -en realidad- verdadera democracia, ni república ni estado de derecho, ni nada: solo el beneficio de los beneficios los márgenes de la riqueza, las infragmentadas dimensiones de la ambición, ya que las ventajas son patrimonio de pocos, de los mismos mismísimos, de los que aprovechan el sistema de gallos y medianoches, burlándose de Fulano y Mengano, de la soberanía y del pueblo, de los cantores y los obreros.

De ahí los militares corruptos, por ambición: la joya de la señora, la perla en la solapa, las cuentas en el extranjero. Hay viajantes y viajeros, turistas de vidas que no tenemos para aparentar lo que no somos, el lujo pobre de una platería opaca, de una vida aparentemente sofisticada pero repleta de resentimiento; la clase política que no deja sus espacios de poder, por poder de ambición de dineros e ideas, las huestes universitarias retorcidas sobre si mismas, aisladas del mundo real, reproduciendo un conocimiento que sólo sirve para aumentar el ego y disminuir el espacio libre en la pared de los galvanos. La prensa instalando la Verdad del Siglo y la de los avisadores que la financian, avisadores con la suya propia, verdad de marcas y valores, marcas que también tergiversan la realidad para presentarnos una realidad irreal de brillos, modelos y sol, de bienestares efímeros, de miedos telúricos, de escalas de percepciones y zanahorias y garrotes.

Una vez más el forro, el delincuente, el tránsfuga, el corredor de intereses, el lobbista, el amigo de los amigos que cerca favores y aprueba amores sociales; el analista de redes, el intermediario de contactos, el oportunista sentado al café todas las mañanas, dispuesto a medialunas y comisiones; los compañeros, los colegas, los correligionarios, sentados en torno a una misma cofradía para ayudarse y, por cierto, con ello, desayudar a los demás, a los que no están en la mesa, a los que no tuvieron suerte. Y no la tendrán.

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Ambición es el verbo a pronunciar, frágiles ladrillos que subimos para pisotear la visibilidad del otro, del alter ego como un legítimo ser de una conciencia colectiva y definitiva que da razón a nuestro ser. ¿Difícil? Mejor olvidarse que la vida cuesta, la verdadera vida exige luchas verdaderas pero no con los demás sino con uno mismo, para fortalecer su propio ser en el otro, en la bondad de la caridad verdadera que no es sino la educación al prójimo, el amor fraternal y la construcción de justicia humilde no aquella de arreboles y columnas corintias o compuestas, a la sombra de la mujer semidesnuda portadora de una balanza de mármol.

Celebramos a los matones, a los capos, a los padrinos, a los ricos, a los arrogantes, damos Nóbel a los poderosos del verbo y el misil, del obús y la pistola; celebramos a los vaqueros que matan indios, al galgo terrible, al malembe, al buscador de oro y brillos fáciles, al escalador y al arribista; hartos ya del prestidigitador de sermones, el charlatán y sus secuaces, defendemos al cura abusador que bautizó a nuestros hijos con la santa unción del óleo divino, ponemos las manos al fuego por el irlandés confesor de pecados, y nos hincamos como ovejas frente a una imagen de yeso pintado de hombre y otra de greda pintada de virginales blancos; apuntamos a las prostitutas cuando hemos sido nosotros los prostituidos.

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Pero todo tiene que cambiar, desde el más sencillo de los afectos humanos a los nuevos pactos sociales traducidos en democracia verdadera; el del abrazo sincero, el del beso sin remilgos, la amistad generosa de lo que donan, de los buenos que circulan anónimos por las calles silenciosas desplegando sonrisas y saludando a diestra y siniestra levantando el sombrero.

Solo así, no será lo mismo ser derecho que traidor, ni ignorante, sabio, chorro, generoso o estafador ¡Todo será distinto, todo será mejor! Distinto un burro que un gran profesor, y por fin, no será lo mismo ser cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón.