La Independencia en nombres de pila (los antonios)

Hay episodios de la Historia que se callan y de callados se olvidan, por eso me parece oportuno en estas pocas líneas poder despertar el interés por su estudio en mayor profundidad.

“Dígase lo, que se quiera, hai acontecimientos inevitables. Pueden demorarse años, siglos quizá, pero al fin llegan. Más tarde o más temprano se verifican infaliblemente. El político más profundo no logra prevenirlos; el pueblo más poderoso es impotente para sofocarlos. Empléese la fuerza o la astucia, la espada o la léi, nada es capaz de evitar su estallido. Los códigos i los ejércitos son inútiles para contenerlos. Las medidas mejor ideadas, las precauciones de una refinada prudencia no tienen contra ellos más poder, que los cálculos de un niño”

Así parte el insigne historiador Miguel Luis Amunátegui dando cuenta en su libro de 1853 “La conspiración” de un importante hecho de la Historia de nuestro país, que por muchos es conocido apenas por el nombre de pila de los personajes involucrados, pero pocos por los alcances históricos que pudo tener de no haber sido frustrado por un error no forzado de los responsables, que dejaron a merced de las autoridades, el sofocar una revolución que pudo haber marcado el desarrollo de nuestra Independencia por carriles muy distintos a los que ya conocemos.

La historia

José Antonio de Rojas era un prominente hombre en el Chile de fines del s. XVIII, podría ser perfectamente uno de los héroes del panteón de los próceres de la Independencia; su hacienda, ubicada 10 leguas al norte de Santiago, reunía con alguna frecuencia a criollos y extranjeros que compartían la buena mesa, el mejor vino de Colchagua y, sobre todo, la amena e ilustrada conversación del anfitrión. De Rojas tenía un trato amable y culto, en su biblioteca contaba con numerosos ejemplares de libros traídos de sus viajes por Europa, sobre todo aquellos que daban cuenta de las nuevas ideas de la Ilustración. A pasar de ser tan temprana época, entre las firmes paredes de adobe de su lar, se respiraba aires emancipadores tras las noticias de la independencia de los estados de la unión del norte de América en 1776, y que en estas alejadas tierras del fin del mundo, despertaba en algunos espíritus rebeldes las esperanzas de un nuevo destino para su patria.

A diferencia de la situación que ocurría con las colonias sajonas, las sudamericanas eran sometidas a un régimen restrictivo y opresor. A pesar de ello, el sistema liberal de los ingleses no fue obstáculo para la independencia de esas colonias. El sistema tiránico de los castellanos aún lograba mantener la sumisión en sus establecimientos coloniales por lo que, de acuerdo a los que plantea Amunátegui en el libro citado, la emancipación parecía inevitable.

Los gobernadores de turno puestos por el soberano desde la península no hacían sino tratar a los criollos casi como a siervos, como a “seres de una casta degradada”, lo que resultaba indignante para aquellos que con mayor cultura y educación, comprendían que si había cambiado el paradigma en el norte era menester hacerlo también en esta parte del mundo.

En algunas de esas reuniones, regadas de buen vino y exquisitos platos, coincidieron con don José Antonio, los franceses Antoine Gramuset, que se había avecindado en el país en 1764, y Antoine Berney, un entusiasta lector de la Enciclopedia, profesor de latín y matemáticas, que llegó a Chile desde las provincias de la Plata en 1776. La condición del dueño de casa, que contaba con una sólida situación y gran reputación entre la aristocracia colonial, no era la misma que la de los otros dos antonios que habían tenido una suerte esquiva en la Capitanía General.

Como en los personajes del romanticismo, que en esos años comenzaba a perfilarse como el paradigma de la literatura y el arte, Gramuset y Berney representaban todos los ideales de la libertad, buscando en una empresa heroica, el reconocimiento y quizás hasta la inmortalidad. Antonio Gramuset era un aventurero, había probado todos los oficios, recorrido todas las tierras, emprendido todos los negocios; buscó oro, riquezas, poder y prestigio. Como buen aventurero, era entusiasta de sus proyectos, era extremadamente confiado en sus capacidades y no pensaba mucho en los riesgos. Bordeando los 40 y acercándose a la vejez, comprendió que para encontrar la trascendencia que tanto anhelaba, debería emprender un nuevo desafío, quizás el definitivo, el que lo llenaría de gloria. Antonio Berney en cambio, era un intelectual: poeta, profesor de literatura y matemáticas; había estudiado latín y en profundidad había conocido las obras de Virgilio; llegó a Chile para emplearse como profesor en un colegio carolino, incluso exploró la posibilidad de ordenarse sacerdote, sin embargo creía que la relación con Dios debía ser directa, no entendía mucho las formalidades del clero y no compartía las visiones monárquicas de la Iglesia. Quizás sin darse cuenta, se trataba más bien de un libre pensador, lo que sin duda dificultaría encontrar trabajo en estas comarcas que por entonces no se  veía con buenos ojos a los trabajadores con aquellas características  personales.

En 1780 Gramuset y Berney, los dos antonios comenzaron de a poco a urdir en los salones de la hacienda de Rojas un plan que cambiaría definitivamente el destino de Chile, un ardid que haría del país una república independiente, una patria nueva separada absolutamente del paradigma monárquico español abrazando ideas nuevas que dieran una nueva identidad a los habitantes de esta tierra.

Para las colonias españolas del s. XVIII, la conspiración de los tres antonios sería la antesala de un movimiento revolucionario inédito, que instalaría en el país una institucionalidad que anticipaba en décadas, incluso en siglos, el derrotero institucional de nuestras repúblicas independientes, que a pesar de la sangre derramada y de los incompletos procesos independentistas forjados desde la segunda década del s. XIX aún están pendientes.

El documento preparado por los Tres Antonios planteaba la instalación de un régimen republicano, con separación de poderes y democracia liberal; la inmediata abolición de  la esclavitud y de la pena de muerte; la desaparición de las jerarquías sociales; una inédita reforma agraria que redistribuiría la tierra, repartiéndola en lotes iguales entre todos los chilenos; el régimen monárquico sería sustituido por el modelo republicano; el gobierno sería asumido por un cuerpo colegiado, que se trataría del Senado y las elecciones serían a través del voto, según el principio de soberanía popular. Incluso –planeaban en su memorando- podrían votar los indígenas; luego, se formaría un ejército profesional, se fortificarían las fronteras y costas, no para promover la guerra con los demás países sino sólo para “hacerse respetar”, y se implementaría la libertad de comercio “incluso con los chinos y los negros”, como relata Diego Barros Arana en su “Historia General de Chile”

Aunaron esfuerzos y voluntades. Al principio, Berney estaba inseguro. Las ideas de la revuelta lo entusiasmaban tanto como a Gramuset, pero carecía del espíritu desafiante de su amigo, él en cambio, era más reflexivo y hasta entonces sólo soñaba con la libertad de la literatura. Cuando José Antonio Rojas respaldó el plan comprometiendo a muchos de sus influyentes amigos, Berney terminó por dar el sí.

Así Rojas llamó uno por uno a sus cercanos y amigos de confianza. Primero al limeño José Manuel Orejuela que comprometió a sus soldados; luego fue el capitán Francisco de Borja Araos, jefe de la guarnición de Valparaíso, el que se sumaba al complot; Agustín Larraín con sus milicias; incluso el mismísimo Mateo de Toro y Zambrano, conde de la Conquista, resentido por los malos tratos recibidos por el gobierno del Reino. Los distinguidos vecinos, valientes capitanes y nobles ciudadanos que se embarcaban en el plan ilusionaban a los antonios ya convencidos por anticipado del éxito del movimiento. Gramuset se imaginaba conquistando la Ciudad de Los Césares en la Patagonia, Berney fantaseaba con poner en práctica los ideales emanados de sus lecturas y Rojas en liderar una revolución que instalaría la segunda democracia liberal de América.

Todos y cada uno tenía sus propios motivos para odiar a los godos, resentir con decisión el gobierno autoritario y abusivo de Carlos III y el de sus sátrapas de Lima o Santiago al mando de las arbitrariedades de la  Capitanía General. Los entusiasmos aumentaban y los nombres y apellidos de distinguidos vecinos se fueron adhiriendo con discreción. La conspiración se iba encendiendo lentamente pero en secreto, nadie sabía quién más estaba en el plan, quiénes abrazaban la causa. Los franceses sentían el apoyo de parte de la nobleza criolla y la certeza del triunfo invadía sus sueños.

Sin embargo, un desgraciado error echó por tierra los planes en un santiamén.

Epílogo

Los historiadores no son definitivos en cómo fue que sucedió. Lo claro es que el no muy reputado abogado Mariano Pérez de Saravia y Borante llevó a las autoridades el plan de los conspiradores. Quizás Berney extravió el documento al caer de las alforjas del caballo entre la hacienda de Rojas y la capital, o Gramuset que, sintiéndose sobre seguro, compartió el secreto con el inoportuno interlocutor. Si bien, Pérez de Saravia no gozaba de la simpatía del gobernador, la acusación era lo bastante grave para no ser considerada. Para no levantar sospechas ni menos revuelo entre los vecinos, y con el objeto quizás de no anticipar una revuelta, las tropas españolas detuvieron en silencio a los antonios responsables del complot. Era el primer día de enero de 1780. A los franceses los enviaron rápidamente a Lima y a Rojas dada su posición social, sólo lo detuvieron unos días para amedrentarlo.

El plan había sido frustrado.

Berney y Gramuset fueron posteriormente enviados a España para ser juzgados, sin embargo su embarcación naufragó en el Atlántico. El primero murió ahogado, y el segundo, luego de ser rescatado, murió poco tiempo después en la península. José Antonio de Rojas siguió con sus tertulias patriotas, aprovechándose de su posición y contactos fue tratado con guante de seda, pero nuevamente fue apresado en 1808 y exiliado a Juan Fernández, pero esa ya es otra historia.

Es probable que este sabroso episodio de la Historia de Chile no tenga ningún vínculo posterior con el proceso de Independencia iniciado en 1810 y culminado el 5 de abril de 1818 con el triunfo de los patriotas en Maipú, pero muestra claramente el espíritu emancipador de hombres que movidos por su espíritu libertario, fueron capaces de dar la vida para no seguir siendo sometidos a las arbitrariedades, abusos e injusticias de los poderes que detentan la riqueza, las armas y las verdades excluyentes. Sin duda estos procesos no se terminan nunca, cada día hay un nuevo afán libertador, una utopía, un renovado sueño que cumplir. Hoy en pleno s. XXI será la conquista de una mayor justicia social, la conquista de un desarrollo igualitario para nuestros compatriotas, el deseo ferviente de crear conciencias ilustradas que comprendan su rol íntimo y colectivo en el quehacer de un pueblo y el trabajo definitivo para la conquista de un destino.

No serán los tres antonios ya casi olvidados en las exiguas páginas de la Historia, serán otros los nombres de pila que como Ud. o como yo debamos conquistar esas nuevas primaveras.

Territorio vasto de amores, dolores y alegrías en proceso de justicia

Por mucho tiempo pensé que Quelentaro era un solo cantor, un solo cantor, guitarrero y poeta popular, pero popular de “pueblo”, del pueblo campesino, del maestro, del obrero, del trabajador, del trabajador del campo; su poesía me sonaba profunda, diría que hipnótica, relatando episodios históricos de la Independencia; casi un lamento al describir la vida de los pobres de ropa y bienes; una elegía al amor y al sufrimiento de los más postergados, insertos en un paisaje hermoso de arboledas y contrafuertes cordilleranos, de caletas y praderas, pero duro, muchas veces hermosos pero inhóspito. Su canto era de esperanza, la profundidad de la voz es la convicción del que lucha por una vida mejor. Pura energía, pura voluntad, puro esfuerzo.

Después supe que se trataba de los hermanos Guzmán: Eduardo y Gastón; artesanos telúricos, guitarreros finos, artistas de la Gestalt, silencios y arpegios compartiendo en tiempos iguales la generosidad, un valsecito bailarín, una copla desgarradora, el canto infinito de la gente de estos lares.

Claro pues, habían tocado en la carpa con la Violeta, abrazaron sueños y recorrieron exilios y soledades musicalizando coplas del otro a la distancia, separados por fronteras lejanas pero unidos en una sola voz sureña.

Hace unos años había partido Eduardo, hoy lo hace Gastón. Sólo quedan esos viejos vinilos en nuestras discotecas, esas extensas coplas recorriendo nuestras Historia y geografía, no sólo las de Angol, su tierra natal, sino las de un territorio vasto de amores, dolores y alegrías en proceso de justicia.

Mis respetos, Quelentaro

Valparaíso

El tema de los episodios de constante deterioro de la calidad de vida en la ciudad de Valparaíso, a propósito de la precariedad de sus construcciones, suciedad de sus calles, deterioro urbano, creciente delincuencia y deficientes indicadores económicos, obedecen a una crisis generalizada e histórica en la gestión de la ciudad, situación que por cierto, trasciende todo color político y todo liderazgo. Debería haber una intervención central decidida y urgente.

Valparaíso es una ciudad con emergencias inabordables desde la propia ciudad, con una comunidad como su principal responsable y autoridades que no cuentan con las ideas ni menos los recursos para sacar a la ciudad del profundo pozo de deterioro en el que se encuentra, que lejos de mejorar empeora día a día. Analizar los nudos críticos o hacer tardíos análisis, evaluaciones y catastros, se me antoja inútil e innecesario, el diagnóstico está hecho hace rato y quizás solo falta afinarlo. Lo que se requiere es saber si de verdad existe la voluntad política y los recursos disponibles para un rescate definitivo y sistemático a una ciudad que debiera transformarse en la punta de lanza de nuestra imagen internacional y del desarrollo sustentable, con un puerto moderno y competitivo y turismo patrimonial de excelencia en servicio.

La Meme

Si ayer hubiera dicho algo en la ceremonia, iba a llorar de emoción, porque todo el rato que hablaban de ella, la recordaba con esa sonrisa tímida y prístina acompañándonos con los niños recién nacidos en el departamento de Reñaca por allá a mediados de los 90.

Siempre se tejen mitos y chistes crueles hacia las suegras, y claro, como uno antes de casarse no tiene experiencia en ellas, intuye que algo debe haber de cierto en esa mala fama. Pero la verdad es que mi experiencia con la única que tuve fue tan distinta, que sólo puedo dar gracias el haber compartido con ella esa relación de mother in law, que tan bien se la describe en Inglés.

La tía Anita era dulce y cariñosa, lo reflejaba su rostro claro y luminoso, pero también sus acciones medidas, sus palabras precisas, su tolerancia y generosidad, su sencillez a toda prueba, su paciencia; una paciencia como virtud a estas alturas de la vida tan escasa entre la gente.

Yo la quise mucho, y como siempre con las personas que no están, a uno le viene como un sentimiento de culpa de no haber podido compartir más tiempo con ella. Pero la vida es así, uno al elegir una cosa renuncia a otra. Es inevitable. Pero compartimos bellos momentos: las largas horas de onces en la casa de Lo Arcaya, las tardes de tele y música, las miradas cómplices cuando la Yeya hacía o decía un disparate, las semanas de visita acompañando las comparecencias médicas de la Claudia en el embarazo de los mellis, los paseos por el jardín japonés de La Serena y los ricos almuerzos de Coquimbo, Concón y Olmué. Hizo migas con mi mamá y la abue, convirtiéndose en un trío inseparable cuando se arrancaban a Tongoy a tomar pisco sours y saborear los productos del mar que esa zona entrega con tanta generosidad, las celebraciones de las marías, las anas y las cármenes en esos tecitos con torta y festejos que reemplazaban coquetamente los cumpleaños, con amigas de toda la vida o de la más reciente.

Lo que más lamento es que la Meme no alcanzó a ver crecer a los niños, sin duda serían su orgullo y su alegría, las niñas Baccelliere hoy mujeres y los Reyes Castillo. Quizás no sepan o no se den cuenta que siempre los nietos llevan algo de sus abuelos, no sólo en la sangre sino en la impronta de vida que heredan. Pero esté donde esté, sé que su memoria permanece entre nosotros, que es lo más importante que una persona puede dejar en este mundo, la memoria de ser una persona buena y justa, la memoria de una persona especial que en la distancia del tiempo y -quizás hasta- del espacio, permanece en forma indeleble en nuestros actos.

Han pasado 20 años, no sé si es mucho o poco, pero el cariño y el recuerdo siguen intactos.

A tu salud, tía Anita.

Jornada Laboral

Los países para mejorar su productividad no necesitan trabajar “mucho” sino en forma eficaz. Hoy Chile con 45 horas laborales trabaja en forma ineficiente; disminuyamos la jornada y seamos más productivos, así con las horas de diferencia mejoramos la calidad de vida de la gente y, de paso, mejoramos la industria del ocio y la entretención.

Fidel Oyarzo

Pucha, que lamento lo de Fidel; era un súper buen tipo, intenso, comprometido con los temas que había que comprometerse, convencido de sus convicciones aunque abierto al cambio. Trabajólico como los de casi toda esa generación, y le encantaba lo que hacía. Era un periodista de calle, le gustaba el reporteo como a nadie. Una vez al preguntarle porque aún no asumía labores de editor, me respondió con un lacónico: “sería una lata”. El prefería los estreses de andar detrás de la cuña, de ingresar a los recintos vedados, de escabullirse en los pasillos de los palacios de gobierno.
Lo vi muchas veces un sábado en la noche en la Piedra Feliz donde chachareábamos… nos tomábamos unos tragos y resolvíamos los problemas del mundo. La gente se acercaba a saludarlo y él, siempre simpático, echaba una talla o invitaba a la mesa. Era querido. Efectivamente no había diferencias para él entre su vida de fin de semana y su día laboral, vivía conversando con gente y reporteando, incluso en el carrete… coincidimos muchas veces en el Congreso en almuerzos y cenas con parlamentarios, era discreto y dicharachero al mismo tiempo, con gran don de la ubicuidad.
Nuestro primer encuentro fue en la Cooperativa, yo como auditor de las noticias y él como joven periodista de la radio; su voz y notas, como las de José Miguel Alfaro, Manola Robles, Silvia Yermani, Eduardo Segovia, Jaime Moreno Laval, Sergio Campos, entre tantos otros, fueron emblemáticas en la lucha contra la dictadura, una generación dorada de la radiodifusión nacional, mismo espíritu y vocación que José Miguel y Fidel llevaron a TVN cuando en 1990 llegamos un grupo de jóvenes profesionales a cambiar, desde distintas áreas, la impronta de una televisión pública, a partir de entonces, al servicio de la ciudadanía.
Ahí, sin llegar a ser amigos, compartimos muchas jornadas de trabajo: días de elecciones, despachos, edición en nuestros estudios de Viña del Mar, corresponsalías, entrevistas, nos tomamos sus buenos cafés en mi oficina; él siempre con un pucho, salía nervioso al patio del canal a fumar. Se veía más viejo que todos nosotros, ese peinado para atrás con gomina, canas tempranas, lentes gruesos… bien vestido, sobrio y bien encorbatado, le daba prestigio a la profesión de reportero.

Era amigo de todos, autoridades, políticos y parlamentarios, pero a la hora de sacarles cuña era duro, no se iba con chicas, además de ser estudioso, sabía mucho, tenía opinión política, incluso quizás hasta militancia, pero buscó siempre ser lo más objetivo posible. Tolerante a rabiar. Diría que es el prototipo cabal del periodista clásico, como esos que ya no hay.
No es exagerado decir que a esa generación el país le debe mucho, una generación de periodistas que desde los medios de comunicación en plena dictadura fueron valientes para defender la justicia y los DD.HH., y que en la Transición (Uy! que parece lejano), colaboraron con el restablecimiento de una democracia en forma.
Fidel Oyarzo, un abrazo a la distancia

Las coronas de flores de las escuelas matrices

De un tiempo a esta parte las FF.AA. y de Orden de nuestro país se han constituido, casi de hecho, en una especie de Estado dentro del Estado: su construcción histórica en los últimos años dan cuenta de que fueran como un país autónomo, más allá de los meros gestos simbólicos.

Tienen un presupuesto propio producto de las ventas del cobre, que manejan a sus anchas, que no depende de la aprobación del Congreso y cuya rendición es, a la vista, insuficiente ante la ciudadanía; en la práctica, ellos lo administran, y no la autoridad de Gobierno, ellos definen la prioridad en los gastos, sólo ellos si es en armamento de guerra, buques, tanques o viajes al Caribe de las señoras de los generales.

Tienen poblaciones enrejadas para su gente, pórticos debidamente resguardados por su propia policía, recintos de acceso limitado al resto de los chilenos; un sistema de previsión distinta, mejor que las del resto de sus conciudadanos, que permite que con apenas 20 años de servicio un ex uniformado pueda gozar de una estupenda jubilación en un grado superior al que tenía al retiro y todavía con el tiempo y energías necesarias para seguir trabajando; un sistema judicial exclusivo no sólo para “crímenes de guerra” como podría suponerse sino también en la práctica para delitos comunes, jueces uniformados y cárceles con todas las comodidades de una buena cabaña en la playa; sus propios colegios, y hasta un sistema educacional que forma a sus propios profesionales conforme a los intereses institucionales.

Poseen una estructura religiosa única, diría mejor, una especie de “iglesia militar”, capellanes, obispos y parroquias que no tiene ni debe tener ningún otro organismo público, y además, con escala de sueldos de la administración pública en un estado aconfesional. Cuentan con estupendos y modernos hospitales para ellos y sus familiares y un sistema de salud privilegiado que pagamos el resto de los chilenos; clubes deportivos subvencionados donde se celebran las bodas de sus hijas y los cumpleaños de sus niños a precios que cualquier otro ciudadano envidiaría. Como si fuera poco todo lo anterior, tienen un rasgo cultural aparte: la llamada “familia militar”, que se encarga de reproducir una cierta identidad que la mayoría de las veces asume hitos históricos, tradiciones y héroes propios, distintos y distantes de la cultura nacional, por cierto menos amplia, menos inclusiva y menos tolerante, todo como si la cuestión militar fuera la cota de caza de unos pocos, heredera de su sola tradición y autónoma del poder político que es, en realidad, para el cual debería estar subordinada.

En parte, los escándalos conocidos estos últimos años, tras la desaparición de la dictadura, y quizás como herencia del poder absoluto que las FF.AA. ejercieron durante esos 17 años, con una institucionalidad legal acomodada a sus intereses bien entrados los 90, como entre otros, los casos de Fragatas en la Armada, los muebles de ratán en la Fuerza Aérea, los Paco Gate en Carabineros o los casos actuales a propósito de los gastos reservados de las comandancias en Jefe del Ejército, son el botón de muestra de lo anteriormente señalado.

Va a ser difícil que se pueda construir una ética de las FF.AA. y de Orden como una institución republicana transversal, inserta en el quehacer nacional y subordinada efectivamente al poder  civil, político y democrático, si se persiste en mantener estos espacios de poder y cuotas de administración que no le pueden ser propias.

Para revertir esta situación, no sólo es necesario que se haga justicia en los casos de corrupción que han conmocionado a la opinión pública, sino que entendamos de una vez por todas, tanto los políticos como los militares, que ellos no son ni deben ser tributarios de un régimen alguno ni menos de un caudillo, no defensores de una época ni de un modelo de sociedad autoimpuesto, que su función pública es aquella que sanciona la Constitución y que es subordinada a las fuerzas políticas en cuya representatividad recae la soberanía nacional, soberanía que no consiste sólo en un pedazo de tierra en el Altiplano o en los Campos de Hielo, sino sobre todo, en las conciencias de los ciudadanos chilenos, en tanto eligen a sus autoridades y a sus representantes legislativos.

Hay que entender que la época de los privilegios se acabó y que hay que empezar a pensar en el bienestar de los chilenos, especialmente en aquellos que más sufren, muchos de los cuales incluso, aún esperan información del destino de los cuerpos de sus seres queridos, y no pensar solo en las charreteras doradas de sus comandantes ni en las frías estatuas de las escuelas matrices adornadas de coronas de flores hediondas, marchitas y olvidadas.

La vida en movimiento (7 de Julio)

Las fechas de aniversario no tienen sino un valor simbólico; sirven para rememorar los hitos que han dado sentido a la vida. No sé, los eventos cruciales que han determinado una forma de ser que explican un derrotero.

Por ejemplo: los inviernos de La Reina, sus lluvias torrenciales que descendían de la fría cordillera; las utopías de Montenegro 661 con el cúmulo de contradicciones adolescentes forjando relaciones duraderas; en Bustamante 180 en busca de un destino permanente y la conquista de mi libertad de pensamiento; más tarde, la imagen imperecedera de un monte sagrado, el Manquehue; observando cada tarde, con su corona de nubes, las luminosas hojas de los liquidámbares en flor, los rojizos brillos de sus sedas, acariciando los terciopelos de su piel tibia; y luego, con ella, la rebelión de las ideas en Vasconia y Los Pirineos, el despertar del mundo mágico: las películas de Scola y Risi, de Bergman y Tarkowsky en el Normandie, de Einsenstein y Lang en voz de la Vera Carneiro; las cervezas del Jaque Mate y el Castillo, las de queso de la Fuente Suiza. Conocimos a Pharoah Sanders en el Baquedano tocando la música de Coltrane, la definitiva consagración de la primavera viajando de mar a cordillera, y luego las azulosas olas del océano golpeando la costa en Punta de Tralca, Isla Negra o Concón, trayendo a los niños uno por uno para convertirlos en adultos, sin darnos cuenta. Guitarras, vinilos dando vueltas, 32 fotogramas al ritmo de una máquina; Kant y el ornitorrinco, las pañoletas azules y grises, los bosques del sur, las arenas del norte, como un paisaje de novela y poesía de potente lirismo.

Un sueño por la televisión de todos, una amistad forjada en los grines del Grange; recorrer una, dos, tres vueltas la geografía apabullada para perderle el miedo a los canallas; salir de la noche para enfilar los pasos definitivos al Oriente aprendidos de mis maestros más viejos.

Y de vuelta, de nuevo la vida con la que amanece cada día, como un chispazo fugaz de rostros, paisajes y relaciones, de besos, brindis, amistades y amores profundos, de una vida conectada con la Historia, la gran Historia entrelazada con las pequeñas historias, íntimas y personales. Melodías y palabras furtivas, aromas de cerezas y madera húmeda, de fogatas infinitas y estrellas.

Con el día se nos esfuman las frágiles fotografías de la memoria, dejando tras de sí, la acumulación virtuosa de la experiencia, la exaltación de la propia vida en movimiento

Eclipse

Por minutos, la luz se convertirá en sombra; la gente mirará al cielo para disfrutar de un evento único, que nos propone una vez más, asumir nuestra fragilidad como especie y como planeta. Nadie creerá que los dioses se han ensañado con el hombre ni los druidas reclamarán sus embrujos ni los magos sus pociones mágicas para comprender el “anormal” fenómeno. La ciencia habrá triunfado, el espectáculo nos entregará información y evidencia; el universo se mostrará en plenitud con sus mecanismos físicos formidables. El hombre disfrutará de sus certezas, recalculará las medidas de las escenas naturales. No habrá Providencia, no habrá subterfugios, no habrá supercherías, la única magia será el ritmo de los astros que, guiados por las leyes de la naturaleza, se desplegarán a sus anchas para sorprendernos con la belleza de contrastar nuestra futilidad frente a la curvatura del cielo infinito.

Gabriel Mistral

Me parece tan provinciana la polémica que ha suscitado la fidelidad en el personaje de la estatua de cera de Gabriela Mistral. Se trata de una representación que en absoluto afecta la importancia de la obra ni el legado de la poetisa, que es lo que de verdad debería preocuparnos. Ni las tablas superpuestas en la escultura de Iván Donoso en La Serena ni la escultura de Francisco Gacitúa ubicada en Vitacura con Américo Vespucio son la misma Mistral, son apenas impresiones de ella, como lo es el Gernika de Picasso o los cuadros del expresionismo de Munch o la Última Cena de Dalí.

No hay que preocuparse de sus imágenes, sino más bien de la verdadera Mistral, aquella que expresa su obra en versos dolientes, en la melancólica descripción de sus paisajes, que habla de la fuerza de sus versos, la denuncia y lirismo de sus palabras mágicas, de un territorio, de una fe y de una vocación de mujer.