Guitarra desafinada

Todos lo han hecho, no se si sea bueno o malo, conveniente o no, no estoy seguro que sea lo mejor en nuestra política internacional, pero desde que volvió la democracia en 1990, los presidentes siempre han nombrado en Argentina embajadores con un carácter político, algunos con más peso político y expertiz para el cargo y otros con menos, pero siempre personeros de confianza política del presidente de turno en desmedro de personas de reconocida carrera funcionaria o de profesionales de la diplomacia que en Chile hay varios y buenos. Por eso no nos debe extrañar el nombre de la inminente designación que se filtró ayer para la embajada de Chile en Buenos Aires.

Lo que sí sorprende es el doble estándar de nuestra clase política. Este presidente, y los anteriores (pero hoy nos preocupa éste), señaló a todos los vientos que las embajadas no podían convertirse en premios de consuelo para candidatos derrotados ni para amigos políticos, sino por el contrario que lo deseable es la promoción de embajadores de carrera, y no “a la carrera” como pareciera ser esta designación. No se trata de cuestionar los atributos de Bárbara Figueroa para el cargo, por lo menos para mí, por ahora no es el tema, aunque alguien legítimamente lo haga, sino constatar la dificultad de nuestros gobernantes de honrar su palabra, o lo que es peor, establecer un estándar ético en esta materia.

Algo similar ocurrió con los famosos retiros de los ahorros de las AFP. Cuando el gobierno anterior se oponía a la medida, por considerarla una mala política pública, la oposición, poseída de una verdad revelada, acusaba al gobierno de los peores cargos imaginables en la administración del estado. Pero ahora, que sectores del parlamento quieren insistir con un cuarto (en realidad, “quinto”) retiro de los fondos de pensión, el presidente y sus ministros, antes en la oposición, manifiestan exactamente lo mismo que antes tanto criticaban al gobierno. Claro, argumentan que los contextos son distintos… ¿hay un jurado que establece la cualidad de los contextos o es la propia verdad revelada que a algunos parece gobernar sus conciencias lo que hacen estimar una u otra cosa?

Nuestra clase política ha perdido toda credibilidad, o quizás sea yo el que dejó de creerles. Piñera designó hace unos años atrás a su propio hermano Pablo en la embajada de Argentina, no alcanzó a asumir, afortunadamente, dado el escándalo que este acto de nepotismo produjo; recuerdo también el fugaz paso por la sede diplomática de Miguel Otero; en otro momento designó a Adolfo Zaldívar, como premio de consuelo y supuesta señal hacia un sector de la Democracia Cristiana, un pastel; Frei, Lagos y Bachelet nombraron puros amigos, algunos meritorios y otros no tanto, la mayoría derrotados en las urnas en alguna elección previa.

Parece que otra cosa es con guitarra, dicen las viñetas periodísticas de la prensa política, pero en estos días inaugurales de este gobierno, al menos en temas de coherencia discursiva y praxis de gobierno, la guitarra suena sin duda aún muy desafinada.

Bienvenidos a marzo, que el año se inicia

Si bien en nuestro calendario gregoriano marzo ocupa el tercer lugar del correlativo anual, la tradición romana le daba el número uno. Era el primer mes del año, y con él se homenajeaba al Dios Marte, Martius, de ahí su nombre. Incluso para nosotros, bien entrados el s. XXI, y en la cresta de la ola de una modernidad líquida llena de tecnología en medio de una civilización avasalladora, pareciera que precisamente marzo sea el inicio del año no es del todo equivocado.

La tradición por estos lares es que en febrero se vacaciona o al menos el mes en que la actividad y el bullicio ciudadano desaparece o baja intensamente para recomenzar un nuevo año, un súper lunes cualquiera que congregará a todos en el umbral de un portal de autopista, en los tacos de la ciudad aún enveranada como si se tratara de ponernos de acuerdo exactamente que todo vuelve a empezar en un año que se ve largo, y que como es habitual, ofrece a la distancia dolores de cabezas, esfuerzos, trabajo, cansancio en medio de una sociedad agobiada que a pocas semanas de su nuevo ciclo solar contempla con nostalgia los días de verano o mira con resignación los escasos fines de semana largos para paliar, aunque sea levemente, los efectos de nuestra vida estresada, trabajólica, y, como si fuera poco, mal remunerada.

En marzo comienza el año y con él las ansiedades propias de cómo funcionará nuestra política, los avatares de la Convención Constituyente salpicada estas semanas por coloridos simbolismos de entre los que quieren incendiar todo y los que quieren mantener la estantería como está o con muy pocos cambios para disipar los legítimos aunque inexplicables temores de algunos sectores ciudadanos.

No son pocos los eventos importantes que nos deparan las próximas semanas: la llegada de un nuevo gobierno cuya luna de miel ha empezado a vivirla antes de asumir, pero que desde La Moneda sin duda será más complicado porque habrá definiciones concretas, que más allá de los grandes relatos grandilocuentes, tendrá que abordar en forma doméstica casi sin épica, como por ejemplo, la liberación de los presos de la revuelta en su mérito y circunstancia, la eventual prolongación del estado de Excepción en la llamada “Macro zona sur”, el escenario del retorno a clases con una pandemia que mostró en febrero cifras preocupantes, lo que producirá más de algún impasse entre el Ministerio de Educación y el Colegio de Profesores, y por último, el desempeño de una Convención Constituyente que al menos en lo comunicacional, no ha dado señales de estabilidad, y que por el contario ha generado el suficiente ruido para que se levanten las sospechas de la ciudadanía respecto de propuestas alejadas de todo canon democrático, que aprobadas o no posteriormente, han distraído la discusión de temas esenciales para la confección de una carta fundamental que recoja los cambios que mayoritariamente la ciudadanía demanda pero incluyendo miradas más allá de las propias evitando todo maximalismo.

Marzo supone el retorno de las fatigas y agotamientos propios de diciembre, pareciera que lo vivido en febrero fuera un viejo recuerdo de siestas y porotos con mazamorra, lecturas furtivas a la sombra de una higuera. Actividades que, lejanas o no en la memoria marciana, fueron muy necesarias para abordar las tareas y desafíos del año con entereza y confianza, cualidades que ciertamente son fundamentales para que el año que debemos empezar a recorrer sea de verdad mejor. No podemos echarle la culpa al empedrado, las circunstancias sociales de progreso y bienestar, desarrollo y construcción de un nuevo ethos cívico no depende solo de lo que hagan los demás, sino especialmente de nuestra voluntad por ser individualmente articuladores de virtudes como el respeto ciudadano, la tolerancia activa, el discurso propositivo, el respeto a los demás en su diferencia y el apego irrestricto a las normas de la democracia como señal inequívoca que el futuro lo construimos todos a partir de uno mismo.

¡Ciudadanos todos, bienvenidos a marzo, que el año se inicia!

Peter Bogdanovich: la partida de un viejo amigo del Nuevo Hollywood

En los años sesenta se fraguó una nueva generación de cineastas en EEUU; la consolidación de la televisión como medio de entretención, el envejecimiento de los grandes estudios de Hollywood y su desconexión con los nuevos tiempos; tras los tiempos felices del rocanrol, una sociedad desesperanzada del sueño americano, la lucha por los derechos civiles, la contracultura en manos del folk y del jazz más intelectual y una industria que se mueve desde los productores y los orgiásticos filmes hacia el gran público, a aquellos ya acostumbrados a la estética de la nueva ola francesa, el neorrealismo italiano o el free cinema británico, fueron al caldo de cultivo para realizadores que cambiaron el eje de la industria del cine. Le llamaron “Nuevo Hollywood”, pese a que muchos decidieron filmar al margen de los grandes estudios o eligieron la Costa Este para rodar sus películas.

Hoy ha fallecido uno de los más destacados directores de esa generación, Peter Bogdanovich, que con una filmografía quizás menos regular que las de sus compañeros de movimiento, supo plasmar en algunos de sus filmes los reflejos de una cultura en proceso de cambios profundos y reescribir una crítica feroz a un modelo de sociedad de sueños imposibles. Bogdanovich, quien además fue escritor, historiador, guionista y crítico de cine, filmó “What’s up Doc?” (1972) y “Paper Moon” (1973) como homenaje al cine clásico norteamericano, describiendo metafóricamente las almas errantes en busca de un mejor destino.

Pero es “The Last Picture Show” (1971), la película que no podemos dejar de ver una y otra vez, una de las más grandes cintas de los setenta, filmada en blanco y negro en un pequeño pueblo a mitad de la nada en Texas, y a mi modo de ver una anti road movie, la que a diferencia de las películas antes citadas, nos muestra una serie de personajes encerrados en sí mismos, que deambulan entre la fragilidad, la soledad y el fastidio. En este sentido “The Last Picture…” es como “Las Uva de la Ira” (1940) del gran John Ford, o como “Esta tierra es mi tierra” (1976), de Hal Ashby, que describe el fracaso de un sueño, pero desliza, con levedad pero con firmeza, la idea de que las etapas vitales por muy dolorosas que sean, son el paso necesario para la evolución de los personajes hacia estadios superiores de conciencia, y también, para su progreso político y social.

Bogdanovich (y su generación) pareciera querer decirnos que las injusticias del entorno son una especie de camino iniciático por el que debe transitar el ser humano en su ascenso moral y que no hay un derrotero con más obstáculos que el de la propia conciencia en la búsqueda de la felicidad.

No se trata de un acto de fe

Han pasado unos días y pareciera que muchos han podido recobrar el aliento. Después de una segunda vuelta altamente polarizada, con acusaciones y descalificaciones mutuas, la elección del 19 de diciembre -más allá de las encuestas de última hora- parecía apretada e incierta. Los cálculos del trasvasije de votos intentaban prever el destino del sorpresivo voto de Franco Parisi. Si bien los estudios parecían inclinar levemente la balanza hacia el candidato de Apruebo Dignidad, los debates mantenían la duda respecto de un resultado definitivo. No se sabía muy bien cuánto afectarían las agresivas acusaciones esgrimidas por la candidatura de la derecha a partir de suposiciones y mentiras como parte de una estrategia de desinformación, o cuál sería el nivel de credibilidad de Gabriel Boric en relación a la sinceridad de los cambios programáticos planteados en el balotaje respecto de lo dicho en la primera vuelta.

Pero a la hora de la verdad, las señales republicanas parecieron disipar todas las incertidumbres. El oportuno llamado realizado por Kast para reconocer su derrota y felicitar el triunfo de Boric, el amable diálogo del presidente Piñera con el presidente electo transmitido a todo el país, el discurso inclusivo del frenteamplista haciendo un llamado a ser presidente de «todos los chilenos», o el ritual de la visita realizada a La Moneda el día siguiente, fueron algunas de las señales necesarias para cambiar el enrarecido ambiente político que se respiraba en el país luego de dos años de gran inestabilidad, con sorpresas electorales por doquier y una campaña para el balotaje salpicada de odiosidades y noticias falsas.

Es cierto que todavía hay muchas preguntas sin responder, muchas expectativas que satisfacer para los próximos meses; Boric tendrá que mostrar liderazgo para recomponer las confianzas, enfrentar el tema económico con responsabilidad, delinear en forma precisa sus prioridades frente a las transformaciones planteadas en la campaña y dar un respaldo inequívoco al proceso constituyente; todo ello deberá hacerlo con la humildad que supone no tener una mayoría en el Congreso, y saber que su base electoral también está compuesta por aquellos viejos electores de la Concertación, además por sectores que vieron en el magallánico una forma de decirle no a la derecha representada por Kast; hacerlo con paciencia, al constatar que se inaugura un período inédito en la historia de Chile, y con unidad, en la comprensión de convertirse ya no en el candidato de un sector sino en un presidente para todos los chilenos, como única forma de emprender los desafíos de cambios profundos en paz y democracia como lo reclamó la ciudadanía.

Una vez más sería un grave error creer que un triunfo electoral, incluso holgado como éste, sería un cheque en blanco o representaría unívocamente un Chile empaquetado con papel de una sola ideología, o que el tipo de transformaciones que deben hacerse obedecen a una lógica partidaria y excluyente. Lejos lo más equivocado. Lo mismo para la derecha, sería un error creer que Kast queda instalado con el liderazgo que su sector requiere. ¿Cuántos votaron por él a regañadientes tratando de evitar más bien el triunfo de una supuesta izquierda más ultra? En ese sentido las palabras de Briones reconociendo su voto en blanco, guste o no, corresponda o no de acuerdo a los códigos políticos, representa con nitidez a un sector importante de la derecha que comprende la necesidad de alejarse del conservadurismo más duro de cara a un país que desea avanzar hacia un desarrollo sustentable, social e inclusivo, más allá de los fanatismos propios de la Guerra Fría o de los ideologismos religiosos del siglo XIX, superando los traumas del autoritarismo de la derecha, como también superando las viejas nostalgias “igualitaristas” de una parte de la izquierda que aún mira con simpatía y complicidad a las dictaduras socialistas.

Con Boric no se trata de asumir un acto de fe, sino de fundar la esperanza en los hechos, en las señales, en el análisis de la historia reciente, en el derrotero de un país que más allá de sus dificultades, ha sabido ir construyendo los acuerdos necesarios para cimentar definitivamente un mejor futuro de todos.

El triunfo del Sol Invictus

Acostumbrados ya a estas encrucijadas, decimos siempre que la próxima elección es la más importante. Lo fue el histórico plebiscito de 5 de octubre de 1988 con el que se derrotó a la dictadura; lo fue también aquella fecha en que Chile eligió a Aylwin en la madrugada de nuestra transición, con el General aún en plenos poderes dentro de las FF. AA.

¿Se imaginan el país si hubiera triunfado el “SI”? Muchos de los personeros políticos vigentes eligieron esa opción ante las clásicas campañas del terror que se acostumbra a urdir para sacar réditos electoreros.

También fue electrizante el triunfo de Lagos, cuando, tras esa apretada segunda vuelta, Don Ricardo desde el balcón de un hotel santiaguino nos decía que había escuchado la voz de la gente. Con el eventual triunfo de Lagos y sus socios, también muchos anticipaban las peores atrocidades de la historia. No sólo no se cumplieron los fatídicos presagios de sus adversarios sino que se transformó en uno de los gobiernos que más añoran los mismos que entonces lo denostaron.

Luego, las sucesivas elecciones de Bachelet y Piñera, paradigmas del binominalismo, homogeneizando un ritmo institucional de dos caras que no se avizoraba poder cambiar. Siempre con temores, pero al final con valentía, los chilenos nos hemos atrevido a avanzar hacia mejores estadios de democracia. Damos pasos positivos y a veces ciertos tropezones que nos botan para volver a ponernos de pie. Parecerá ser el signo de una historia patria heredera de las reyertas propias de la fundación de la república entre o’higginistas y carreristas, entre pelucones y pipiolos, entre conservadores y liberales, entre los del «Si» y los del «No».

Hoy, al iniciar una nueva era en nuestra historia republicana, tras la más cruenta dictadura que se recuerde, y una transición a la democracia con muchas más luces que sombras, aunque cuestionada por las nuevas generaciones impacientes por sus anhelos de bienestar y modernidad, dimensionamos la importancia del proceso electoral que se avecina, donde nuestro voto no sólo deberá elegir a un presidente y su respectivo gobierno, sino además discernir acerca del modo de apoyo a un proceso constituyente que no podemos dilapidar y que debería inaugurar una nueva etapa para Chile. Lo que está en juego no es la civilización o la barbarie sino el derrotero preciso por donde quiere avanzar la inmensa mayoría de los ciudadanos.

Cuando se acercan las fechas solsticiales, con los significados comunes y míticos que suponen estas antiguas festividades inspiradas en los ciclos de la naturaleza y la influencia de la luz del sol en las cosechas simbolizando la llegada de un nuevo día, sólo pedimos volver a reencontrarnos quienes compartimos un territorio, una cultura y un destino común, construyendo juntos una patria buena para todos.

Veinte días, treinta pesos, treinta años, dos candidatos y una Constitución

El gran error de nuestros políticos (y ese error la gente lo castiga) ha sido querer atribuirse como propios cada triunfo electoral. Como que el electorado finalmente abraza su causa como única y verdadera, por cierto en desmedro de la opuesta que para los efectos del sistema imperante, simboliza todo lo malo y perverso de nuestro quehacer político. Desde que, según Zygmunt Bauman, el mundo se ha puesto líquido, las elecciones han tenido resultados pendulares, ni Chile se convirtió en un país socialista al apoyar la candidatura de Michelle Bachelet ni derechista al elegir a Piñera cuatro años después en medio de una altísima evaluación de la primera. La gente en realidad no vota, veta.

Pero los partidos políticos, sus élites, están tan alejados de la realidad, que terminan construyendo relatos maximalistas, haciéndonos creer que el electorado, repentina y mágicamente, ha asumido el paquete completo de su ideología.

Parte de los fenómenos que hoy advertimos, y de los que somos parte, es propio de esa modernidad líquida que ha cambiado el eje de la vida cotidiana. Los inconformismos son múltiples y variados, obedecen a lógicas tanto políticas, económicas y sociales como tecnológicas, valóricas y culturales. No solo queremos, por ejemplo, mejores pensiones o trabajos más dignos, mejor educación y una sociedad más solidaria, sino también mejores sueldos, más libertades civiles y seguridad ciudadana; queremos a los pueblos originarios integrados pero deploramos la violencia en la Araucanía, no la justificamos; validamos el derecho a manifestarse libremente en la calle pero también pensamos que el orden social es fundamental; creemos necesario hacer profundas reformas a nuestra institucionalidad, sin embargo no queremos desconocer todo lo que el país ha avanzado, al menos en comparación con el vecindario, en casi todos los aspectos medibles sociales y económicos.

El estallido social no era solo patrimonio de algunos que pretendieron borrar los treinta años de gobiernos de la transición, como se nos hizo creer; no fueron los treinta pesos, pero tampoco fueron esos treinta años para una inmensa mayoría. Fueron muchos más los motivos profundos del porqué los chilenos salieron a protestar, tampoco el contundente triunfo del apruebo significó que el carácter del cambio constitucional tuviera una sola dirección, de nuevo se equivocaron, como cuando Piñera dijo que en veinte días se había hecho lo que no en veinte años, al inicio de su primer gobierno.

¿Dónde está, entonces, la clave para entender la elección del 19 de diciembre, supuestamente construida desde los opuestos, cuando lo que hacen los candidatos del balotaje es intentar morigerar sus discursos y acercarse a las ideas de los programas más moderados de la primera vuelta?

Sin duda nuestro proceso de modernización ha dejado mucha postergación en el camino, son muchos los temas pendientes en nuestro derrotero político y social. El crecimiento no vino aparejado de mayor justicia social relativa, las desigualdades aumentaron, y pese a los discursos grandilocuentes de uno y otro lado, el país desarrollado que se anunciaba en cada campaña en realidad pareció ser un espejismo útil para las pancartas y las evaluaciones propagandísticas. Ese supuesto estado de desarrollo se alejaba cada día más dada la estructura social de nuestro país que ni siquiera alcanzaba a corregir una amplia cobertura en la educación escolar y superior. Muchos de nuestros males, sin duda, provienen de una educación pública destruida por una pésima gestión y de una incapacidad de generar oportunidades a los jóvenes. La delincuencia y el narcotráfico en las poblaciones provienen de ese problema y la solución, por cierto, en el largo plazo, no puede ser solo policial.

Pero como nunca la clase política, ensimismada en sus propios intereses, dejó de ver lo esencial, más importante era proteger a su gente instalada en cargos públicos sin importar sus deplorables gestiones, o buscar entre los rostros de la televisión y el espectáculo candidatos que pudieran asegurar votos en desmedro de una cierta ética partidaria y distante de las ideas fundacionales de la respectiva tienda política.

En democracia somos nosotros quienes elegimos a nuestros políticos, es cierto, por eso tenemos lo que nos merecemos, y por eso también somos finalmente responsables. Sin embargo, la responsabilidad principal la tienen los representantes de la ciudadanía electos y mandatados para ejercer liderazgos e interpretar mejor los avatares de nuestra vida y convivencia. En eso fallamos y en eso han fallado.

El derrotero de este 19 de diciembre nos obliga a actuar con responsabilidad, y a los candidatos pedirles escuchar genuinamente, no solo a sus huestes maximalistas, sino a la ciudadanía que mayoritariamente quiere paz y democracia al mismo tiempo que reformas profundas de un país tensionado por sus propios errores, su propia soberbia y su propia desidia.

21/11

El estallido social y la creciente demanda de cambios exigidos por la ciudadanía derivó en el entusiasmo de algunos sectores más ultras que creyeron tener un cheque en blanco para borrar todo lo bueno que había hecho el país; pensaron que queríamos un momento revolucionario y por eso aparecieron las arrogancias políticas y el discurso maximalista de cambiarlo todo, muchas veces relativizando la democracia y sin condenar la violencia, dándole a la derecha argumentos para maquinar la consabida campaña del terror.

El amplio triunfo del Apruebo los empinó a la soberbia mientras que la ex Concertación no quiso defender los mejores años de nuestra democracia y de paso fue incapaz de generar un bloque de centroizquierda que garantizara en el futuro un gobierno de transformaciones profundas con gobernabilidad y paz cívica como antídoto eficaz contra el populismo y el autoritarismo.

El poder del anillo

Karina Oliva

Pareciera cierto que finalmente cada hombre (y mujer) tiene su precio, ni los espíritus más santos ni las voluntades más éticas son capaces de sucumbir ante el poder del dinero, el dinero para el poder, y aprovechar la oportunidad para sacar ventajas. La historia se remonta a la propia evolución del hombre, con un desarrollo de la sociedad corrompido por la soberbia infinita, el poder, el pan, el oro y el dinero; lo relatan las sagas míticas del medioevo, el oro del Rin, los Nibelungos, Odín y el Sigfrido muerto, como símbolo del triunfo del mal; el boato de las iglesias, los altares del barroco; el lujo de los palacetes de gobierno, la desproporción en los sueldos de los privilegiados, la riqueza amasada a costa de la gente

Guerras por territorios, por minerales preciosos y por el agua; conflictos por la posesión de los mares, la propiedad de los esclavos, el monopolio del comercio y los privilegios de los poderosos, son producto de las irrefrenables ambiciones de los espíritus rotos por el egoísmo, por la incapacidad de ver en el otro, sobre todo en el desvalido, a un igual. En la política, a veces los que más pontifican contra los corruptos, son los mismos que ahora, en su reemplazo asumen los vicios de la lujuria del poder; apenas surge la posibilidad, ahí están: tirando las manos, recogiendo favores, negociando privilegios, desplegando la codicia, instalando insignias en la solapa, escudos bronceados en los parabrisas del auto. La codicia envilece, transforma los espíritus, pudre las ideas y nubla la conciencia.

La política como un botín, los jueces de Rancagua, el director de la Policía de Investigaciones, los mandamases de Carabineros, el senador de Tarapacá, el séquito municipal de la alcaldesa de Viña, con el beneplácito de sus propios colaboradores, cuando el robo era vox pópuli y la desidia extrema, el alcalde de San Ramón enrevesado de delincuentes y narcotraficantes; y ahora, la ex candidata a gobernadora por Santiago, tratando de justificar 137 millones de pesos en honorarios que se llevaron 7 personas de su comando en cuatro meses.

Sigo pensando que la política debe ennoblecer la cosa pública, la inmensa mayoría de quienes trabajan en ella -me parece- son personas probas; sin embargo, cuando advertimos cómo la tentación del poder y el dinero corrompe, debemos ser claros en la denuncia y la sanción; profundizar una legislación que sancione con dureza los abusos de los políticos, de los servidores públicos y de los empresarios. Y como si fuera poco, el juicio moral es siempre más blando proviniendo del propio sector del acusado y durísimo, respecto de los adversarios, lo que transforma en responsables cómplices a aquellos que no son capaces de juzgar con independencia, y que más temprano que tarde terminan relativizando el tamaño de la viga en su propio ojo en vez de la paja en el ajeno.

He de esperar que las sortijas doradas del deseo y el egoísmo de la Tierra Media dejen de encandilar las fragilidades de las conciencias de quienes, se supone, deben estar a la altura moral que la ciudadanía exige.

La papeleta del domingo

De ser ciertas las encuestas, nos enfrentamos a un escenario electoral inédito en nuestra Historia; como nunca enfrentamos una gran dispersión de votos, incertidumbre mayor en quiénes serán los que pasen a segunda vuelta,  bloques políticos tradicionales desplazados por un electorado líquido;  paradigmas diluidos en una confusa amalgama de ideas, muchas de ellas más populistas que populares, irreflexivas y leves, y como si fuera poco, un candidato de la derecha más conservadora, tributaria de la dictadura, aparece liderando las mediciones, rompiendo incluso la lógica del porcentaje de aquellos que votaron rechazar una nueva Constitución.

¿Cómo se entiende?

¿Qué hay detrás de este escenario?

Profundizar en un análisis político a partir de las encuestas, sobre todo considerando lo perdidas que han estado en los últimos años, me parece un despropósito; pero sí intentar entender qué pasa con nuestra alicaída democracia, con nuestra deteriorada convivencia social y con el maximalismo político que amenaza un creciente populismo conservador, que con algo de desafección veíamos a distancia en los EE.UU. de Trump o en el Brasil de Bolsonaro.

Como señal, lo más curioso es constatar la normalización que una candidatura como la de José Antonio Kast genera en los medios y en las personas, que muchas veces sin entender el fondo de los procesos históricos, con facilidad reinterpretan la realidad con un facilismo peligroso. En lo personal, y es arriesgado decirlo, no me resulta posible que un candidato como Kast, representando lo que representa, tenga posibilidades de pasar a una segunda vuelta.

¿Por qué?

Porque el 80% de los chilenos votó aprobar una nueva Constitución, y por mucho que Kast haya morigerado su relato político en la campaña, aunque desnudado y contradicho en los últimos días de debates y entrevistas, representa fielmente precisamente al sector del país más duro que votó Rechazo en el plebiscito constituyente. Pero bueno, sabemos que ambas son elecciones distintas, y que no necesariamente un momento es el mismo que el otro, lo que de alguna manera nos sirve para explicar también el fenómeno de las elecciones de Bachelet 2 y Piñera 2 tras los gobiernos precisamente de sus opuestos.

¿Cambió el electorado de un día a otro, se izquierdizó el electorado cuando votó Bachelet, se derechizó el país cuando votó por Piñera?

Entonces los comandos sacaron cuentas alegres y pretendieron construir respectivamente un relato desde esa lógica, que los triunfos del bacheletismo o del piñerismo simbolizaban por un lado que la ciudadanía sólo prefería un modelo de sociedad inspirado en el “ejemplo del compañero Allende” o el neoliberalismo a ultranza que garantice “una sociedad libre, que apueste al crecimiento y a la libre competencia que genere riqueza”, si me permiten la caricatura para explicar a qué me refiero. Mucha de esa lógica aún subsiste en nuestra clase política, también en los independientes que irrumpieron en la constituyente, tratando de enarbolar banderas excluyentes de patrones sociales más bien anclados en relatos propios de la Guerra Fría más que en una comprensión llena de matices que supone analizar en profundidad la verdaderas y variadas demandas de la gente, las ideas que hoy circulan entre las personas en medio de una sociedad en proceso de cambios.

Se equivocan quienes insisten en entender la política desde las ideologías, al menos desde las ideologías clásicas con la que las potencias de la posguerra se disputaron el mundo, lo dije en su momento y lo repito ahora. El voto en los últimos tiempos ha servido más para vetar que para elegir, y probablemente la ciudadanía tiene más claro lo que quiere que la clase política en comprenderlo.

La elección

Si Kast pasara a segunda vuelta sería porque uno de los siguientes escenarios se ha dado:

  1. Gente que votó por una nueva Constitución está dispuesta a votar por la derecha más conservadora;
  2. La candidatura de Kast hará que vaya a votar más gente que la que votó en la constituyente, despertará las fuerzas ocultas de la derecha más dura;
  3. No todos quienes salieron a las calles a manifestarse tras el 18/10 o votaron apruebo necesariamente votaron en contra de un sistema político, o en contra de los 30 años de Concertación o en contra del “Modelo”, sino que habrían salido a manifestarse por una serie de insatisfacciones propias de la modernidad, con una gran diversidad de demandas no sólo políticas ni institucionales, en un país altamente segregado y desigual, con falta de oportunidades, lo que nos haría concluir que habría sido un error pensar que el voto del Apruebo era una señal monolítica, que de podía sintetizar en un relato único, unidireccional, capitalizado sólo de un partido político o sector.

La verdad es que los dos primeros escenarios no tienen por si solos la fuerza para determinar un cambio tan drástico en el electorado, pero si el tercero, que de alguna manera es la tesis de Carlos Peña, que con el tiempo adquiere más sentido, y repite un poco la esquizofrenia de la clase política que cree que el voto recibido es una preferencia definitiva a una clase de sociedad excluyente de la otra, lo que por cierto no es así.

La candidatura de José Antonio Kast, más allá de que su campaña sea dirigida desde los poderes fácticos, pavimentada con la simpatía de los medios de comunicación tradicionales y soportada por las encuestas construidas desde su entorno, a mi juicio capitaliza con cierta habilidad, parte de los errores no forzados de algunos sectores ultra ideologizados que confundidos en el entusiasmo del estallido social, han intentado reducir el proceso a un eslogan sin ser capaces de enfrentar el análisis desde la complejidad y profundidad que la situación amerita. Algunos, yendo más lejos, sucumben ante las encuestas o la voz de la calle interpretando el momento histórico con un razonamiento mesiánico. Lo que a muchos le asusta.

Pero sin duda, en muchos aspectos, un eventual triunfo del candidato del Frente Social Cristiano, sería un grave retroceso para el país. No se trata sólo de su adscripción a la dictadura, de su conservadorismo religioso decimonónico, de su mirada frente al tema medioambiental; no se trata sólo de su sensibilidad discriminatoria frente a las orientaciones sexuales, los inmigrantes o los pueblos originarios sino especialmente, por su discurso que relativiza los atropellos a los DD.HH. ocurridos en dictadura o pone un manto de duda respecto de los crímenes de militares como Krassnoff. Cuando todo el país va en una dirección, la candidatura del hermano de fallecido ministro de Odeplan del régimen militar pareciera atrincherarse en un modelo excluyente, intolerante y autoritario, que por lejos es lo que los chilenos queremos superar.

Por lo anterior es que creo que en la víspera de la elección, la derecha democrática preferirá apoyar a Sichel, que me parece representa una derecha honesta con voluntad de cambio. Si logra vencer a Kast, podríamos tener a Boric o Provoste compitiendo con él en el balotaje, aunque no descarto en absoluto, y no debería extrañar a nadie a la luz de un comportamiento electoral lógico, que los candidatos de Apruebo Dignidad y Nuevo Pacto Social sean los que pasen a segunda vuelta.

Como fuere, la posibilidad de que la derecha vuelva a ser gobierno parece muy remota, lo que supondría una renovación profunda del sector. Y si la actual oposición logra superar los atavismos populistas y pueda aglutinar las fuerzas democráticas de centro y centro izquierda sacudiéndose de los viejos ideologismos trasnochados, será posible mirar el futuro del país con un renovado optimismo que se construye no sólo esperando sentado frente al televisor sino yendo a votar y participando con fervor por los cambios que nuestra sociedad requiere. El trabajo no es sólo de quienes estarán en la papeleta este domingo sino de todos nosotros y de nuestro compromiso con la democracia y la paz.

El lugar de todos los chilenos

Las efemérides son apenas una excusa. Solo una fecha que sirve para la memoria. Por eso hay que mantener cierta distancia con ellas, una necesaria desconfianza. Los hechos recordados son siempre distintos a lo que se construye sobre ellos. Años, décadas, siglos después, son apenas el vestigio interesado de lo que algunos han logrado construir tras el paso del tiempo. Historiadores, gobernantes, fanáticos de uno u otro lado, la tradición oral, el mito popular, levantan una entelequia sobre la cual se yergue la identidad de un pueblo y a veces se escribe la Historia oficial.

Los próceres no son sino la imagen de los frescos realizados por los pintores del siglo XIX; los relatos históricos, el de los ganadores de las batallas; las arengas y los relatos, una delicada redacción a posteriori en el gabinete de un gobierno pelucón o pipiolo; los hechos narrados, apenas el remedo simplón de acontecimientos complejos y matizados. Por eso a veces hay que desconfiar de una simple efeméride, que con su iconografía oculta aspectos esenciales para comprender nuestra historia y profundizar los alcances precisos del derrotero de un pueblo, una nación y una ciudadanía.

Sabemos que el simbolismo de la primavera fue decisivo en la instalación de estas fechas de septiembre como señal de la independencia, se decidió por el año 1837 que nuestras celebraciones patrias se establecerían en estos ventosos días de septiembre en que las temperaturas eran más amables y la metáfora de los aromos en flor en los bordes del camino mejor expresaban los designios de una patria independiente. Atrás quedaban los doce de febrero con el recuerdo aún fresco de Chacabuco, atrás los cinco de abril del triunfo definitivo en Maipú, los tiempos de vendimia y la aproximación de Semana Santa no eran fechas propicias para las chinganas y las fondas allende el Mapocho, en cambio sí septiembre, el mes indicado para celebrar una independencia que en realidad no fue.

Las efemérides son una excusa, una buena excusa para recordar lo que hemos sido, pero sobre todo lo que queremos ser: delinear el destino común de un pueblo unido por ese destino común. Un destino común que nos dé sentido, un destino común que nos convoque sinceramente. Sí, recordar la Historia patria sirve, debe servir, para vencer los prejuicios y buscar la verdad, aquella que más allá de los intereses particulares y excluyentes, nos permita comprender que el país es nuestro futuro y el futuro el lugar de todos los chilenos.