Astrud (Gilberto, por casualidad)

Astrud Weinert entró al mundo de la música por casualidad. Acompañaba a su esposo, el gran guitarrista Joao Gilberto, en Nueva York, que se disponía a grabar, nada menos con uno de los saxofonistas más importantes del jazz moderno como era Stan Getz, un disco de bossa nova, que por entonces emergía en la escena internacional como la música de moda del momento, al mismo tiempo que proponía estructuras musicales complejas pese a la sencillez aparente de su desarrollo melódico. Una verdadera revolución esta nueva música brasileña con swing que venía a remover la estantería de la música latinoamericana en EE.UU. dominada hasta entonces por la música cubana.

Era 1963 y nadie imaginaba aún el impacto que significaría para la industria el sonido aterciopelado, cadencioso y exótico de la nueva bossa, que funcionaba perfectamente bien montada en las estructuras del jazz modal como en el andamiaje reflexivo e intimista del cool o del jazz de la costa oeste y tenía un ritmo contenido que amenazaba a cada instante con explotar en un sinfín de colores y matices, como fuegos artificiales, pero con la elegancia de la música de Debussy o Chopin.

Astrud Gilberto grabó sin querer su primer disco junto a su marido y al gran saxofonista de Filadelfia sin proponérselo, sin tener historia ni experiencia, apenas un voz frágil, armoniosa y sutil, un secreto musitado, cabalgando sobre la cadencia sincopada del sonido de los bronces, colgando en cada nota menor de los arpegios de su cónyuge. Era el tercer o cuarto disco de Getz tocando bossa nova, música que había sido el gran descubrimiento del tenor llevado al norte tras un viaje por tierras brasileñas. Era el disco “Getz/Gilberto” que ese año rompió todos los records y superó en éxito las anteriores grabaciones donde ya contaba con insignes músicos brasileños como Antonio Carlos Jobim, el compositor y pianista parceiro de Vinicius de Moraes en la mayoría de los grandes estándares del bossa nova o del guitarrista Luis Bonfá.

Pero Joao y Astrud con este disco marcaban sin duda un antes y un después de la asociación mágica y misteriosa entre el jazz y la música popular brasileña, alianza que perdurará por décadas, pacto secreto del cuál brasileños y jazzistas deben agradecimiento y respeto.

Hoy nos enteramos que Astrud Gilberto ha fallecido a los 83 años. Es probable que no figure en la galería de las grandes voces de la historia, no al lado de Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan ni Billie Holiday, su impronta no será la de Nina Simone, su compromiso de identidad probablemente estará lejos de los de María Bethânia o Gal Costa, pero estuvo en el momento preciso para inmortalizar la sensualidad de la música brasileña y fundir la paleta multicolor de Latinoamérica más allá de la postal caribeña, con la evolucionada tradición jazzística afroamericana en tiempos de cambios.

Astrud, saravá

El beso

Comprendo que mientras más complejas sean las instituciones humanas más necesario es el respeto por ciertas normas de conducta, rituales colectivos o formas establecidas de comportamiento, que, miradas con distancia, a veces parecen extraños e innecesarias, y que en la actualidad existe una ingente pulsión por eliminarlas; un deseo frenético por prescindir de ellas, abolirlas como se hace con la esclavitud o la pena de muerte. Pero si uno se detiene a pensar, muchas veces que esas normas, rituales y formas, por muy exóticas y superfluas que parezcan, sirven precisamente para darle sentido a cierta manera de hacer las cosas, darle orientación y orden, incluso dotarlas de un significado simbólico que ayude a darle valor a la acción emprendida, como decíamos, en el marco de una institucionalidad que los integrantes consideren importante, trascendente o sagrada.

Por eso es que siento simpatía por los rituales religiosos, incluso aunque los encuentre carentes de sentido, podrían simular representar algo que para mí no existe o no tiene valor o que es falso, pero igual existirán otros que sí le dan significación, lo que hace que el ritual mismo sea bello, emotivo y significante, quizás sea una paradoja, permitídmela; me gustan las ceremonias de coronación de reyes, trato de entender el significado de cada detalle y el sentido que los correspondientes súbditos le dan a ese ritual monárquico, por mucho que no sea la monarquía mi preferida forma de gobierno; me encantan en general las costumbres consolidadas u obligaciones normativas asociadas a actos culturales, esas que llevan años, las tradiciones rituales, como por ejemplo, los primeros pies de cueca para inaugurar una fonda, los cortes de cinta, las botellas de espumante que se quiebran contra la proa de un buque nuevo; me emocionan las palabras de los jueces civiles a las parejas que se matrimonean, por mucho que el funcionario lea o recite de memoria un texto tipo que se pronuncia miles de veces al año; me encantan las ceremonias de los cambios de gabinete; las cuentas públicas si son breves; los vocativos en los discursos públicos (aunque moderados); las fiestas de cumpleaños hasta con el soplado de las velas (aunque cada día soporte menos la famosa cancioncilla de las hermanas Mildred y Patty universalmente conocida y cantada); en realidad los rituales de los aniversario en general, los de los cumpleaños, con la recepción de amigos y familiares; los regalos, los brindis, el trozo de torta y los sanguchitos, son muy importantes, sirven para hacer una pausa en la vida cotidiana y separase del tráfago doméstico para pensar, para reflexionar de lo que ha sido la vida, qué se yo, proyectar el futuro, delinear el derrotero personal desde ese momento, mirase el ombligo, dejar de engañarse.

Más allá de que estas palabras caigan en el abismo del olvido, ese día debería convertirse en una instancia reflexiva, en el retorno a la oscura y silenciosa cámara de reflexiones, donde el sujeto se encuentra desnudo y sólo ante su conciencia para escudriñarse. Pero bueno, no todo es filosofía, ese día también es importante para regar la amistad con buenos brebajes, con humor, música y una buena mesa para compartir con los que uno más quiere. ¡Cómo no va a ser importante! ¿sin formas, cómo celebro un cumpleaños?  ¿sólo enviando mensajes al voleo lanzados fríamente en el guasap?

Decía que son importantes las normas, rituales y formas, que para los efectos de estas cavilaciones, apuntan para el mismo lado: al modo de ordenar la convivencia de los hechos importantes; importantes tanto para la persona en su ámbito “institucional antropológico íntimo” como la familia, los amigos, como también en lo concerniente a lo “institucional sociológico público”, el trabajo, la escuela, el supermercado, el restorán, etcétera, y más allá, en las grandes actividades del estado como son las actividades políticas.

Sin embargo, y aquí me detengo, de entre los múltiples rituales humanos de la categoría “antropológica íntima” están el beso, el apretón de manos o el abrazo. Que comportan un aspecto físico importante, en el sentido de aproximar los cuerpos en un gesto de generosidad, empatía y respeto, o de amistad, cariño o amor, pero que por sobre todo quiere significar más allá de su connotación física evidente, distintos modos o mecanismos de relacionarnos con los otros. Están también los saludos como una amable venia, o el quitarse el sombrero (ya desaparecido de la moda masculina, desafortunadamente); el gesto con la palma de la mano levantada, el dedo para arriba; en fin, un completo catálogo de significantes corporales, como verdaderos emoticones, cada uno con un sentido distinto, como verdadero abecedario de mensajes.

Pero de todos ellos, sin duda, no hay nada más rico que un beso, la exquisita sensación de rozar con los labios la piel, la mejilla, acaso los mismos labios de una persona que uno le tiene cariño, o de frentón, que quiere o ama.

Sin seguir necesariamente la nomenclatura de la taxonomía de Rosengarden, podemos encontrar distintos tipos de besos, aunque en esta oportunidad me referiré sólo a los más simples, a aquellos que insinúan una pequeña explosión al hacer estallar los labios cerrados en punta en la mejilla del otro, generando un sonido chispeante sobre la epidermis de la persona, una especie de big bang microscópico de sensualidad, depositado con esmero en la superficie tibia del rostro de la persona querida, un tenue sonido húmedo, que incluso a veces sólo es el roce de una piel con otra, estallando en al aire a medio camino entre los pómulos y la oreja. Mientras más se aleje de la piel o de los labios del otro más frio será el ósculo, si en cambio, si el pequeño big bang se acerca a las comisuras labiales del que recibe, comienza a fluir una lava interna por el sistema nervioso que puede descontrolar a cualquiera, aún más, algunos se atreven a lanzar en un tiempo infinitesimal las líneas tangentes de los frágiles bordes labiales, suficiente acción para aminorar los impulsos de la libido y así compensar aunque sea en parte, el deseo irrefrenable de un gran beso carnoso en plena boca. Cosa que por lo demás hoy, sin consentimiento de la otra persona está penado por la misma ley que antes lo permitía.

Pero dejémonos de este orden de cosas. Hablamos de los besos simples como instancia normativa, proceso cultural que tiene distintas significaciones, y que se realiza indistintamente en variados escenarios y circunstancias. Me referiré en especial a esa costumbre nacional de dar besos a diestra y siniestra, besar por la sencilla obligación social de que entre hombres y mujeres se saludan con un beso y que entre hombres se saluden sólo con la mano. Lo anterior significa que la costumbre nos obliga a saludar de beso a quienes queremos besar pero también a quienes no queremos besar.

Y ahí está el problema.

Pese a todo lo dicho en los párrafos iniciales, respecto a mi gusto por los rituales humanos por muy extemporáneos que parezcan, no hay nada que me desagrade más que tener que besar sólo porque la tradición lo exija. Los besos dados sin sentimiento son una costumbre inútil, fea, incluso poco higiénica. Pero la normativa nos obliga a hacerlo. En ese sentido, en otros países, menos latinos, la formalidad inhibe el saludo de beso, permite un sobrio, distante, aunque no menos amable saludo de manos, siempre de manos, entre hombres y mujeres, incluso también sólo entre mujeres, cuando las personas no se conocen o cuando la relación es puramente formal, cuando se trata de temas laborales o profesionales. Así el saludo puede representar la distancia necesaria entre personas que no anhelan un vínculo distinto al estrictamente formal. Aquí en Chile besuquearíamos hasta la Reina de Inglaterra, si se nos presentara el caso. En relación a las normas, rituales y formas, es mucho lo que debemos aprender de los ingleses.

Todos tenemos experiencias de incómodos ósculos, besos fallidos, personas que en vez de presentarte la mejilla, te pasan la nuca, el profundo y repulsivo aroma de un perfume dulzón, las hediondas acideces de un teñido, con un poco de suerte, el olor al champú de coco. Recuerdo cuando pequeño los besos de esa típica tía vieja pasada a colorete, sus labios con ocho capas de pintura estampando carmesíes por toda superficie besable.

No hay nada peor que los besos de más, como aquellos que se reparten entre las autoridades asistentes a un acto que sentadas en la testera se saludan de beso cada vez que uno de los personeros vuelve a su asiento tras intervenir con un discurso desde el pódium. Vuelve la ministra a la testera y el alcalde se pone de pie y la saluda de beso, aunque antes de que se sentaran ya se habían saludado, luego le corresponde al alcalde discursear, y también, al volver a la testera es la ministra la que se pone de pie para devolver el saludo con el tercer beso del día, y si hay más oradores, éstos continuarán con la rutina de seguir besándose al volver de su discurso, en un eterno vaivén de besuqueos cómplices que intentan celebrar la palabras del orador como si los aplausos dedicados en cantidad fueran insuficientes para manifestar el agrado por las palabras dichas. Luego viene el cóctel, y al despedirse, la última ronda de besos: besos ajenos, gélidos y desabridos.

En una época incluso, fue moda entre los futbolistas, a la usanza rioplatense saludarse de besos cada vez que los cambiaban, cada vez que un jugador salía de la cancha se cruzaba con el jugador entrante saludándose con un beso en la mejilla, como creyendo que copiando esas costumbres seríamos tan buenos futbolistas como los argentinos, cuando en realidad, nos son más que modas que duran lo duran las modas.

El tema no es que entre los hombres no se besen, de hecho, huelga decir, con mis hermanos y padre nos besamos con afecto cada vez que nos vemos, lo mismo con algunos amigos queridos después de tiempos de alejamiento, pero claro, son besuqueos voluntarios, expresión de un sentimiento sincero y profundo, son simbólicos, no buscan el roce epidérmico, ni depositar con nuestros labios restos de partículas de ácido desoxirribonucleico en la mejilla del otro sino apenas sólo la microscópica explosión que produce el tañido de los labios en el aire.

Por eso los besos los debería guardar sólo para la gente que quiero: mis hijos, mis padres y hermanos, la familia en general; por cierto, las amigas, los cercanos. Son el último recinto de la intimidad sincera de afectos, antes del amor desenfrenado de pareja, el espacio mínimo del cariño expresado a los que a uno le da la gana.

El beso no es otra cosa que la norma social voluntaria, un espléndido y mágico ritual, la forma perfecta de dedicar al otro la eternidad en un instante efímero y provisorio, el minúsculo fragmento de todo el desordenado amor que circula en el universo.

Las cajitas de cartón

La vida está llena de asuntos misteriosos, o mejor dicho, de aspectos que la inteligencia humana aún no resuelve, asuntos que aún no es capaz de modelar y, en algunos casos, siquiera imaginar. La existencia de vida inteligente en la tierra ha hecho que progresivamente sin embargo vayamos dilucidando las más formidables incógnitas de la naturaleza, lo que ha permitid al hombre qué duda cabe, evolucionar a estadios impensables apenas unos años atrás. Con todo, la presencia del ser humano inteligente en la tierra es tan reciente que pretender saberlo todo es una tremenda arrogancia, faltan aún algunos años para responder a todas esas preguntas que tanto martirizan a filósofos y científicos, pero también a fanáticos religiosos y charlatanes.

Es cuestión de tiempo, nada más. Lo fue descubrir que la lluvia, los relámpagos y los truenos no eran enviados a la aldea por un Dios indignado o que el oso, el lobo o la grulla fueran la representación divina de deidades menores que representaban diferentes características de un pueblo anticipaban la ocurrencia de una situación en la comunidad. Para los teístas sin duda Dios está en la naturaleza misma, como una forma de manifestación energética, pero ese es un tema distinto que no vale la pena desarrollar aquí.

Lo que nos convoca son aquellos misterios mínimos vinculados con el diario vivir de los que ni a la ciencia ni a la religión les interesa resolver, son como cosas menores que pasan que mientras no nos produzcan grandes temores, o dudas existenciales o nos compliquen el bienestar del diario acontecer, no molestan, o no molestan tanto como para construir hipótesis en una u otra dirección, o levantar investigaciones teológicas, científicas que determinen el motivo de tales comportamientos. Son situaciones que escapan incluso a las teorías de Murphy, aquella cuyo enunciado se basa en un principio empírico que trata de explicar los hechos acontecidos en todo tipo de ámbitos. Enunciado que denota una actitud pesimista y resignada ante el devenir de acontecimientos futuros, puede aplicarse a todo tipo de situaciones, desde las más banales de la vida cotidiana hasta otras más trascendentes.

Uno de los ejemplos más atentes, y acaso de unos de los misterios más populares entre aquellos que no obstante no están interesados en escalar con su solucionática es el hecho de que cada vez que abro una cajita de medicamentos, la abro por el lado del doblez del papel de instrucciones, contraindicaciones… lo que nos obliga a sacar primero el papel antes que la tira de plástico y aluminio con los respectivas pastillas o píldoras. Para quienes con alguna frecuencia abrimos cajitas de aspirinas, antiácidos, antigripales… incluso haciendo extensivo el unboxing a cajas de dispositivos electrónicos pequeños como audífonos, cables, pendrives, siempre se abre por donde el manual de instrucciones obstruye la salida libre del producto comprado.

No se trata de tener una estadística afinada de este asunto, no la hay, por mucho que uno fantasee con la posibilidad de hacerlo, uno no lo hace, apenas se queda en una honda y personal reflexión, mirándose en el espejo del baño con una sonrisa sarcástica constatando una vez más y en forma reiterada el mismo resultado para tan frecuente acción. Es un constatar íntimo, de uno sólo frente al espejo, ni siquiera amerita que uno a la salda del baño comente este misterio con otra persona, no sería relevante, creerían que uno está loco o al menos sindicado en un proceso lento y desgraciado proceso de decadencia mental, acaso el indicio evidente de una galopante demencia senil o quizás la señal de un alzhéimer precoz. Lo claro es que no da para establecer una metodología de investigación que sirva para constatar la efectividad de la percepción de cada vez que abro una cajita, la abro por el lado del papel doblado. Incuso hasta podría ser una percepción equivocada. Iniuriam sensus llaman los científicos de las cosas simples a este proceso cognitivo, que consiste básicamente en convencerse de una realidad cuando el nivel de percepción es proclive a ella; por ejemplo, cuando estoy interesado en comprarme un nuevo automóvil de determinado tipo o marca, mágicamente comienzo a ver el auto en cuestión en todas partes, mi percepción selectiva me obliga a darme cuenta de esa observación lo que probablemente me hará creer que hay más autos de ese tipo o de esa marca de los que en realidad hay.

El proceso de iniuriam sensus es aplicable a muchas situaciones, no obstante, no sé con seguridad si es aplicable a la apertura de cajas de medicamentos, porque tengo la certeza (que no es más que otro proceso de iniuriam sensus) que si asumo la apertura de cajas seriamente y aplico una metodología científica, el resultado será que al menos la apertura por el lado del papel doblado será sobre un 90%, y lo digo porque efectivamente cuando excepcionalmente ocurre lo contrario, estoy en plena conciencia de mis actos, es decir cuando tengo la fortuna de estar atento y darme cuenta que abrí la caja por el lado “correcto”, y que las dos o tres huinchas de remedio quedan inmediatamente a la vista, me miro al espejo como para ratificarme a mí mismo que descubrí el vellocino de oro, las ruinas de Eldorado o la Ciudad de los Césares y que ese día será distinto. Es decir, tengo plena conciencia cuando en forma infrecuente y esporádica la norma no se cumple.

Por eso, no creo que la falacia del iniuriam sensus sea el concepto que defina adecuadamente a este extraño mecanismo. No sé muy bien cómo explicarlo, pero lo que no admite dudas es que estos fenómenos se expliquen por la existencia de  supuestas fuerzas divinas ocultas o energías malévolas varias que impidan que la naturaleza de las aperturas fluya o la existencia de hadas o duendes que a uno le quieran hacer una jugarreta. Qué me perdonen.

¿Qué entonces?

Por cierto no son los únicos eventos mínimos y domésticos que no tienen explicación lógica alguna, o que teniéndola, la razón de los porqué no está al alcance ni interés de la ciencia o la teología, por ejemplo, la búsqueda de las llaves que uno tiene en la mano o la pérdida de los lentes que uno tiene puestos; o el motivo del porqué de la conducta mecánica que ante un corte de luz uno al ir a la cocina a buscar velas, enciende el interruptor de la habitación para buscarlas o cuando se corta la luz precisamente en el momento que empieza tu programa de televisión favorito o  aquella que cuando uno está menos preparado para una prueba, ésta se suspendía o, si se hacía, te sacabas una buena nota porque preguntaban precisamente las únicas cosas que sabías; o la más increíble aún, como aquella sensación de haber vivido antes un momento vivido en el presente, como incógnita indescifrable de una vida pervivida o apenas la sensación anticipatoria y progresiva de una percepción cerebral frente a la cual tenemos una enorme ignorancia. A mí me pasa con frecuencia que cuando pienso o converso de una persona famosa, qué se yo, un artista, un político internacional, cuando pregunto – ¿Estará todavía vivo Perico de los Palotes? – y me responden que “si”, y al cabo de las siguientes horas nos enteramos que fallece. No falla.

Algunos dirán fuerza mental, energía cuántica llevada a sus extremos, otros atribuirán mecanismos cerebrales complejos… los menos, responsabilizarán a la virgen María o a san Expedito.

No disimulo mi admiración por los recovecos misteriosos que tiene nuestra existencia, algún día analizaremos cómo la vida de cada uno de nosotros se despliega enigmática cuando tomamos aparentes pequeñas decisiones y nuestro derrotero vital comienza a transitar en una dirección tan divergente de cualquier otra supuesta, pequeños desvíos iniciales que incluso podrían marcar toda nuestra vida futura.

Si estos asuntos tan inescrutables tuvieran una implicancia vital, seguramente habría decenas de iglesias tratando de explicarlos, similar cantidad de libros sagrados interpretados por gurúes, brujos y nigromantes; si en cambio, fueran relevantes para la existencia humana, surgirían alambicadas corrientes filosóficas para dar cuentas de ellas, la ciencia y su método ya le habrían hincado el diente. Pero no, a nadie le interesa, quizás salvo a los poetas, a los navegantes enamorados o a los empedernidos aventureros de la historia.

¿Qué entonces?

No sé, como tantas cosas que no sé, como tantas cosas que el hombre no sabe. Cosas todas que sin embargo se dilucidarán en la medida que la ciencia y la tecnología sigan avanzando, la sed de progreso humano descubra las más mínimas incógnitas del universo, como por ejemplo, las provisorias y circunstanciales incógnitas de la apertura de las frágiles e intrascendentes cajitas de cartón.

La nueva política

Pareciera que ninguno de los análisis políticos y sociológicos dan cabal cuenta de lo acontecido en las últimas elecciones, en general los distintos sectores que dicen representar las ideas de los ciudadanos llevan agua a su propio molino, sacan conclusiones parciales que más bien buscan un mejor posicionamiento a la hora de dar explicaciones, o en definitiva, quedar mejor parados ante hechos que resultan difíciles de comprender, al menos difíciles desde las lógicas que habitualmente la política comprende los procesos eleccionarios en Chile en su historia republicana. Esto vale tanto para ganadores y perdedores que no saben muy bien en realidad cómo interpretar los datos, los votos, las señales, el lugar desde donde la gente se ubica para reclamar airosos por profundos cambios sociales, como también, con similar vehemencia, mantener aspectos esenciales de la tradición política y republicana.

Lo que parece claro es que hoy los partidos no parecen representar los emergentes anhelos ciudadanos, que quizás ya no responden al eje izquierda-derecha, tampoco se trataría de retrotraer la historia ni de cambiarla radicalmente, las demandas surgen sin duda de un país nuevo surgido en los últimos 30 años, inserto en una realidad global tanto o quizás más determinante que como fueron las políticas implementadas desde entonces. Mientras el mundo parecía caerse a pedazos, casi todos los indicadores sociales y económicos objetivos señalaban un avance del país en distintas áreas, lo que dada las expectativas de modernización sin embargo, eran todavía insuficientes para conquistar mejores estadios de equidad.

¿Qué fue entonces lo que pasó, cuando parecía que teníamos acuerdos mayoritarios en hacer transformaciones que precisamente nos pusieran al día, desde lo ya construido, para establecer mayores estándares de justicia social?

Bueno, precisamente lo que algunos creyeron en el sentido que había que cambiarlo todo para cambiar lo importante.

No hay duda que la crisis de nuestra democracia pasa por una crisis de los partidos, por la ineficacia de los partidos de representar cabalmente los anhelos ciudadanos, abrazar consistentemente proyectos políticos coherentes y sostenibles en el tiempo, y dejar de confundir la responsabilidad democrática del fervor populista que tanto daño ha hecho en Latinoamérica.

A pesar de que se insinúan amenazas de nuevos fanatismos religiosos y políticos, la esperanza por un Chile mejor sigue abierta, será de los partidos la responsabilidad de pensar en el país, y ya no en sus propios intereses, por fin de dejarnos de mirar el ombligo, para poder construir un futuro donde converjan los acuerdos de las grandes mayorías.

Los ciudadanos estaremos atentos.

Las miradas íntimas de las cosas

A 50 años de El Padrino

Aún siguen las celebraciones de por el 50º aniversario de la filmación de “El Padrino”, filme que aparece en casi todos los rankings como uno de los mejores de la historia del cine, una pieza clave en el cine de los setenta y la cinta fetiche de millones de cinéfilos alrededor del mundo. Quizás sea todo una exageración pero es un hecho de la causa, la película de Ford Coppola es la favorita de mucha gente porque de modo descarnado aborda la paradojal historia de una familia de sólidos valores de lealtad al mismo tiempo de desentrañar una sociedad de códigos violentos como forma de redención de comunidades que deben ganar un lugar en la sociedad del sueño americano.

La película, que fue estrenada en EE.UU. en marzo de 1972, y recién tuvo su aparición en las salas chilenas dos años después, el 27 de marzo de 1974, por lo que al momento del estreno, la cinta tiene una larga historia de reconocimiento tanto en las salas como en los premios especializados. Chile fue uno de los últimos países en Latinoamérica en conocer la película, cuando su prestigio ya estaba consolidado.

Desde entonces “El Padrino” lo que ha hecho es sólo cimentar aún más su fama, de las grandes salas de cine del país de entonces pasó a ser una cinta de culto, apoyada por las dos secuelas que continúa la historia de la familia Corleone y sus negocios, y una comunidad entera de religiosos seguidores que la posicionan como el film por excelencia desde los años 70. Como decíamos, esa ubicación en el Olimpo del cine quizás sea exagerada, pero uno no puede negar, pese a sus debilidades, que la fortaleza de la película está precisamente en algunos de los elementos críticos más sensibles del cine como lenguaje expresivo, a saber, la utilización creativa y amplia de la gramática cinematográfica, una puesta en escena magnífica, un gran diseño de producción, una fotografía delicada e intimista que crea un clima que emociona, y la ambigüedad de una propuesta valórica que toca las fibras de una confrontación ética que plantea aspectos esenciales de la existencia humana.

En algún sentido, “El Padrino” alcanza la cúspide del nuevo cine estadounidense inaugurado por allá a fines de los años 50, cuando frente al clasicismo hollywoodense, surge un cine menos ampuloso, más alejado de los grandes estudios, con directores jóvenes (o no tanto) venidos de la televisión a filmar a la calle los dramas de las emergentes crisis sociales y políticas de los sesenta con personajes dramáticos alineados de los grandes temas de su época. Se llamó el Nuevo Hollywood, y directores como Martin Ritt, Hal Ashby, Sidney Lumet, Arthur Penn, Mike Nichols que, herederos de la tradición neorrealista italiana y de la frescura de la nouvelle vague francesa, intentaron renovar las miradas acerca de tabúes en el cine como la sexualidad y la violencia, las contradicciones sociales de una nación construida a veces desde la violencia o la guerra para darle a sus ciudadanos la imagen imperecedera de un alcanzable sueño americano, logrando tener una voz acerca de los cambios culturales de la década en relación a la crítica contra el intervencionismo estadounidense en Viet Nam, los acontecimientos de la Guerra Fría o el tema de los derechos civiles de los grupos afroamericanos. Vale la pena revisar filmes como “En el calor de la noche” de Norman Jewison, donde un policía blanco de un sureño pueblo de Mississippi (Rod Steiger) debe vencer sus prejuicios para aceptar la ayuda en la resolución de un crimen de un policía negro que andaba visitando a su madre. O filmes como “El Graduado” de Mike Nichols, que simboliza los cambios de paradigmas culturales, cuando traspasa el frágil límite de la sexualidad de un joven (Dustin Hoffman) que seduce a la Sra. Robinson (Anne Bancroft) y también a su hija Elaine (Katherine Ross), ambas mujeres representando respectivamente el viejo y nuevo orden de una sociedad en profundos procesos de cambio. Ambas películas de 1967. O en “Cowboy de medianoche” del británico John Schlesinger, que esquiva la Nueva York de las postales para sumergirse en una ciudad donde la marginalidad y la soledad son caras de una misma moneda de un raído sueño americano.

En el nuevo cine de Hollywood se enfrentan los paradigmas morales de la guerra y la alcoba, la política y la comedia, que la segunda generación de los setenta supo capitalizar con el renacimiento de un cine de autor y la reacción a un cine de blockbusters, grandilocuente y pesado, caro y predecible.

Steven Spielberg, Martin Scorsese, Brian de Palma y Francis Ford Coppola son algunos de estos nuevos cineastas que tomaron lo mejor de este nuevo cine como soporte expresivo de un mundo que seguía cambiando, para incorporar una condición autoral en cada uno de sus filmes, guiones en tono menor sumergidos en historias aparentemente mínimas y la utilización de trasfondos sicológicos en los personajes, perfiles que permiten construir interesantes fábulas morales, y no exentas de las preocupaciones de los grandes estudios por las producciones bien cuidadas y sobre todo por los réditos de taquilla.

Porque era ese el interés inicial de la Paramount Picture al comprar los derechos de la novela de Mario Puzzo en algo más de 10 mil dólares: hacer una película de gánsteres barata que fuera un éxito de taquilla. Pero desde el mismo momento de la compra de los derechos y en el proceso de búsqueda de un director, el proyecto comienza a convertirse en el filme que conocemos. Primero pensaron en directores como Otto Preminger, Elia Kazan o Arthur Penn, los que al final declinaron la propuesta, luego pensaron en realizadores jóvenes como y el franco-griego Costa-Gavras o Peter Bogdanovich, que filmaba por esos días la extraordinaria “Last Picture Show” (1971), y que rechazó la oferta, por no gustarle los filmes de mafiosos. Cuando se quedaban sin nombre, el estudio pensó que sería buena la alternativa de contar con un director italiano o al menos que tuviera una cierta “sensibilidad italiana” para sumergirse en los recovecos culturales de una familia siciliana como los Corleone. Se les ocurrió conversar con el exitosísimo director italiano Sergio Leone, que había filmado tres westerns que redefinieron el género, con una puesta en escena visualmente hermosa y, pese a la violencia y la fuerza de sus imágenes, dotada de una cadencia reflexiva como no se conocía entonces. Pero las altas exigencias del director romano eran inaceptables para el estudio; Leone quería el control absoluto del diseño de producción, del montaje, la música y la elección los actores; quería a la Paramount alejada de los sets de filmación y libertad para no restringirse a los tiempos habituales de un largometraje estadounidense (“El bueno, el malo y el feo” [1966] duraba casi tres horas, “Érase una vez en el Oeste” [1968] y “Agáchate maldito” [1971] más de dos horas y media cada una). Finalmente, no hubo acuerdo.

Años más tarde Leone haría su propio film de gánsteres, la extraordinaria “Érase una vez en América” (1984) con Robert de Niro y música de Ennio Morricone (con una extensión de cuatro horas)

La elección finalmente recayó Francis Ford Coppola, un joven director que había tenido algún éxito coescribiendo el guion de “Patton” un año antes y filmado dos películas de bajo costo y reconocimiento de la crítica, sus honorarios estaban al alcance del presupuesto y satisfacía las expectativas del estudio. Con un millón de dólares de presupuesto inicial, el director italoamericano terminó filmando por más de seis millones, lo que a ojos actuales sería un presupuesto casi artesanal. La insistencia de Ford Coppola de hacer un film “de época” subió los costos inmediatamente como así también, los días extras de filmación.

Pero lejos de rodar un filme estándar, el director italoamericano realizó una película con similares alcances morales como las que el propio Leone hubiera filmado, la ética de la lealtad y la traición, la historia de la democracia de un país que hubo de construirse desde la ley pero también desde la fuerza, desde la ética pero también desde la trampa, desde la devoción cristiana pero también desde el crimen, temáticas por ejemplo que recoge Martin Scorsese en películas posteriores como  “Pandillas de Nueva York”, “Los Infiltrados”, “Casino”, “Los Buenos Muchachos”, etc., y personajes al límite de sus estructuras morales.

Detrás de “El Padrino”, por cierto hay mucho más que una película de gánsteres, los ejecutivos de la Paramount quizás lo intuyeron (quizás no), pero fue Ford Coppola quien transformó la novela de Mario Puzzo en vez de un blockbuster del cine hollywoodense en una obra maestra del nuevo cine estadounidense, la bisagra entre dos épocas, aquella de los directores que provenientes de la televisión intentaron cambiar el lenguaje y la dimensiones sociales del cine norteamericano, con las miradas refrescantes de una nueva generación en los setenta que irrumpió en las salas como alternativa de autor a temáticas aparentemente revisadas para entregar nuevos elementos a los distintos filmes de género conocidos entonces.

Me parece que a 50 años del estreno de “El Padrino” y para comprender sus verdaderos alcances contextuales, es necesario acercarse al cine de los 60 y 70, descubrir las motivaciones de su generación, las paradojas que se producen con esta camada de artistas como Peter Yates, Robert Altman, Fred Zinnemann, Peter Bogdanovich, Hal Ashby, Martin Ritt, Sidney Lumet, Mike Nichols, Arthur Penn, o Alan Pakula; Martin Scorsese, Brian de Palma, Francis Ford Coppola, Woody Allen, Sam Peckinpah, Richard Brooks, William Friedkin o Michael Cimino, que desde dentro de la propia industria, dentro del sistema, fueron capaces de salirse de la industria y también del sistema para abordar una mirada distante aunque fresca, como toda mirada que pretenda plantear ideas más allá de las evidentes, como eterna reflexión de la búsqueda de la verdad íntima de las cosas.

La república celebra el Día del Completo

Hoy es el Día del Completo… creo que corresponde, como yo lo hago todos los años, celebrar el día con un buen hotdog, perro caliente, vienesa en pan, italiano, salchicha con aderezos… como quieran llamarlo, para homenajear al más noble de los platos de la gastronomía chilena.

Se trata de un sandwich popular y democrático, almuerzo que nos iguala a ricos y a pobres, que nos mancha por igual las camisas y suéteres a gordos y flacos, que nos hace chorrear las salsas y la palta molida, las cebollas y la mayo casera del mismo modo a todos por la palma de la mano, la muñeca y el antebrazo antes de sacar una de esas servilletas brillantes que más que limpiar, lo que hacen es esparcir los restos de completo por la piel que rodea la boca y el mentón.

Los hay sencillos sólo con mayo y salsa verde o aquellos con ínfulas de alta gastronomía que incorporan sabores distintos, verduras frescas, tocino, queso derretido, vienesas finas del sur… mostazas de distinto origen y calibre, chucrut, pepinillos, ketchup y un etcétera tan largo como variedades propone el plato de Chile que se expende en tradicionales restaurantes, como en improvisados puestos callejeros a la módica suma del bolsillo de cada comensal.

En cada ciudad y pueblo hay un Rey del completo, una picada que reconoce la calidad de los suyos, un casino de suboficiales, la hostería de la plaza, la sanguchería del barrio, el local de la cadena del patio de comidas. Cada uno tiene su receta y su historia, el proveedor justo de materias primas, el secreto del pan esponjoso y firme o el de una vienesa con vocación de ser exquisita.

Completos cantados a voz en cuello, servidos discretamente en platos ad hoc, con barandas para que la nave no escore y no caigan al costado los sabrosos materiales que dan tan maravillosa identidad al sandwich.

Para muchos el completo es el recuerdo de una infancia, quizás el primer plato probado en un restorán, la iniciación a ser mayor, administrar la mordida, la apertura de la boca, la adecuada forma de tomarlo con una o dos manos era la fehaciente demostración que ya no éramos niños chicos. Podíamos hacerlo con relativo éxito en un lugar público, no hacer el loco en los estrechos pasillos del Dominó de Agustinas. Muchos hicimos la primera salida con nuestro padre cuando nos llevó por las enredadas galerías del centro para sentarnos en un largo mesón de oficinistas apurados para probar este folclórico emparedado, otros tuvimos una primera aproximación en un cumpleaños infantil, en esos que había gorros y cornetas, sorpresas dentro de un rollo de confort decorado con papeles de colores y flecos, y el centro de la mesa una torta blanca y botellas de bilz y pap como inequívoca señal de una tarde de fiesta.

Las niñitas dejaban sus hotdogs a medio comer, los niños por el contrario, los devorábamos con fruición, y más grandecitos incluso, pedíamos otro, por si la tía, es decir, la mamá del cumpleañero, había calculado cocer más salchichas para los hambrientos comensales amigos de su hijo/a que empezaban a oler mal en los pies y a brotar tímidos pelos sueltos arriba de la boca.

Como fuere, el completo es parte de nuestra segunda infancia, el platillo más rápido y fácil para preparar con los amigos de los últimos años de colegio, para las juntas universitarias, para las campañas que buscan reunir plata para cualquier causa, son baratos, relativamente, por mucho que algunos de sus ingredientes vayan más allá que incluso el ritmo de la inflación. Su ecuación precio/calidad tan en boga en las escuelas de marketing lo consagran como un preferido del pueblo. El beneficio recibido o percibido está muy por encima del valor por el que uno paga, resultado: un cliente-usuario satisfecho, complacido y contento, máxime si el sándwich se consume en buena compañía.

Con los años el completo se posiciona en el ideario nacional, compite querámoslo o no, con la tradicional cazuela, pastel de choclo y empanada, platos asociados más bien al campo y a la vida rural, a las quintas de las afueras de la ciudad; los productos del mar como picorocos, machas a la parmesana o la merluza frita son clásicos del borde costero, en cambio el completo podéis encontrarlo en cualquier lugar del país donde haya una cacerola con agua caliente.

Hoy es el Día del Completo y la república toda celebra.

La conciencia de la clase política

Ronda una idea en la que la clase política casi siempre se empantana. La idea tiene que ver con la creencia -errónea a nuestro juicio- de que la gente cuando vota por un gobierno, incluso más allá del tamaño de sus mayorías, da un cheque en blanco para la ejecución de un programa de gobierno único, monolítico y excluyente, un mandato al gobierno electo para implementar su programa casi a cualquier costo, cuando en realidad son muy pocos los que siquiera leyeron el programa, menos adherir a una ideología o a una línea política exclusiva. Sin embargo, los vencedores se atribuyen el triunfo completo, no sólo el de sus circunstanciales mayorías parlamentarias ni la elección a veces sorpresiva de un presidente, sino -al parecer- también la voluntad del pueblo en pos de los conceptos planteados en campaña.

Con la experiencia adquirida desde hace casi 20 años en relación a una supuesta inestabilidad ideológica de nuestra base ciudadana votante, que veleidosa en sus preferencias electorales, intercambió gobiernos como se cambia de marca de detergente, una vez con Bachelet y otra con Piñera con asombrosa facilidad, o el amplio triunfo en primera vuelta de la derecha más dura mientras que un par de semanas después, ya en segunda, el electorado revierte el resultado hacia una izquierda que se jactaba de ser refundacional, asociada a sectores partidarios de ideas tan trasnochadas como muchos de sus viejos dirigentes políticos, por nombrar dos rápidos ejemplos. Debiera ser hora que nuestra clase política deje de una vez de creer que los triunfos electorales se deben a la preferencia de la ciudadanía por sus programas, como si éstos estuvieran repletos de ideas estanco, como decíamos antes, excluyentes de otras, como soluciones sacrosantas.

Parte de esta lógica explica el fracaso del primer proceso constituyente, por ello la necesidad de incorporar en el balotaje de 2022 la sensibilidad del “socialismo democrático” al gobierno del presidente Boric, con el eventual malestar que eso pudo significar para sus aliados allende la centroizquierda, que ven cómo su programa popular se desvanece ante la realidad de los hechos políticos, pero también, de la evidencia prístina de los propios hechos sociales.

Todo lo anterior hace difícil gobernar, ¿qué en realidad quiere el electorado, qué representan los movimientos sociales, las marchas, qué dicen verdaderamente los cambiantes resultados de las votaciones en nuestro país de un tiempo a esta parte?

Por eso se hacen complejas las definiciones políticas, la dificultad de construir programas de gobierno coherentes ¿cuánto preservar de cada proyecto cuánto ceder? No son pocos los que prefieren atrincherarse en la idea de volver sobre los mismos eslóganes de campaña o aquellos que en cambio insisten negar la sal y el agua a los adversarios o desprecian el diálogo y el acuerdo como mecanismo formidable para abordar las demandas ciudadanas que de tan genuinas y honestas, para los dogmáticos a veces parecen contradictorias.

Las ideas escritas en el programa del conglomerado político que obtiene las circunstanciales mayorías no con necesariamente las deseadas por los electores, muchas veces la gente apenas supo que su candidato proponía tales o cuales materias, porque al revés de lo que la clase política pueda pensar, la ciudadanía finalmente no vota por su gobierno, veta al anterior, lo castiga, lo bota, y lo hace, prefiriendo un gobierno o un candidato del signo opuesto, que al poco tiempo, por cierto aparece también castigado en las encuestas, al darse cuenta sus propios electores que las promesas y los eslóganes no son fáciles de cumplir, y por parte de los que gobiernan (otra cosa es gobernar) el constatar que la política es más compleja de lo que parece, la satisfacción de las demandas no soportan el mero voluntarismo populista y ejercer el poder no es para nada una tarea fácil.

Sin duda, la ciudadanía demanda un buen sistema de pensiones pero sin tocar sus ahorros previsionales, por ejemplo; un país con mayor justicia social, un estado de bienestar que garantice oportunidades para todos pero sin sacrificar las libertades que puede dar el desarrollo y el crecimiento; mejores empleos y salarios pero acceder a mejores y más variados bienes de consumo; una adecuada proyección y profunda protección para las diversas identidades culturales pero no la ficción de la plurinacionalidad; mejores instituciones políticas pero no la eliminación de éstas; una preocupación central en la defensa de los DD.HH. pero enfrentar con decisión la crisis de seguridad y delincuencia que vivimos a diario todos los chilenos.

Mucha de estas aparentes contradicciones salieron a la calle a protestar tras la crisis de octubre del 2019, pero no se trataba de sólo una demanda, no un se trataba de un Chile unívoco, sino de una variedad de demandas propias de un país modernizado a una velocidad distinta que la del progreso de su propia educación, pero una vez más, parte importante de la clase política, sobre todo aquella que denostaba la vieja práctica de los últimos 30 años, cayó en las mismas paradojas que tanto criticaban, alejándose de las inquietudes sociales más diversas para construir una solucionática ensimismada y arrogante.

En fin, estamos ad portas de un nuevo proceso constituyente, muy legítimo aunque a algunos no les guste, que debe poner por delante el diálogo y no la imposición, el Chile de todos y no el de algunos, el respeto por el adversario y la fraternidad como llave maestra en la construcción de soluciones duraderas, la profundización de nuestra democracia con mayores estadios de participación y, sobre todo, una clase política consciente de su desafío. No hacerlo ahora sería un desastre, por eso es que urge que nuestra clase política, los sectores que gobiernan y los que son oposición, los ciudadanos de a pie que sólo opinamos, pensemos sólo en el futuro y no en las pequeñas ganancias de unos pocos, porque si Chile puede ser un mejor país deberá empezar a hacerlo desde ahora, para que las futuras generaciones puedan aprender de nuestros errores y pavimentar un nuevo trato ciudadano, inclusivo y solidario.

Pascua, conciencia, pescados y mariscos

Más allá de la fe, a los homos sapiens como uno, con nuestra capacidad intelectual y nuestra conciencia desarrollada durante millones de años, nos resulta complicado comprender eso de que por la muerte de Jesucristo fuimos liberados del pecado original, que a Él lo habría enviado su padre para salvar a la humanidad. Y no me refiero estrictamente a una compleja explicación científica sino sólo a una sencilla explicación teológica, tal vez sí desde un punto de vista meramente simbólico, es decir, como una metáfora religiosa que supone un proceso iniciático del hombre en su progreso moral evolutivo. Sin embargo, el sentido está bastante lejos de esa interpretación secular tan personal.

Cuesta entender también que cada niño que nace, al menos en estas comarcas de Occidente, nazcan con el pecado original, que inocentes criaturas vengan al mundo cargando la culpa del pecado de sus padres, antecesores, qué se yo, de la humanidad misma; y que ese pecado hoy desaparezca por arte de magia en la concreción de un rito sacramental.

Pero volvamos al pecado original. Desde la antigüedad, es decir antes de la caída del Imperio Romano, se estructuró, como todos saben, el canon del cristianismo, y entre ellos, la necesidad de conmemorar la Semana Santa. En esta semana se concentra lo sustancial de la fe, los elementos que dan forma a una creencia que por 17 siglos ha instalado en el mundo (occidental al menos) una matriz de pensamiento fundada en una Verdad única respecto de los temas esenciales de la filosofía, es decir en la respuesta ontológica de quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Respuestas todas que se simplifican muy bien con una palabra que lo abarca todo que todas la mencionan y que con seguridad cada uno entiende distintos significados, pero para la Iglesia eso da lo mismo, la dispersión de significados del concepto, incluso sirve para los intereses de la institución que mete a todos como en una bolsa de cachureos los distintos tipos de fe y creencias que habitan en las conciencias adoctrinadas de los creyentes. Esa es la palabra Dios.

La historia señala que fue a principios del siglo III cuando más bien por una conveniencia política, el emperador Constantino en el edicto de Milán, consagra en Roma una especie de libertad de culto, que en términos prácticos autorizaba la profesión del cristianismo en todos los rincones del Imperio. Ello, ciertamente no fue consecuencia de un cambio voluntario de sus propias creencias, ya que entonces el mandatario romano, como parte importante del Imperio, profesaba el culto al dios Sol Invictus, pero veía con buenos ojos adoptar oficialmente el cristianismo como eficaz medida populista. Pero el cristianismo en boga en esos años que la era de la Antigüedad daba sus últimos, no era el cristianismo que hoy conocemos, mucho menos el catolicismo actual. Muchos cristianismos se practicaban entonces en los vastos territorios de Roma, la mayoría mezclando rituales y creencias con las propias de sus tierras o con las que habían escuchado eran las originales desperdigadas por los apóstoles desde el siglo primero. Era necesario, ya que el cristianismo emergió como el paradigma teologal del Imperio, ser capaces de normar la nueva religión, que tanto convenía políticamente al emperador, que terminó en su lecho de muerte convirtiéndose, al parecer sinceramente, a la nueva fe.

Es así como en el año 325 se reunieron todos los obispos del Imperio en Nicea para configurar esta nueva religión: la Católica Romana, como religión oficial del estado, pero al mismo tiempo, lo suficientemente amplia como para que cupieran en ella también antiguas tradiciones y creencias profanas, zoroástricas, orientales, celtas y por cierto judaicas existentes entonces como una especie temprana de sincretismo.

La necesidad de poner orden en el caos significó que hubo que ponerse de acuerdo en muchísimas cosas, tanto en temas teológicos doctrinarios como en temas meramente ritualísticos, como también posteriormente en escoger con mucho cuidado qué textos en vez de otros convenía promover para que fueran útiles al nuevo dogma. Elegir bien los libros del evangelio; la definición de la Santísima Trinidad, por ejemplo, uno de los temas más controversiales en la normalización del culto católico, tanto que hubo obispos que se retiraron del Concilio al ver como se imponían cuestiones alejadas de algunas interpretaciones protocristianas, según ellos más auténticas en relación con las enseñanzas de Cristo. De ahí surgen las diferencias entre las distintas iglesias orientales hasta el día de hoy.

La condición de Jesús como hijo de Dios y a la vez Espíritu Santo, su propia resurrección, la veracidad de los milagros; las creencias respecto de la muerte y vida eterna, la condición de los santos; la virginidad de María, los libros neotestamentarios canónicos y apócrifos, etcétera, fueron todos algunos de los temas más controversiales que terminaron imponiéndose con la fuerza del Imperio y la promesa de una vida eterna mejor que la tenían entonces los millones de habitantes del pequeño mundo de la alta Edad Media. El catolicismo se propagó sobre todo por Europa, los bárbaros que invadieron Roma adoptaron las creencias del pueblo romano, los visigodos de Toledo, los irreductibles galos de la mano de merovingios y carolingios; los pueblos francos y germánicos allende los Alpes, todos, cual más cual menos hicieron suya con el correspondiente manual de estilo la nueva religión oficial de la mano del rey de turno velando por el poder en la tierra y el del Papa por el poder celeste. Mezclaron sus propias creencias con las cristianas que venían pavimentadas con una serie de elementos de los antiguos paganismos: el mesías nacido de una virgen; las fechas agrícolas de las cosechas y los solsticios, asociados a la vida cristiana; el diluvio que purifica el mundo de los pecadores; la numerología lunar como se ve en las primeras sagas medievales que mezclan lo humano y lo divino en una vaivén propio de las leyendas artúricas, la mitología celta, los dramas wagnerianos o las historias de Narnia e incluso en las entretenidas novelas de Harry Potter.

La tradición dice que Jesús, entró a Jerusalén el mismo día que en hoy celebramos el domingo de Ramos, justo en fechas del Pésaj (la pascua judía), en que el pueblo judío recuerda su liberación de la esclavitud en Egipto. Era la misma semana que junto con el ingreso de Jesús en la ciudad, se conmemora su Última Cena (con la celebración simbólica de la misa), la noche del jueves santo; su detención por parte de la policía del Sanedrín; el juicio de Pilatos, la comparecencia ante Herodes y la complicidad de el propio pueblo judío; el camino del su propio vía crucis humano y existencial; la crucifixión, y por cierto, sobre todo, la resurrección, como ideal fundacional para toda persona que viva los preceptos de la fe nicena, como piedra angular del catolicismo.

Más allá que la historicidad de estos acontecimientos esté en duda, por decir lo menos, los confusos relatos existentes coinciden en que los hechos habrían ocurrido sobre los festejos del Pésaj, coincidentemente; recordándoles que la sagrada Familia del Mesías, los apóstoles, Magdalena, y la mayoría de los personajes que aparecen narrados en los libros neotestamentarios, vivían precisamente los preceptos del judaísmo antiguo. Ninguno de ellos, valga precisar, habría sido cristiano. La superposición de ambas pascuas, la judía y la nicena, ameritaba intervenir el calendario de efemérides para que la celebración de la Semana Santa cristiana fuera en una fecha distinta a la de la pascua judía, así, esta conmemoración podía tener una identidad propia, tan necesaria si se trataba precisamente de instalar una religión nueva, distinguible para los fieles de otras creencias en boga que por muy parecidas que fueran, eran distintas.

El domingo siguiente después de la primera luna llena sería el día de la resurrección y contando para atrás, la cuaresma, cuarenta días y cuarenta noches, como los días del diluvio bíblico precristiano, los días que Moisés estuvo en Sinaí, los años de travesía de los judíos por el desierto, la cantidad de azotes que obligaba la ley darle a un criminal, etcétera; sábado santo, viernes de la pasión, la cuaresma de abstinencia y ayuno, el miércoles de ceniza, el carnaval. Todos instaurados por decreto por una mayoría de obispos en el templo de la santa Sabiduría en Nicea, actual Iznik, cerca de Constantinopla.

Por cierto, mucho de lo que ya se hacía en el Pésaj antiguo quedó indexado en la nueva religión, al menos así quedaba establecido en el encuentro niceno. “Pascua” significa “paso”, el paso de un estado a otro; en ese paso que judíos y cristianos celebraban cosas distintas, aluden del mismo modo, en forma idéntica, a la abstinencia y al ayuno, por lo que había que buscar nueva fecha aunque quedaran indeleblemente algunos rasgos de la pascua como por ejemplo dejar de comer algunos alimentos. Lo del pescado, surge erróneamente de un supuesto consejo que hiciera Jesús a uno de sus apóstoles respecto a lo que podían comer en la pascua judía, y que ante la falta de otra comida que fuera carne, díjole al apóstol que “ahí está el lago y abundan los peces”.

Tradición que más allá de sus simbolismos de ayuno y abstinencia resultan inútiles hoy cuando al ver que el kilo de reineta, de camarones y productos del mar son más caros que el pollo y el huachalomo. El absurdo además hace que la gente, si verdaderamente sigue el simbolismo católico, se vuelque a las caletas y a los terminales pesqueros para pagar cualquier precio por productos que si bien son caros todo el año lo son más en estas épocas de inflación. Por lo demás la verdadera abstinencia como correctamente dicta la norma canónica establecida en Nicea, podría ser alimentarse perfectamente un sabroso y modesto arroz con huevo o un discreto plato de tallarines con mantequilla, como demostración infalible y coherente de la fe arraigada en el espíritu popular más profundo. Pero eso a nadie importa, sólo a los fiscalizadores de salud y a los del ministerio de transporte que esperan estas fechas para hacer puntos de prensa en ferias y terminales de buses, para decirnos una vez más lo que todos sabemos de los pescados frescos y de los buses pirata.

Como todo ritual, hay que darle sentido y razón, escudriñar en la historia antigua los significados más profundos para pavimentar una ideología de fe con claros propósitos políticos, propósitos que de a poco la Iglesia universal los ha ido remplazando por su propio ensimismamiento doctrinario, donde van precisamente perdiendo sentido los rituales que al menos quisieron representar una serie de valores relacionados con el descubrir (se) frente a un mundo nuevo donde el perdón, la misericordia, la bondad y el amor son virtudes necesarias para amalgamar una sociedad en la que reinaba la violencia y la guerra, el egoísmo y la incomprensión, el abuso y la miseria, porque claramente esa gente, la que cree, a la que el estado le puso días para conmemorar su propia fe, mayoritariamente hoy está más preocupada de los huevitos de chocolates, la compra de mariscos y de aprovechar el fin de semana largo para arrancarse a​ ​la playa. No critico que lo hagan, sólo subrayo el doble estándar de una sociedad que por un lado dice proteger el dogma cristiano y por otro su vida de ritualidad licenciosa.

¿Por qué no damos en forma definitiva el espacio que le corresponde a la religión en los asuntos de un país, es decir que esta sea producto del ejercicio individual de sus adeptos y la sacamos de los hitos públicos? ¿Trasparentemos los feriados?

Mantengámoslos en pos del descanso y la promoción de la industria del turismo, pero desprovistos de una connotación religiosa, que ni los propios religiosos respetan.

Sabemos que la religión pierde cada día millones de adeptos, sobre todo en los países más cultos y desarrollados, es cuestión de ver las propias cifras de la Iglesia, en los países más avanzados la fe pierde terreno a pasos agigantados. ¿Dónde crece? En los países más pobres, en aquellos la promesa de​​​​ la vida eterna o de un Dios padre bueno que nos protege es un bálsamo para quien en vida tienen poco o no tienen nada, un placebo para tanto s que sufren en la América Latina profunda o en África. Pero está claro que las nuevas generaciones, no sólo se alejan de la Iglesia sino también lo hacen del significado profano que supone la misma tradición ritualista. Ya es inútil la formación doctrinaria, no permean las creencias que por siglos se les inculcó a los niños, que dócilmente tenían que creer los mitos cristianos que les enseñaron sus padres desde la cuna y luego la escuela e inc​l​uso el estado que insiste en tener en el currículum de las escuelas clases de religión a cargo, como no, de teólogos y profesiones de religión militantes.

Pese a ello se impone una tradición laica en nuestra sociedad en buena hora, en forma lenta pero decisiva, nuevas generaciones de jóvenes librepensadores comienzan a ocupar los espacios de la vida pública, personas que no necesitan ni la creencia en un Dios para hacer el bien o para  distinguir lo correcto de lo incorrecto, menos necesitan el garrote del Infierno como advertencia de una mala acción ni la promesa de la vida eterna como premio para un actuar ético. Los valores humanistas de la solidaridad, el respeto y la caridad, o la construcción de una sociedad más justa, libre y fraterna no pasan por la norma de ningún concilio, ni el rayado de cancha de ninguna Iglesia ni menos por el designio de un Dios que no da cuenta ni de dónde venimos ni quienes somos ni menos a dónde vamos, entonces podremos celebrar a la gente en su esfuerzo diario por vivir y ser mejor, en vez de golpearnos el pecho frente al ícono de un hombre crucificado, celebrar a quienes aman, tengan las creencias que tengan, porque entiendo que si hubo un profeta en las antiguas tierras de Judea, él nos pedía amarnos los unos a los otros y no mucho más, una idea que entonces pudo ser original, pero que hoy es un mandato universal para los pueblos, por el uso de la razón, para las personas de buena voluntad que saben que el mundo se nos abre desde la conciencia, de la libertad y desde las verdades que cada uno ha podido conquistar.

Delicadas transformaciones

Si digo que no me gusta la música de Marcianeke me acusan de sectario e intolerante; si me gusta Beethoven, soy burgués; si me gusta el jazz soy bicho raro; si viajo a Miami para ver un concierto de Van Morrison, “pucha que le ha ido bien”; si en cambio, aún tengo mi viejo Honda, “pucha que es pobre”.

Mis amigos de cierta izquierda ahora me dicen que me puse “facho” porque creo que el gobierno lo ha hecho mal y por estar convencido que es necesario un mea culpa más explícito de parte de Boric por el tema de la seguridad y el cambio de tono en relación a Carabineros, entre otras tantas volteretas de quienes dijeron que los 30 años de la Concertación fueron nefastos; mis amigos de derecha me dicen “marxista” porque tengo la convicción que son necesarias reformas importantes en nuestra nueva Constitución para hacer un país más justo y equitativo. Me acusan de bolchevique por pensar que hay cambios urgentes que realizar, o de reformista, por creer que los cambios se hacen en democracia y con diálogo.

Los católicos me dicen «comecura» porque pienso, por ejemplo, que la Iglesia y la fe no tienen nada que hacer en los temas del estado, que las clases de religión deberían no estar permitidas en la educación pública y que las legítimas opciones religiosas se circunscriban a la familia y al culto privado; mis amigos más ateos en cambio me dicen que yo en el fondo sigo siendo un “beato”, porque me gusta la Católica o que dada mi formación en colegio de curas, cuando viajo, me gusta visitar iglesias, conocer la belleza de la tradición ritual «cristiana» o disfrutar de la Navidad con mis hijos (como si la Navidad que celebramos fuera verdaderamente una fiesta cristiana).

Mis amigos políticos me acusan de iconoclasta y utópico porque no comulgo ni con las atrocidades de los regímenes comunistas como tampoco lo hago con las propias de los imperialismos occidentales… los historiadores más desprevenidos se escandalizan por ejemplo que uno tenga una mirada matizada de la Guerra Civil española, donde parte de los republicanos y los franquistas, en el mismo período de confrontación, usaron similares técnicas de destrucción humana, o que la violencia en Chile es producto al mismo tiempo de la falta de oportunidades de la población más vulnerable, como sobre todo, de la delincuencia y el narcotráfico puro y duro, permeado en los liceos, poblaciones, estadios e incluso en las bases de algunos partidos transformándolos en tontos útiles de los variopintos ideologismos existentes que miran con un torpe romanticismo a aquellos de las “primera línea”.

Me critican por ser muy racional sólo por creer que en el imperio de la razón está la convivencia humana y su progreso, o muy sensiblero cuando me emociono con el verdadero arte, el cine, la música o la poesía. Por eso casi ya no se puede hablar de nada.

Te apuntan con el dedo los atrincherados, los fanáticos incapaces de ver la viga en el ojo propio, incapaces de denunciar con la misma vehemencia lo que ocurre en su propio sector como lo hace habitualmente con sus adversarios. A ellos les resulta cómodo apearse a su metro cuadrado, ser fieles a sus creencias, a su líder o a sus dioses. En cambio si uno no es así, pareciera que termina por quedarse solo, no se logran votos para estar en ninguna parte, no te ofrecen cargos, no te buscan para nada, cruzan la calle para no salir en la foto contigo, a veces hasta se pierden amigos. Por eso me gusta tanto Brassens y tantos otros, que aunque se transformen en parias, son valientes porque juraron lealtad a su independencia.

«No, a la gente no le gusta, no

que uno tenga su propia fe,

todos te miran mal,

menos los ciegos, es natural.»

Sin embargo muchos no entienden que la vida y la existencia no es el devenir de los blancos y los negros sino de las delicadas transformaciones de infinitas gamas de grises, el paulatino retorno del otoño, por ejemplo, el cambio de color de las flores en primavera, las sutiles y explosivas apariciones de las estrellas en el firmamento; no entienden que la “verdad” es apenas la forma de avanzar, no un trofeo de mármol al final del camino, sino acaso sólo el camino; quizás no entienden que la vida es más compleja que un concepto en el diccionario o un manifiesto edulcorado, y que para vivirla, requiere espíritus libres, sacudidos de dogmas, de verdades reveladas, de respuestas sacrosantas, de modelos probados, de mentiras impresas en supuestos libros sagrados.

Que lo fundamental en la construcción de un mundo mejor pasa por la felicidad propia, sin duda, por la propia libertad de conciencia, la valentía por desacomodar-se permanentemente, pero al mismo tiempo, indefectiblemente, pasa por la felicidad de los demás, donde cada uno es una identidad válida que necesita al prójimo como a sí mismo, y que sólo juntos podremos establecer un nuevo orden de cosas, con respeto y tolerancia, con generosidad y paz.

Ego Ruderico

“Ego Ruderico”, así firmaba el Cid Campeador, Rodrigo Díaz de Vivar, el legendario prócer castellano cuyo señorío en el Levante no admitió otro rey o emir que su propia conciencia y del que se escribió un cantar de gesta que aún sobrevive entre las historias caballerescas hispánicas. Rodrigo (Hroþareiks) fue también el último rey visigodo, cuyo reino heredero de las invasiones góticas y aprisionado por las fuerzas merovingias se instaló en Toledo con el oropel de su arte románico. Dos rodrigos digno de un gran nombre.

Es curioso esto de los nombres, no sé si uno al final es verdaderamente indisoluble de su propio nombre, o si éste genera realidad a propósito de ese aforismo que dice que las palabras tienen un poder tan grande que son las verdaderas creadoras de lo existente: “No existe nada que no tenga nombre” o “Las cosas existen porque son nombradas”. ¿Si yo fuera Teodoro sería el mismo que soy? ¿Si en vez de Rodrigo fuera Arturo sería otro? Estas son preguntas de imposible respuesta porque ya soy el que soy (me salió bíblico sin esfuerzo).

Pero lo absurdo, aunque reconozco que es un “absurdo” en retirada, es ese afán de saludar para los santos, como si hubiera un vínculo real entre la fecha que la Iglesia decidió “entregar” a uno de los miles de santos de la galería católica como fecha arbitraria en el calendario, y uno mismo como persona, persona generalmente no nacida el día que la burocracia vaticana decidió nombrar con ese santo.

Por ejemplo, y sobran, mis padres jamás pensaron ponerme Fermín, porque probablemente ni siquiera sabían que el 7 de julio se celebraba ese santo. Lo que sí se conoce de ese día, pero no muchos más, son las corridas de los navarros delante de los toros soltados en las pequeñas callejuelas del centro histórico de Pamplona, desde el día que las efemérides de los informativos de televisión decidieron poner infaliblemente estas adrenalínicas imágenes cada séptimo de día de julio. Por supuesto, menos sabían de caballeros y visigodos.

Ni soy Fermín ni nací el 13 de marzo, fecha que la Iglesia decidió conmemorar no a Rodrigo Díaz de Vivar ni al rey visigodo Roderico, que muy santos no deben haber sido, sino que al apóstol mozárabe Rodrigo, un mártir de Córdoba degollado y arrojado al río Guadalquivir tras haber sido denunciado como apóstata por sus dos hermanos musulmanes. No es fácil imaginar lo terrible que debe haber sido ser un paria religioso en una tierra dominada por una fe distinta, por un gobernante como el Califa de Córdoba, y ser condenado a muerte para que tus restos arrojados al río, sean devorados por las ratas y los cuervos que se descansan ahí en las ramas y arbustos cercanos al viejo puente romano, junto a la Mezquita.

Ese 13 de marzo de 875 fue martirizado aquel Rodrigo -santo- que nadie conoce, un hombre que probablemente heredaba el nombre del antiguo Rey Visigodo, nombre germánico traído por las invasores bárbaros de las tribus godas que presionadas por los vikingos, descendieron por los ríos Danubio y Don hasta el Mar Negro y luego, huyendo de los mongoles, atravesaron los Cárpatos y los Alpes para asentarse en Italia y sur de Francia y finalmente en España antes de ser absorbidos por el Emirato Omeya.

Pero nada de eso tiene que ver conmigo.

Nací Rodrigo un 7 de julio en una pequeña clínica de Providencia, donde me inscribieron. El nombre le gustaba a mi madre y no tanto a mi padre que me hubiera preferido “Carlos”, como él, bueno claro cómo él pero también como Carlos Martel, padre de Carlomagno, y como una serie de reyes y emperadores Carlos, como el gran Carlos V, que tampoco tenían nada que ver con él. Pero esos eran los nombres que estuvieran o no en el famoso santoral, eran, son y seguirán siendo los nombres que la gente le pone a sus hijos, indiferentes de la historia y de los significados, suenan bien y pegan con el apellido.

“Ego Ruderico” firmaba El Cid, quizás consciente de su herencia onomástica, pero quizás también indiferente de estas cuestiones que hoy a casi nadie preocupan, porque sinceramente ya casi ni siquiera se celebran a las cármenes como antaño ni a los juanes, sino el día del cumpleaños, como debe ser, el día que nacimos, el que “vimos” la luz, el día en el que empiezan y terminan los ciclos anuales alrededor del sol, el día que certifica la experiencia vital de las cuatro estaciones, el día que podemos empezar a forjar nuestra vida de hombres, héroes o villanos guiados más por nuestras conciencias que por el peso específico de un santo cristiano.

Quizás por eso, ese Díaz de Vivar es único, es el “Ego Ruderico” consciente de su autónoma individualidad. Quizás eso es.