Las coronas de flores de las escuelas matrices

De un tiempo a esta parte las FF.AA. y de Orden de nuestro país se han constituido, casi de hecho, en una especie de Estado dentro del Estado: su construcción histórica en los últimos años dan cuenta de que fueran como un país autónomo, más allá de los meros gestos simbólicos.

Tienen un presupuesto propio producto de las ventas del cobre, que manejan a sus anchas, que no depende de la aprobación del Congreso y cuya rendición es, a la vista, insuficiente ante la ciudadanía; en la práctica, ellos lo administran, y no la autoridad de Gobierno, ellos definen la prioridad en los gastos, sólo ellos si es en armamento de guerra, buques, tanques o viajes al Caribe de las señoras de los generales.

Tienen poblaciones enrejadas para su gente, pórticos debidamente resguardados por su propia policía, recintos de acceso limitado al resto de los chilenos; un sistema de previsión distinta, mejor que las del resto de sus conciudadanos, que permite que con apenas 20 años de servicio un ex uniformado pueda gozar de una estupenda jubilación en un grado superior al que tenía al retiro y todavía con el tiempo y energías necesarias para seguir trabajando; un sistema judicial exclusivo no sólo para “crímenes de guerra” como podría suponerse sino también en la práctica para delitos comunes, jueces uniformados y cárceles con todas las comodidades de una buena cabaña en la playa; sus propios colegios, y hasta un sistema educacional que forma a sus propios profesionales conforme a los intereses institucionales.

Poseen una estructura religiosa única, diría mejor, una especie de “iglesia militar”, capellanes, obispos y parroquias que no tiene ni debe tener ningún otro organismo público, y además, con escala de sueldos de la administración pública en un estado aconfesional. Cuentan con estupendos y modernos hospitales para ellos y sus familiares y un sistema de salud privilegiado que pagamos el resto de los chilenos; clubes deportivos subvencionados donde se celebran las bodas de sus hijas y los cumpleaños de sus niños a precios que cualquier otro ciudadano envidiaría. Como si fuera poco todo lo anterior, tienen un rasgo cultural aparte: la llamada “familia militar”, que se encarga de reproducir una cierta identidad que la mayoría de las veces asume hitos históricos, tradiciones y héroes propios, distintos y distantes de la cultura nacional, por cierto menos amplia, menos inclusiva y menos tolerante, todo como si la cuestión militar fuera la cota de caza de unos pocos, heredera de su sola tradición y autónoma del poder político que es, en realidad, para el cual debería estar subordinada.

En parte, los escándalos conocidos estos últimos años, tras la desaparición de la dictadura, y quizás como herencia del poder absoluto que las FF.AA. ejercieron durante esos 17 años, con una institucionalidad legal acomodada a sus intereses bien entrados los 90, como entre otros, los casos de Fragatas en la Armada, los muebles de ratán en la Fuerza Aérea, los Paco Gate en Carabineros o los casos actuales a propósito de los gastos reservados de las comandancias en Jefe del Ejército, son el botón de muestra de lo anteriormente señalado.

Va a ser difícil que se pueda construir una ética de las FF.AA. y de Orden como una institución republicana transversal, inserta en el quehacer nacional y subordinada efectivamente al poder  civil, político y democrático, si se persiste en mantener estos espacios de poder y cuotas de administración que no le pueden ser propias.

Para revertir esta situación, no sólo es necesario que se haga justicia en los casos de corrupción que han conmocionado a la opinión pública, sino que entendamos de una vez por todas, tanto los políticos como los militares, que ellos no son ni deben ser tributarios de un régimen alguno ni menos de un caudillo, no defensores de una época ni de un modelo de sociedad autoimpuesto, que su función pública es aquella que sanciona la Constitución y que es subordinada a las fuerzas políticas en cuya representatividad recae la soberanía nacional, soberanía que no consiste sólo en un pedazo de tierra en el Altiplano o en los Campos de Hielo, sino sobre todo, en las conciencias de los ciudadanos chilenos, en tanto eligen a sus autoridades y a sus representantes legislativos.

Hay que entender que la época de los privilegios se acabó y que hay que empezar a pensar en el bienestar de los chilenos, especialmente en aquellos que más sufren, muchos de los cuales incluso, aún esperan información del destino de los cuerpos de sus seres queridos, y no pensar solo en las charreteras doradas de sus comandantes ni en las frías estatuas de las escuelas matrices adornadas de coronas de flores hediondas, marchitas y olvidadas.

La vida en movimiento (7 de Julio)

Las fechas de aniversario no tienen sino un valor simbólico; sirven para rememorar los hitos que han dado sentido a la vida. No sé, los eventos cruciales que han determinado una forma de ser que explican un derrotero.

Por ejemplo: los inviernos de La Reina, sus lluvias torrenciales que descendían de la fría cordillera; las utopías de Montenegro 661 con el cúmulo de contradicciones adolescentes forjando relaciones duraderas; en Bustamante 180 en busca de un destino permanente y la conquista de mi libertad de pensamiento; más tarde, la imagen imperecedera de un monte sagrado, el Manquehue; observando cada tarde, con su corona de nubes, las luminosas hojas de los liquidámbares en flor, los rojizos brillos de sus sedas, acariciando los terciopelos de su piel tibia; y luego, con ella, la rebelión de las ideas en Vasconia y Los Pirineos, el despertar del mundo mágico: las películas de Scola y Risi, de Bergman y Tarkowsky en el Normandie, de Einsenstein y Lang en voz de la Vera Carneiro; las cervezas del Jaque Mate y el Castillo, las de queso de la Fuente Suiza. Conocimos a Pharoah Sanders en el Baquedano tocando la música de Coltrane, la definitiva consagración de la primavera viajando de mar a cordillera, y luego las azulosas olas del océano golpeando la costa en Punta de Tralca, Isla Negra o Concón, trayendo a los niños uno por uno para convertirlos en adultos, sin darnos cuenta. Guitarras, vinilos dando vueltas, 32 fotogramas al ritmo de una máquina; Kant y el ornitorrinco, las pañoletas azules y grises, los bosques del sur, las arenas del norte, como un paisaje de novela y poesía de potente lirismo.

Un sueño por la televisión de todos, una amistad forjada en los grines del Grange; recorrer una, dos, tres vueltas la geografía apabullada para perderle el miedo a los canallas; salir de la noche para enfilar los pasos definitivos al Oriente aprendidos de mis maestros más viejos.

Y de vuelta, de nuevo la vida con la que amanece cada día, como un chispazo fugaz de rostros, paisajes y relaciones, de besos, brindis, amistades y amores profundos, de una vida conectada con la Historia, la gran Historia entrelazada con las pequeñas historias, íntimas y personales. Melodías y palabras furtivas, aromas de cerezas y madera húmeda, de fogatas infinitas y estrellas.

Con el día se nos esfuman las frágiles fotografías de la memoria, dejando tras de sí, la acumulación virtuosa de la experiencia, la exaltación de la propia vida en movimiento

Eclipse

Por minutos, la luz se convertirá en sombra; la gente mirará al cielo para disfrutar de un evento único, que nos propone una vez más, asumir nuestra fragilidad como especie y como planeta. Nadie creerá que los dioses se han ensañado con el hombre ni los druidas reclamarán sus embrujos ni los magos sus pociones mágicas para comprender el “anormal” fenómeno. La ciencia habrá triunfado, el espectáculo nos entregará información y evidencia; el universo se mostrará en plenitud con sus mecanismos físicos formidables. El hombre disfrutará de sus certezas, recalculará las medidas de las escenas naturales. No habrá Providencia, no habrá subterfugios, no habrá supercherías, la única magia será el ritmo de los astros que, guiados por las leyes de la naturaleza, se desplegarán a sus anchas para sorprendernos con la belleza de contrastar nuestra futilidad frente a la curvatura del cielo infinito.

Gabriel Mistral

Me parece tan provinciana la polémica que ha suscitado la fidelidad en el personaje de la estatua de cera de Gabriela Mistral. Se trata de una representación que en absoluto afecta la importancia de la obra ni el legado de la poetisa, que es lo que de verdad debería preocuparnos. Ni las tablas superpuestas en la escultura de Iván Donoso en La Serena ni la escultura de Francisco Gacitúa ubicada en Vitacura con Américo Vespucio son la misma Mistral, son apenas impresiones de ella, como lo es el Gernika de Picasso o los cuadros del expresionismo de Munch o la Última Cena de Dalí.

No hay que preocuparse de sus imágenes, sino más bien de la verdadera Mistral, aquella que expresa su obra en versos dolientes, en la melancólica descripción de sus paisajes, que habla de la fuerza de sus versos, la denuncia y lirismo de sus palabras mágicas, de un territorio, de una fe y de una vocación de mujer.

Bitácora de un alcalde candidato, transformismo de un partido perdedor

El año 88 la UDI de Guzmán, la derecha fundacional del régimen, apostó perpetuar el gobierno del Capitán General (estaban claritos). A pesar de su pegajoso jingle de “si, si, si, un país ganador” la UDI -junto a su general- perdió. Un año después, la UDI eligió de candidato a un chascón bueno para subir cerros y ex ministro de Pinochet; claro, no contaban con sus contradicciones vitales que lo hicieron ser candidato y dejar de serlo para volver a serlo. Por supuesto ante tal convicción, nuevamente la UDI perdió.

El 93, en la interna de la derecha Jovino Novoa no logró prender, por lo que la candidatura transversal de otro independiente movilizó a las huestes del gremialismo. Esta vez, eso sí apoyado por un apellido y una historia. Pese a ello, Alessandri Besa no calentó nunca a nadie. La UDI volvió a perder y perdió feo. Ya finalizando el siglo, vistieron a su único militante candidato gallo de pelea de poblador, de aymará, de obrero, de vecino de sonrisa amplia y falsa, de profesor, de economista de las cosas simples, de alcalde y de feriante; anunció a todos los vientos y por todos los medios que quería el “cambio” para que –en realidad- todo siguiera igual. Perdió. Por poco, pero perdió.

El propio Lavín quiso repetir la candidatura el 2005, pero su compadre Piñera lo derrotó en la primera vuelta, tomándose revancha de cuando Lavín lo sacó de la candidatura al senado por Valparaíso. Una vez más, la UDI perdió. El 2009 el partido tuvo que apoyar a Piñera, porque de otra manera no había por dónde ser parte de un gobierno. Y con Sebastián fueron gobierno con sabores amargos y desfiles de flagelantes y complacientes donde no fueron ni tan doctrinarios ni tan pragmáticos. La UDI se molestaba con la irrupción de una derecha nueva, renovada y republicana, y como si fuera poco, cerrando en sus faldas el penal Cordillera. La UDI, ahora siendo gobierno, vuelve a perder.

Luego eligieron a un tipo simpático, sencillo, exitoso, escalador de la meritocracia del retail, nada más lejos del modelo guzmaniano: lector de manuales de marketing en vez de textos sagrados, agnóstico, clase media, light… tan light que terminó desvaneciéndose en el aire. De urgencia pusieron a Longueira, quien por el contrario, hablaba a diario con el espíritu de Jaime, como Maduro con el Comandante Chávez y el pajarito; el político severo y de ceño fruncido, arrogante como la derecha histórica y el peor evaluado de las encuestas. Ahí quedó, sumergido en una depresión sicológica y política. En la neurótica seguidilla de los actos de campaña, pusieron a la Matthei, otrora integrante de una patrulla juvenil apenas sobreviviente de las viejas esperanzas del partido. Y así le fue: mal. La UDI volvió a perder.

Y tras la Bachelet 2, de nuevo Piñera con su discurso popular y populista de más crecimiento y empleos, no más parientes en el aparato público y dura lucha contra la delincuencia, aparece con fuerza en las encuestas. La UDI desaforada se sube al carro para no quedarse sin pan ni pedazo; no le queda otra sino tolerar a un esquivo Piñera para ser gobierno, en vez de mantenerse a sus principios sumándose al proyecto de Kast el mayor.

¿Representará Kast –el mayor- efectivamente ese extraviado espíritu de la UDI verdadera, si es que es cierto que hay una UDI verdadera? Al menos, por lo que se concluye de las columnas semanales del numerario Gonzalo Rojas en El Mercurio, así parece ser.

¿O una vez más, esa UDI, la de Kast y la otra, la del gobierno, terminarán siendo pragmáticos pavimentando el camino para un nuevo Lavín? Un Lavín que hace rato dejó de ser el benjamín del modelo neoliberal ultraconservador ultramontano del Opus y el franquismo, para convertirse en un pastiche bacheletista-aliancista, como él mismo declaró en octubre de 2007 en una muestra palpable del despiste de su sector (o de él), que lo lleva a desfigurar su propio ideario político en un mamarracho que de UDI tiene poco.

El futuro de esa causa política está en juego, dependerá de si efectivamente el partido de Guzmán, ese sector de la Iglesia que los apoya y los empresarios en forma definitiva ayudarán a abrir las puertas del país a las anchas alamedas o se quedarán tratando de aguantar y sostener un mundo ya ido y desaparecido en las fauces atroces del s. XX.

El proyecto fundacional de la derecha guzmaniana de los 70 y 80 choca violentamente con la realidad de la nueva historia que nos toca ser protagonistas, para ellos cualquier opción legítima por ser gobierno pasará necesariamente por reflexionar si es posible seguir llevando en la espalda el paradigma de una derecha decimonónica preconciliar identificada con valores en retirada hace rato.

Por eso podemos pensar entonces que el nuevo proyecto de esa UDI, no será sino que el transformismo político, un camaleonismo tan evidente como la propia metamorfosis del candidato alcalde.

Caradura o polizón

Ganan los mismos de siempre, los frescos, los aprovechadores, los ventajistas, los que no encuentran límites a su ambición; los interesados, los chantas y charlatanes, los care´ raja; los inadaptados de siempre que sin embargo se adaptan de lo más bien; los que no entienden que la ética del bien común se funda con amplitud, en la estatura moral del bien individual y que la sociedad se gesta desde los pequeños detalles, desde los actos honestos aparentemente menores, casi invisibles como las energías portentosas del amor. Por eso estamos como estamos, hay una ambición que nos devora, la pretensión infinita, como el oro del Rin, el anillo de las tinieblas, el grial oscuro del mal. Y ahí estamos, celebrando la pillería, el despropósito, incendiando los templos de Diana, quemando los libros de Orwell, vomitando en los fotogramas de Tarkowsky, volviendo al mundo de Ares para no volver a tejer nunca más los hilos mágicos de una vida pródiga de energías vitales constructoras e imperecederas.

Estamos aquí, sumergidos en una amalgama de estiércol y grasa, de ruido y odio, rodeados de aquellos que exaltan la chispeza, la ofensa, el desparpajo, la trampa, la ventaja sobre los demás; que levantan con algarabía la sociedad de la desigualdad por decreto, dedicación monacal y cierto cinismo, levantando falsos héroes: delincuentes, ladrones estafadores y trúhanes, si no patudos, ignorantes o envalentonados. Creemos que el valiente es el que insulta, el prepotente de armas y puños, el de ideas extraviadas  con alevosía. Celebramos a los energúmenos, a los barrabrava, al inculto, al que cree que la vida es amasar fortuna, el que desprecia la Historia y el arte, el que cree que la vida se nos va ganándole al otro.

Estamos en medio de la necedad y el disparate, no tenemos tiempo para otra cosa, los días se escabullen entre la mentira y la liviandad de lo aparente; el tránsfuga reina, el auto caro, la plata fácil, el dedo en el culo del adversario porque es señal de sincero patriotismo, el himno alargado, la mano en el corazón signo de un chovinismo siempre falaz, esquivo, innecesario; idolatramos al pergenio que hace un gol con la mano, el periodismo vociferante, al académico dedicado más al rodearse de adláteres que lo elijan a cambio de horas de clases, y todo por un puñado de dólares más, como en las películas de leone, aunque sin siquiera respetar los códigos del Lejano Oeste.

Reina el que se arregla con el parquimetrista, el que da propinas miserables, el miserable que entrega limosnas a cambio de privilegios, el privilegiado que abusa, el trabajador que no trabaja, el policía que hace y que no hace, y que en su hacer o no hacer se arrancan los suspiros del último asaltado, mientras sus generales erguidos bajo sus gorras altivas se desangran para aparentar lo que no son.

Enaltecemos al que engaña mintiendo, el que minimiza, el que oculta parte de la verdad de una cosa; el que ha manipulado las cosas vendiendo a su propia madre, como al alcalde que para tener poder es capaz de desdecir su propia ideología, abrazar una distinta o no tener ninguna, a cambio de pobres pero significativos puntos en la próxima encuesta. Ya no sirven las ideas ni las utopías, ahora gloria eterna al Poder por el Poder. Ungimos en su santidad al que ha hecho dinero a costa de los otros como casi todos quienes hacen dinero, aprovechándose de las circunstancias en propio beneficio, recorriendo con sapiencia los intríngulis de palacio y del sistema que se lo permite desde la más tierna cuna; al que se las arregla para no pagar impuestos o pagar menos; el que tiene contratada a la familia para disminuir ingresos, al que birla un cafecito extra en el precio del menú, el que posterga el digno sueldo de un proveedor con un pago de factura retrasado en unas semanas, so objeto de desdeñar los intereses que el capital produce; al que con la plata de todos pavimenta sus propios derroteros, aquellos que sientan hijos en la mesa del poder, instala ministros salidos de su intimidad genealógica, distribuye cargos a los de su clase, su fe o su sangre; al que aprovecha los vericuetos del código penal para exculpar a los culpables de los crímenes, como a su propio hijo que borracho asesinó a un campesino en bicicleta en los caminos del Maule, a los maulosos que driblean con el mazo de cartas adjudicándose los póker o los fules con el mismo descaro que hacen maniobras para destruir el estado de derecho o torcer las voluntades del pueblo a cuatro columnas en papel de diario o con dos regimientos desplegados en el centro.

Descarados, sinvergüenzas, insaciables gorilones de la sociedad, instalados en cada rincón del poder, distribuidos equitativamente en el anonimato de la población, grandes y pequeños estafadores, influyentes personeros públicos y privados, insignificantes vecinos de barrio, todos cortados con la misma tijera, la de la prepotencia desbordante, las cuchillas filosas de la avaricia de la insolencia y la patraña, regada por incultura y la deseducación, la droga y el pillaje, los falsos ídolos y las ideas falsas, la faramalla farandulera, la idiotez de lo inmediato, la estupidez que no tiene nombre, la voracidad del neoliberalismo formando secuaces de un sistema que lo aturde y lo atonta aún más, cada día, a cada rato, sin darse cuenta como zombis de pantallas incandescentes, como muertos vivientes de un mundo que agoniza a causa de ellos.

Seguiremos chatos, mientras existan los piratas, los farsantes y los embusteros, los adalides de lo posmoderno que antes de tiempo quisieron terminar con la Historia de Napoleón y Quevedo, de Platón y el Renacimiento, aquellos que estrujan el sistema en nombre de la democracia, de la república o del estado de derecho, no habiendo en realidad verdadera democracia, ni república ni estado de derecho, ya que las ventajas son patrimonio de pocos, de los mismos mismísimos, de los que aprovechan el sistema de gallos y medianoches, burlándose de Fulano y Mengano. De ahí los militares corruptos, por ambición: la joya de la señora, la perla en la solapa, las cuentas en el extranjero. Hay viajantes y viajeros, turistas de vidas que no tenemos para aparentar lo que no somos, el lujo pobre de una platería opaca, de una vida aparentemente sofisticada pero repleta de resentimiento; la clase política que no deja sus espacios de poder, por poder de ambición de dineros e ideas, las huestes universitarias retorcidas sobre si  mismas, aisladas del mundo real, reproduciendo un conocimiento que sólo sirve para aumentar el ego y disminuir el espacio libre en la pared de los galvanos. La prensa instalando la Verdad del Siglo y la de los avisadores que la financian, avisadores con la suya propia, Verdad de marcas y valores, marcas que también tergiversan la realidad para presentarnos una realidad irreal de brillos, modelos y sol, de bienestares efímeros, de miedos telúricos, de escalas de percepciones y zanahorias y garrotes.

Una vez más el forro, el delincuente, el tránsfuga, el corredor de intereses, el lobista, el amigo de los amigos que cerca favores y aprueba amores sociales, el analista de redes, el intermediario de contactos, el oportunista sentado al café todas las mañanas, dispuesto a  medialunas y comisiones; los compañeros, los colegas, los correligionarios, sentados en torno a una misma cofradía para ayudarse y, por cierto, con ello, desayudar a los demás, a los que no están en la  mesa, a los que no tuvieron suerte. Y no la tendrán.

Ambición es el verbo a pronunciar, frágiles ladrillos que subimos para pisotear la visibilidad del otro, del alter ego como un legítimo ser de una conciencia colectiva y definitiva que da razón a nuestro ser. ¿Difícil? Mejor olvidarse que la vida cuesta, la verdadera vida exige luchas verdaderas pero no con los demás sino con uno mismo, para fortalecer su propio ser en el otro, en la bondad de la caridad verdadera que no es sino la educación al prójimo, el amor fraternal y la construcción de justicia humilde no aquella de arreboles y columnas corintias o compuestas, a la sombra de la mujer semidesnuda portadora de una balanza de mármol.

Celebramos a los matones, a los capos, a los padrinos, a los ricos, a los arrogantes, damos premio nobeles a los poderosos del verbo y el misil, del obús y la pistola; celebramos a los vaqueros que matan indios, al galgo terrible, al Malembe, al buscador de oro, el prestidigitador de sermones, el charlatán y sus secuaces, defendemos al cura abusador que bautizó a nuestros hijos con la santa unción del óleo divino, ponemos las manos al fuego por el irlandés confesor de pecados, y nos hincamos como ovejas frente a una imagen de yeso pintado de hombre; apuntamos a las prostitutas cuando hemos sido nosotros los prostituidos.

Pero todo tiene que cambiar, desde el más sencillo de los afectos humanos, el del abrazo sincero, el del beso sin remilgos, la amistad generosa de lo que donan, de los buenos que circulan anónimos por las calles silenciosas desplegando sonrisas y saludando a diestra y siniestra levantando el sombrero, solo así, no será lo mismo ser derecho que traidor, ni ignorante, sabio, chorro, generoso o estafador ¡Todo será distinto, todo será mejor! Distinto un burro que un gran profesor, y por fin, no será lo mismo ser cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón.

Patipelados del mundo uníos

El problema de la senadora Jacqueline Van Rysselberghe no es solo que haya cometido el desliz de haber utilizado un palabra inadecuada para expresarse de modo despectivo de los chilenos, sino que ella efectivamente se siente parte de una élite, de un sector que naturalmente le corresponde asumir el cargo que detenta, y que por ese solo “sacrificio”, en desmedro de una mucho más exitosa carrera profesional, me imagino, cree que es de toda justicia que se le compense con la distinción que supone el cargo y con la altísima dieta que recibe. Un premio, la constatación de un derecho casi divino, dada su inteligencia y capacidad de lucha por los más desposeídos.

Es el mismo problema de una supuesta “supremacía de clase” que exuda permanentemente el presidente Piñera, por ejemplo por el episodio de sus hijos haciendo negocios en China; o la sincera queja de la ex directora de Junji por el tema de su sueldo reguleque; o los ministros Ramón Valente con sus consejos para invertir fuera del país; o Cristián Monckeberg, cuando planteó que los chilenos todos tenemos una segunda propiedad para la renta; o Felipe Larraín respecto del impasse que supuso su viaje a Harvard; y más recientemente, los diputados RN René García con su modo y patada al periodista de ADN, o ayer, el UDI Ramón Barros, con su acusación destemplada de cacareo a sus colegas diputadas.

No me parece tan extraño entonces la cultura del besuqueo de anillos episcopales, o la defensas corporativas a curas ricos acusados de pedofilia, los ostentosos vocativos a las autoridades políticas, religiosas y militares en cuanto acto público ocurre en nuestra agenda, el desmedido boato del aparato político con sus comparsas de beneficios y privilegios, la praxis delictual de los altos mandos uniformados respecto de los dineros públicos, representados casi todos en las atiborradas páginas sociales de El Mercurio con apellidos de abolengo y cargos de simuladas relevancias.

En definitiva, con estos episodios, de los cuales al parecer no hay mucha autocrítica, los chilenos quizás deberíamos entender que ellos estarían de verdad por sobre todos nosotros y, en consecuencia sólo deberíamos agradecer el gran sacrificio que ellos hacen por los demás, como muestra palpable de su compromiso por el servicio público, incluso en desmedro de su zona de confort, una vez más, arriba en la cordillera, a las faldas del Manquehue y a la derecha de Dios padre, como ya parece habitual.

Inteligencia policial

Deberíamos en realidad agradecer a los grupos anárquicos y antisitémicos que hay en nuestro país que sus actos de violencia se limitan apenas a tirar piedras, botar semáforos e incendiar buses del Transantiago, a lo más, a romper vitrinas y arrasar con una farmacia o un minimarket en esos días que la ciudadanía sale a la calle a manifestarse contra las injusticias de un sistema social y económico que no alcanza para todos.

Agradecer, porque sus acciones a la propiedad privada -al margen de los gastos que su reparación implica, ya sea al estado o a las empresas afectadas- no atenta contra la vida de las personas. Aún más, ayer vimos cómo la caballerosidad de uno de ellos, que con una botella de acelerante en sus manos, instó al chofer a bajar del bus, incluso permitiéndole sacar sus enseres personales, documentos y chaqueta, antes de rociar la máquina en plena Avda. Vicuña Mackenna, y prenderle fuego. Todo un caballero.

Imagínense lo que ocurriría si a estos jóvenes idealistas se les ocurriera poner bombas en jardines infantiles, decapitar a los choferes de los buses, dinamitar puentes o vagones de metro, quemar máquinas del Transantiago con todos los pasajeros en su interior.

¿Se imaginan si los narcotraficantes en vez de disparar al cielo en los funerales de sus pandilleros se dedicaran a dispararles a los pobladores que miran el paso del cortejo? Ahí sí que estaríamos en un país sin estado de derecho, donde los violentistas como en el norte de Irak, monopolizarían el uso de la violencia de acuerdo a sus fines, tendrían el poder de las acciones públicas y sembrarían el terror en un estado que, por el contrario, para ser más solidario y desarrollado requiere como nunca de instituciones fuertes y nobles para atender a los ciudadanos.

¿Qué diríamos de nuestras policías, de investigaciones, de la labor preventiva? ¿Sólo entonces se moverían nuestras instituciones de prevención del delito y de seguridad ciudadana y de inteligencia?

Cuesta imaginar que en nuestro país, las policías no hagan su pega, y no me refiero al trabajo realizado una vez cometido el delito sino a la labor de inteligencia que constitucionalmente se le exige, a esa que permite infiltrar, investigar, reconocer, aislar, anticipar a los delincuentes y los delitos, mediante una gestión policial no reactiva sino proactiva. Aún más, esa labor preventiva de inteligencia no necesita muchas más armas, ni radiopatrullas ni helicópteros; necesita gestión policial moderna, tecnología, en definitiva “inteligencia”, planificación, GESTIÓN. Gestión no sólo para identificar a priori cuáles son los grupos violentistas y delictuales que existen en Chile; dónde y cómo planifican los atentados de buses; de dónde salen estos jóvenes de overol blanco, que la mayoría de las veces no son estudiantes del liceo violentado; dónde viven los narcotraficantes; a quién de verdad le compran la droga; quiénes son los cabecillas de las bandas; quiénes los que financian los embarques; cómo se introducen cuchillos y estoques a los estadios; quién vende los fuegos artificiales de las barras bravas, qué funcionario hizo la vista gorda para introducir armas en la cárcel, etcétera.

Pero nuestra policía está en otra, o no tiene el personal con el debido nivel profesional para hacer un trabajo preventivo, o institucionalmente no está diseñada para ello; el Ministerio Público a veces está más preocupado de los indicadores que de dirigir eficazmente las investigaciones penales; y qué decir del ejecutivo, que más allá de los discursos para la galería respecto a la seguridad ciudadana, ha sido incapaz de romper la tendencia violentista de nuestra sociedad.

Sabemos que la violencia -en el fondo- es fruto de la tremenda desigualdad social y económica que afecta a la ciudadanía, de las pocas expectativas de movilidad social de los sectores más postergados, de un sistema económico que transforma el carácter democrático de los ciudadanos en uno donde la cultura del consumo y del crédito representa el acceso a un bienestar vacío de sentido. Pero no por ello es tolerable aceptar la violencia social como herramienta para reivindicar justicia y democracia. Si bien no se trata de meter más chilenos pobres a las cárceles, tampoco tolerar más violencia para recién empezar a preocuparnos.

En paralelo deben realizarse las reformas para hacer de Chile un país más justo, y al mismo tiempo, tener la inteligencia necesaria para anticiparse a las acciones delictuales más graves. El foco debiera ser la labor preventiva, la que al parecer, Carabineros e Investigaciones, el Ministerio Público con todos los instrumentos legales a su disposición han sido incapaces de realizar. Y con ello, implementar un sistema penal que aborde la capacitación y reinserción de los condenados en una sociedad que los necesita a todos en la construcción de un mejor futuro.

No vaya a ser que en los próximos atentados incendiarios al chofer ya no lo dejen salir del bus.

Justicia, prensa y regulación

Es cierto que en nuestro país estamos al debe en libertad de expresión y diversidad de medios, casi no tenemos periodismo de investigación, los medios están concentrados en dos grandes conglomerados de similar ideología y la televisión transita, dentro de sus propias crisis, entre el show de la ficción y las imágenes repetidas hasta el hastío de delincuencia y fútbol.

Por eso, la idea planteada por la candidata a ministra de la Corte Suprema, Dobra Lusic, en relación a una eventual mayor regulación a los medios, no sólo me parece desafortunada, sino carente de todo sentido en una industria donde, al revés, necesitamos una prensa más inquisidora y firme, sobre todo cuando se trata de los poderes del estado o de las instituciones que, de un tiempo a esta parte, han mostrado prácticas alejadas de su función pública cuando no derechamente prácticas ilegales para la indignación de la ciudadanía.

Creo que la sola aseveración de la candidata la inhabilita para el cargo. He de esperar que la clase política de señales correctas al respecto.

Clases de religión

A propósito de los cambios curriculares que promueve el Ministerio de Educación, quizás sería el momento de que un estado laico y moderno como el nuestro, prescinda de enseñar religión, al menos en las escuelas públicas y liceos. Frente al pensamiento religioso el estado debe ser neutro y la formación religiosa de los niños y jóvenes no debería estar dentro de sus preocupaciones. La religión debe estar en el ámbito privado y familiar, en el seno de los hogares y de las iglesias mismas.

Asimismo, por defecto, además históricamente el estado ha enseñado una sola religión lo que a la luz de los nuevos tiempos aparece como una situación anómala que urge corregir. Esas horas deberían ser reemplazadas por las clases Historia o Educación Física que se eliminarían o por la incorporación en los curriculum más horas de inglés o clases de ciudadanía, de ética y filosofía, de derechos humanos, de identidad cultural, en fin, de temas y contenidos mucho más relevantes para la sociedad y la formación integral de las próximas generaciones.