El por qué de una nueva Constitución

Algunos me preguntaban por qué tanta gente, quizás la mayoría -por lo visto en estos 10 días de crisis social-, casi toda la oposición y ahora, al parecer, también sectores de RN e incluso de gobierno que se han abierto a explorar, quieren o creen conveniente la discusión acerca de iniciar un proceso para redactar una nueva Constitución.

Me pareció un desafío interesante intentar resumir en pocas líneas y en forma muy simple una respuesta de cuenta de esa inquietud, aclaro que sin ser experto en la materia y tener una posición personal al respecto, intentaré argumentar con el máximo de altura de miras:

En general me parece que en lo esencial los partidarios de una nueva Constitución han dado tres tipos de argumentos a su favor, argumentos que yo comparto plenamente:

  1. Debemos cambiar de manera fundamental nuestro ‘modelo’ socioeconómico (pasando, por ejemplo, de un Estado ‘subsidiario’ a un Estado ‘social y de derecho’);
  2. Debemos cambiar las reglas fundamentales de nuestra democracia, por ejemplo, eliminando los súper-quórums, reconociendo derechos y/o autonomías indígenas, o descentralizando territorialmente el poder, el régimen político por ejemplo a uno semi-presidencial o parlamentario, por ejemplo, etcétera; y
  3. Porque una nueva Constitución así, y quizás sólo si se realiza mediante una Asamblea Constituyente, podrá solucionar la crisis de legitimidad y representación que afecta a nuestra política.

Lo de la “crisis de legitimidad” es clave, ya que el sólo hecho que el pacto social puesto en la Constitución no sea representativo de las mayorías, hace que el Estado de Derecho vigente, aunque formalmente válido, no tenga respaldo de la ciudadanía. Lo anteriormente descrito no son sino las razones centrales, la justificación filosófica que puede inspirar el cambio, pero es obvio que en su articulado habrá que discutir ampliamente qué elementos debemos incorporar o cuáles sacar del actual texto legal. El solo hecho de iniciar un proceso deliberativo y participativo genera la legitimidad que se anda buscando, incluso más allá de su contenido. Ese proceso nunca se ha hecho en Chile, las constituciones, desde los primeros ensayos de José Miguel Carrera en 1811 o 1812, no me acuerdo, hasta la de 1925 o 1980, han sido hechas y redactadas entre 4 paredes, por un grupito de “iluminados” provenientes desde la oligarquía (a veces con el apoyo de las FFAA), es decir, a espaldas de la gente, constituciones autoritarias y no democráticas que más bien representaron el interés de una inmensa minoría. Gran parte de nuestra historia republicana está atravesada por esa falta de participación, por la falaz tensión provocada entre la democracia y el orden.

Entrar más en detalle puede ser una lata, pero unas notas acerca de qué significa por ejemplo, que el estado pase de ser “subsidiario” a “social o de derecho”. Hoy el estado subsidiario debe resolver “sólo” lo que el mercado no resuelve; lo que a la luz de la evidencia, es insuficiente, porque el mercado finalmente en realidad resuelve las necesidades sólo de una minoría y la gran mayoría de sectores medios y pobres deben ser atendidos por el estado, y como es una gran mayoría, el estado no tiene los recursos necesarios para hacerlo, hacerlo bien, con dignidad y oportunidad. Un estado social, en cambio, significa que sin dejar de existir el mercado, el estado pueda asumir la responsabilidad central y obligatoria de satisfacer las necesidades básicas de la ciudadanía, y si hay gente que prefiere algo privado, pues bien, que haya un sector privado que exista y las atienda.

Hoy hablaba con una sobrina que vive en Londres y que tiene pocas semanas de embarazo; me contaba que allá la salud es pública, de calidad, que el estado tiene como misión principal satisfacer a todos sus necesidades básicas: salud, educación, vivienda, infraestructura y cultura, etcétera. En general en casi todos los países desarrollados, incluso en EE.UU. (aunque en menor medida porque estos últimos años ha habido una involución) tienen un modelo social de mercado donde el estado tiene un rol principal, por cierto sin dejar de lado el estímulo a la inversión privada y el rol de las empresas en el aparato productivo, aunque con reglas claras y fuerte fiscalización.

En Chile pasa exactamente lo contrario, incluso el modelo impuesto desde los años 80 por la dictadura, mantenido por la Concertación y levemente modificado por la Nueva Mayoría (respecto al rol desempeñado por la Concertación y la Nueva Mayoría evidentemente que habría que profundizar ya que estos períodos admiten muchos matices), es un modelo que podríamos llamar “neoliberal” aplicado en extremo, es decir, la iniciativa social está centrada básicamente en el mercado como asignador de recursos, e incluso con empresas de servicio privadas como destinatarias de subsidio estatal para atender las necesidades de la gente. El chileno es casi un caso único en el mundo.

Es cierto que el “modelo” ha permitido que el país crezca básicamente por iniciativa de la inversión privada y eso ha permitido aumentar el producto del país (el sueldo de los chilenos), pero ese crecimiento ha sido desigual. Los más pobres mejoraron, pero poco, aumentó su capacidad de consumo pero no su movilidad social. A la primera crisis o unos meses de cesantía, significa para un trabajador de clase media emergente volver a la pobreza. Asimismo, como el crecimiento ha sido tan desigual, por mucho que sectores bajos crezcan y mejoren su bienestar levemente advierten que hay un sector que sin embargo goza con mucha rapidez de todos los beneficios. O sea, los pobres mejorar lentamente sus niveles de consumo, porque los accesos a servicios se mantienen deteriorados, y al mismo tiempo, los sectores altos, minoritarios muestran un nivel de riqueza propia de países ultra desarrollados, y muchas veces con colusión, abusos, duopolios y corrupción, sumadas a señales clasistas de parte de la clase dirigencial (frases desubicadas de los ministros Mañalich, Larraín, Valente, Fontaine, etcétera) que terminan indignando a la población.

Algunos dicen que el Estado no tiene plata para satisfacer esas necesidades. Pero si, el país tiene, pero está en manos de unos pocos. Sin disminuir la inversión privada ni menos atentar contra la propiedad (como advierten mañosamente algunos) es posible una reforma de impuestos de tal manera que los ricos (o las empresas) no tengan las ganancias o utilidades actuales y pueda generarse una situación de mejor distribución de recursos. La mejor demostración de que es posible, es la decisión voluntaria de Luksic de establecer como sueldo mínimo a sus trabajadores $ 500.000.-, es decir, pudo decidir subir desde los $ 300.000.- un 66% el sueldo a los trabajadores que ganan el mínimo legal, una decisión a la que hoy están abiertos los empresarios y que la parecer no era tan difícil de asumir. Es cierto que las Pymes quizás no puedan hacerlo, pero es allí donde se deberían destinar los recursos del estado. Éste es sólo un ejemplo porque la equidad pasa por muchos otros aspectos mucho más importantes y que con la actual constitución no es posible hacerlo. Por si no saben, Luksic es dueño del Banco de Chile (principal banco del país), empresas mineras, CCU, Watts, madereras, Canal 13, entre otras empresas.

¿Por qué es difícil cambiar la constitución?, bueno la principal razón es que tiene unos quórums altísimos para ser modificada, es decir está hecha para que la voluntad democrática tenga muchos problemas en modificarla, lo que la hace aún más autoritaria. Pero además porque hay un sector en la derecha, autoritario, el que sostuvo a Pinochet y redactó la Constitución del 80, y que hoy estando en el gobierno se oponen a cambiar el statu quo. Ese grupo le tiene mucho temor a la democracia, al menos a la democracia liberal. Por eso es clave la presión social. Ese sector, en el plebiscito del 1988 donde se definía si volvíamos a la democracia o seguíamos con Pinochet por 8 años más, votó que “SI”, es decir sí querían que Pinochet siguiera gobernando tras 17 años de dictadura; afortunadamente para el país, perdieron; ganó el “No” y volvimos a la democracia, democracia amarrada por Pinochet, con sesgos autoritarios, pero ganó la democracia, y no sin dificultades. Se hicieron las reformas necesarias a la Constitución que se pudo, para que se pudiera gobernar mínimamente sin interferencia militar. Eso se logró; visto desde hoy un pequeño triunfo, pero visto en su momento, en el contexto que vivía Chile, en los estertores de la Guerra Fría, un gran triunfo.

Octubre en llamas

Hemos presenciado jornadas lamentables y dolorosas. Pero no es sorpresa. Por décadas hemos normalizado que las barras bravas antes o después de cada partido de alta convocatoria, destrocen paraderos y arrasen locales comerciales, que en ciertas poblaciones las pandillas de narcos o lumpen se apoderen de las calles sin posibilidad de control por parte del estado, hemos dicho “jóvenes drogadictos y marginales” distantes de los tranquilos barrios del oriente de Santiago, alejados de las calles por las que transitamos. El Chile dividido profundizó realidades distintas, opuestas y contradictorias, una apenas se daba cuenta de la otra; sus lugares de compra, sus escuelas, sus destinos de vacaciones no son los de los otros, los suyos y los nuestros; sus hijos no van a la escuela de los nuestros, su paisaje no tiene los jardines y parques de nuestras casas; apenas los distinguimos en la tele asociados generalmente a crímenes o tráfico de drogas; a pesar de que sabemos que nuestras nanas vienen de ahí y que demoran dos horas para llegar a trabajar a nuestras casas, nos hacemos los lesos. Llegan a cuidar a nuestros hijos, dejando los propios en manos de vecinos, al cuidado de una escuela vulnerable.

Normalizamos un Chile pujante, ajaguarado, un verdadero tigre conectado con las economías del mundo, en 10 años íbamos a ser un país desarrollado preconizaba el presidente en 11 de marzo de 2010, un país lleno de indicadores positivos que brillan en las pantallas de las presentaciones de ENADE en Casa Piedra, pero que ocultaban el hecho de que esa misma modernización capitalista llegaba a la gente a desigual velocidad y estándar dependiendo de sus apellidos o lugares donde vivían. Las clases emergentes van a los centros comerciales a consumir y endeudarse beneficiándose de un frágil bienestar, mientras que los menos, los elegidos, los afortunados, el mismísimo 0,5% de la población pueden gozar un estándar de vida similar al de los más favorecidos de los países desarrollados. Como si el país real fuera el que a diario se ve en televisión con un bombardeo de estímulos, el llamado a una pulsión por escalar socialmente a punta de consumo y apariencias, vacacionando en un resort o vistiéndose con las más caras de las marcas. Exaltamos el tamaño del televisor y la renovación del auto pero no el ahorro, la innovación la tecnología ni el emprendimiento.

Indignados pacíficos, clases medias movilizadas, sectores ultra, anarquistas, violentistas, delincuentes y lumpen, todos son parte, hijos, producto de un mismo sistema. Es cierto, el bandidaje, la pillería, el robo y el saqueo son inaceptables, y hay que combatirlos con eficacia; eficacia que por cierto, el gobierno no ha tenido, violencia que es consustancial y coherente con la normalización que nuestro sistema político ha dado a las mismas barras bravas o pandillas que se toman las villas en el día del joven combatiente. Qué nos extraña, es lamentable, porque los criamos entonces y ahora les saca los ojos al país, y pareciera que la única alternativa ahora fuera reprimirlos.

¿Todo esto es nuevo? ¿No nos habíamos dado cuenta? ¿Creíamos que eran hechos aislados? Cualquiera sea la respuesta, ella habla de que nuestro régimen democrático, que apostó sólo al orden y al crecimiento en el centro de las preocupaciones públicas, en desmedro de la participación y la justicia social, ha fracasado. Las responsabilidades son transversales, desde una concertación acomodada en los mullidos sofás del poder hasta una derecha atrincherada en un sistema que defiende sus propios intereses institucionales y corporativos, pasando por circunstanciales movimientos populistas, afortunadamente sin importancia, o de una izquierda popular reminiscente de un sistema fracasado que tiene sus últimos estertores en un régimen corrupto y autoritario como el venezolano.

Todo esto produce confusión, estamos todos anonadados, no sabemos qué hacer, en las redes sociales salen los espíritus más agresivos, cualquier reivindicación parece obligatoria; no hay filtro, sólo gritos y consignas, hay rabia y violencia en las conversaciones, desgraciadamente también en la vía pública; los llamados a la paz parecen caer en el vacío, mientras el relato del gobierno es decirnos que estamos en una guerra. Que descriterio qué torpeza.

Sin embargo es fundamental hoy restablecer el orden, será difícil retirar a los militares de las calles ahora. Hubiera preferido una acción más decidida de carabineros en los momentos iniciales. Pero eso ya no fue. Pero una vez el orden restablecido es fundamental un cambio en el relato del gobierno; en primer lugar, humildad, reconocer que este movimiento es una inflexión profunda de nuestra política. El gabinete debe poner su cargo a disposición del presidente dadas la pésima gestión de sus ministros que dejaron de hacer (no tener la inteligencia para advertir lo que pasaba) o hicieron mal las tareas que constitucionalmente le corresponde hacer, como por ejemplo, mantener el orden público. En ese sentido quizás lo único que explica de Chadwick se mantenga en el gabinete, es que esperarán que pase la crisis, aunque me temo, con él en Interior, que esta crisis tiende a agudizarse.

Chadwick, Espina, Cubillos, Monckeberg han tenido un desempeño de la crisis paupérrimo, lo que además ha sido acompañado por un lamentable despliegue comunicacional, baste con analizar las últimas intervenciones, incluso del propio presidente para encender aún más el fuego, la indignación de los moderados y qué decir de la furia de los exaltados mezclados con delincuentes y desadaptados, que encuentran en esas palabras el espacio preciso para seguir saqueando.

Sin embargo, un gobierno de unidad nacional no puede ser solo un discurso, invitar al gabinete a personas de privado prestigio, dispuestos a revisar nuestra institucionalidad desde la institucionalidad, se exigirá grandeza a la clase política, cuando esta ya no cuenta con un crédito mayor entre la ciudadanía.

De más está decir que no es solo el alza del metro, como no lo será en pocas semanas más, el de la luz; transporte, luz, AFP, isapres, colusiones, corrupción, son solo parte visible de un país fundado en la injusticia. Por mucho tiempo hubo gente que advirtió que era posible crecer con equidad, se dijo, se propusieron reformas, se pidiò un proceso constituyente, es cuestión de leer los diarios de la época, está lleno de columnas, libros, opiniones y entrevistas de personas cercanas o lejanas a la política que advirtieron la necesidad de construir una democracia más justa, pero siempre más allá de las responsabilidades por acción u omisión, de uno u otro, hubo en sector recalcitrante no dispuesto a ceder en nada a ningún cambio que afectara su statu quo, qué decir un cambio a la institucionalidad.

Un gobierno de unidad debe proponer las reformas necesarias para mejorar nuestra democracia y aquello pasa por redactar una nueva constitución, una institucionalidad que refleje los intereses de todos los chilenos, buscando los mecanismos que nos permitan en el corto plazo fijar una agenda de trabajo para avanzar en esa dirección. No hacerlo arriesga pavimentar el camino a los populismos como antesala del autoritarismo e incluso la dictadura, ejemplos sobran: Ortega, Erdogan, Maduro, Duterte, incluso Trump o Johnson. El populismo es simple, solo la voz de la calle, sin filtro, sin reflexión, es matonesco, en cambio lo institucional es la ley y la democracia, que hoy desgraciadamente están en deuda, pero acaso eso valida la sinrazón?

Tenemos que elegir la democracia, no queda alternativa, es el único remedio para el populismo, pero tenemos que acelerar el ritmo, escuchar a la gente, pagar el precio que exige la justicia social, aunque a algunos les duela, es un momento histórico, de lo contrario será difícil mirar el futuro, y el futuro ya no hay espacio para seguir esperando, y quizás si algún día celebremos la crisis de este octubre como el de la verdadera independencia nacional.

La comarca del Rey Carmesí

Con los años se convirtieron en una especie de monstruo mitológico. Lo que en su momento fue una banda de rock más de la escena británica, su propio afán de innovación los llevó, quizás sin darse cuenta, a explorar los distintos rincones de la música contemporánea desde el rock and roll, el jazz y la avant garde, y convertirse en sí mismos en un movimiento propio, una escuela, un paradigma.

Inspirados en la contracultura de los años 60 y herederos de la tradición musical clásica del s. XX, Robert Fripp y sus circunstanciales amigos veinteañeros, emergieron en la escena del Rock como la banda única, inclasificable, camaleónica en la que se transformó tras medio siglo de existencia y teniendo como elemento común sólo la voluntad de estar siempre cambiando.

El miércoles, hace exactamente 50 años, King Crimson lanzaba en Londres su primer disco, “In the Court of the Crimson King”, que esbozaba con claridad los elementos esenciales de la marca Crimson que la banda desarrollaría en su carrera. Letras crípticas, a veces oscuras, crítica social y planetaria en el contexto de su época, temas largos que se desplazan con indiferencia entre el rock progresivo y le jazz fusión con utilización de instrumentos electrónicos y acústicos que otorgan a la banda una sonoridad inconfundible. La formación que hizo posible ese primer disco duró muy poco, como todas las alineaciones; otras voces y otros instrumentistas vinieron a dar forma a la banda para tomar una y otra vez un inédito relevo creativo incorporando efectos, orquestas de cámara, violines, saxofones y flautas; guitarras eléctricas, mellotrones y sintetizadores; bajos y contrabajos, percusiones varias, tarros y campanas intentando marcar un sello indeleble en la estructura rítmica. Sin ninguna concesión a las tendencias en boga ni menos guiños a los medios de comunicación, King Crimson se convirtió de a poco en una especie de mito entre los conocedores del rock inglés.

Discos imposibles de conseguir en Chile, ningún tema en las radios, la carencia absoluta de información en las revistas musicales de esta parte del continente no permitía ni siquiera poder memorizar sus alineaciones dada la pulsión por cambiar permanentemente a sus integrantes. Largos recesos creativos podrían haber afectado su relación con el público o incluso su propia existencia, sin embargo las audiencias, los seguidores incondicionales los hemos premiado por la vigencia de su modo de hacer música y la voluntad inquebrantable por transformarse en una especie de leviatán de la música progresiva, por ponerle una etiqueta que la verdad no explica absolutamente los caminos que recorre la banda.

Más tarde tocan por primera vez en Chile, lo que sin duda constituirà una fiesta de medio siglo de vida, que nos permitirá viajar sin duda por las profundidades de una época macerada por los cambios casi propios de una era geológica. En sus filas estará el mítico bajista Tony Levin interpretando ese palo con cuerdas como si fuera un pitecantropus con una herramienta mortal, el sacrosanto Mel Collins y sus vientos de madera y bronce, y por supuesto, Robert Fripp, refugiado discretamente tras esa apariencia de mago de la saga de Harry Potter en el rincón derecho del escenario, sentado entre dispositivos y amplificadores con su Gibson en ristre y las pedaleras dispuestas a entregar su variada paleta de colores. Tres bateristas guiando los hilos de la vida y la muerte de una banda inglesa que supo conducirse más allá del pop, vitalizándose con la sangre de los estilos musicales circunstanciales de las épocas de su vida.

Ahí estaremos, para celebrar estos años verde y rosa, graves y tenues, de bronces y arpegios, de sonatas y riffs, con la música a flor de piel y balanceándose cariñosa por los recónditos rincones del pensamiento y del espíritu, como los pliegues de la capa del Rey Carmesí, que por fin viene a compartir sus diatribas entre los esquivos súbditos de esta comarca.

La Independencia en nombres de pila (los antonios)

Hay episodios de la Historia que se callan y de callados se olvidan, por eso me parece oportuno en estas pocas líneas poder despertar el interés por su estudio en mayor profundidad.

“Dígase lo, que se quiera, hai acontecimientos inevitables. Pueden demorarse años, siglos quizá, pero al fin llegan. Más tarde o más temprano se verifican infaliblemente. El político más profundo no logra prevenirlos; el pueblo más poderoso es impotente para sofocarlos. Empléese la fuerza o la astucia, la espada o la léi, nada es capaz de evitar su estallido. Los códigos i los ejércitos son inútiles para contenerlos. Las medidas mejor ideadas, las precauciones de una refinada prudencia no tienen contra ellos más poder, que los cálculos de un niño”

Así parte el insigne historiador Miguel Luis Amunátegui dando cuenta en su libro de 1853 “La conspiración” de un importante hecho de la Historia de nuestro país, que por muchos es conocido apenas por el nombre de pila de los personajes involucrados, pero pocos por los alcances históricos que pudo tener de no haber sido frustrado por un error no forzado de los responsables, que dejaron a merced de las autoridades, el sofocar una revolución que pudo haber marcado el desarrollo de nuestra Independencia por carriles muy distintos a los que ya conocemos.

La historia

José Antonio de Rojas era un prominente hombre en el Chile de fines del s. XVIII, podría ser perfectamente uno de los héroes del panteón de los próceres de la Independencia; su hacienda, ubicada 10 leguas al norte de Santiago, reunía con alguna frecuencia a criollos y extranjeros que compartían la buena mesa, el mejor vino de Colchagua y, sobre todo, la amena e ilustrada conversación del anfitrión. De Rojas tenía un trato amable y culto, en su biblioteca contaba con numerosos ejemplares de libros traídos de sus viajes por Europa, sobre todo aquellos que daban cuenta de las nuevas ideas de la Ilustración. A pasar de ser tan temprana época, entre las firmes paredes de adobe de su lar, se respiraba aires emancipadores tras las noticias de la independencia de los estados de la unión del norte de América en 1776, y que en estas alejadas tierras del fin del mundo, despertaba en algunos espíritus rebeldes las esperanzas de un nuevo destino para su patria.

A diferencia de la situación que ocurría con las colonias sajonas, las sudamericanas eran sometidas a un régimen restrictivo y opresor. A pesar de ello, el sistema liberal de los ingleses no fue obstáculo para la independencia de esas colonias. El sistema tiránico de los castellanos aún lograba mantener la sumisión en sus establecimientos coloniales por lo que, de acuerdo a los que plantea Amunátegui en el libro citado, la emancipación parecía inevitable.

Los gobernadores de turno puestos por el soberano desde la península no hacían sino tratar a los criollos casi como a siervos, como a “seres de una casta degradada”, lo que resultaba indignante para aquellos que con mayor cultura y educación, comprendían que si había cambiado el paradigma en el norte era menester hacerlo también en esta parte del mundo.

En algunas de esas reuniones, regadas de buen vino y exquisitos platos, coincidieron con don José Antonio, los franceses Antoine Gramuset, que se había avecindado en el país en 1764, y Antoine Berney, un entusiasta lector de la Enciclopedia, profesor de latín y matemáticas, que llegó a Chile desde las provincias de la Plata en 1776. La condición del dueño de casa, que contaba con una sólida situación y gran reputación entre la aristocracia colonial, no era la misma que la de los otros dos antonios que habían tenido una suerte esquiva en la Capitanía General.

Como en los personajes del romanticismo, que en esos años comenzaba a perfilarse como el paradigma de la literatura y el arte, Gramuset y Berney representaban todos los ideales de la libertad, buscando en una empresa heroica, el reconocimiento y quizás hasta la inmortalidad. Antonio Gramuset era un aventurero, había probado todos los oficios, recorrido todas las tierras, emprendido todos los negocios; buscó oro, riquezas, poder y prestigio. Como buen aventurero, era entusiasta de sus proyectos, era extremadamente confiado en sus capacidades y no pensaba mucho en los riesgos. Bordeando los 40 y acercándose a la vejez, comprendió que para encontrar la trascendencia que tanto anhelaba, debería emprender un nuevo desafío, quizás el definitivo, el que lo llenaría de gloria. Antonio Berney en cambio, era un intelectual: poeta, profesor de literatura y matemáticas; había estudiado latín y en profundidad había conocido las obras de Virgilio; llegó a Chile para emplearse como profesor en un colegio carolino, incluso exploró la posibilidad de ordenarse sacerdote, sin embargo creía que la relación con Dios debía ser directa, no entendía mucho las formalidades del clero y no compartía las visiones monárquicas de la Iglesia. Quizás sin darse cuenta, se trataba más bien de un libre pensador, lo que sin duda dificultaría encontrar trabajo en estas comarcas que por entonces no se  veía con buenos ojos a los trabajadores con aquellas características  personales.

En 1780 Gramuset y Berney, los dos antonios comenzaron de a poco a urdir en los salones de la hacienda de Rojas un plan que cambiaría definitivamente el destino de Chile, un ardid que haría del país una república independiente, una patria nueva separada absolutamente del paradigma monárquico español abrazando ideas nuevas que dieran una nueva identidad a los habitantes de esta tierra.

Para las colonias españolas del s. XVIII, la conspiración de los tres antonios sería la antesala de un movimiento revolucionario inédito, que instalaría en el país una institucionalidad que anticipaba en décadas, incluso en siglos, el derrotero institucional de nuestras repúblicas independientes, que a pesar de la sangre derramada y de los incompletos procesos independentistas forjados desde la segunda década del s. XIX aún están pendientes.

El documento preparado por los Tres Antonios planteaba la instalación de un régimen republicano, con separación de poderes y democracia liberal; la inmediata abolición de  la esclavitud y de la pena de muerte; la desaparición de las jerarquías sociales; una inédita reforma agraria que redistribuiría la tierra, repartiéndola en lotes iguales entre todos los chilenos; el régimen monárquico sería sustituido por el modelo republicano; el gobierno sería asumido por un cuerpo colegiado, que se trataría del Senado y las elecciones serían a través del voto, según el principio de soberanía popular. Incluso –planeaban en su memorando- podrían votar los indígenas; luego, se formaría un ejército profesional, se fortificarían las fronteras y costas, no para promover la guerra con los demás países sino sólo para “hacerse respetar”, y se implementaría la libertad de comercio “incluso con los chinos y los negros”, como relata Diego Barros Arana en su “Historia General de Chile”

Aunaron esfuerzos y voluntades. Al principio, Berney estaba inseguro. Las ideas de la revuelta lo entusiasmaban tanto como a Gramuset, pero carecía del espíritu desafiante de su amigo, él en cambio, era más reflexivo y hasta entonces sólo soñaba con la libertad de la literatura. Cuando José Antonio Rojas respaldó el plan comprometiendo a muchos de sus influyentes amigos, Berney terminó por dar el sí.

Así Rojas llamó uno por uno a sus cercanos y amigos de confianza. Primero al limeño José Manuel Orejuela que comprometió a sus soldados; luego fue el capitán Francisco de Borja Araos, jefe de la guarnición de Valparaíso, el que se sumaba al complot; Agustín Larraín con sus milicias; incluso el mismísimo Mateo de Toro y Zambrano, conde de la Conquista, resentido por los malos tratos recibidos por el gobierno del Reino. Los distinguidos vecinos, valientes capitanes y nobles ciudadanos que se embarcaban en el plan ilusionaban a los antonios ya convencidos por anticipado del éxito del movimiento. Gramuset se imaginaba conquistando la Ciudad de Los Césares en la Patagonia, Berney fantaseaba con poner en práctica los ideales emanados de sus lecturas y Rojas en liderar una revolución que instalaría la segunda democracia liberal de América.

Todos y cada uno tenía sus propios motivos para odiar a los godos, resentir con decisión el gobierno autoritario y abusivo de Carlos III y el de sus sátrapas de Lima o Santiago al mando de las arbitrariedades de la  Capitanía General. Los entusiasmos aumentaban y los nombres y apellidos de distinguidos vecinos se fueron adhiriendo con discreción. La conspiración se iba encendiendo lentamente pero en secreto, nadie sabía quién más estaba en el plan, quiénes abrazaban la causa. Los franceses sentían el apoyo de parte de la nobleza criolla y la certeza del triunfo invadía sus sueños.

Sin embargo, un desgraciado error echó por tierra los planes en un santiamén.

Epílogo

Los historiadores no son definitivos en cómo fue que sucedió. Lo claro es que el no muy reputado abogado Mariano Pérez de Saravia y Borante llevó a las autoridades el plan de los conspiradores. Quizás Berney extravió el documento al caer de las alforjas del caballo entre la hacienda de Rojas y la capital, o Gramuset que, sintiéndose sobre seguro, compartió el secreto con el inoportuno interlocutor. Si bien, Pérez de Saravia no gozaba de la simpatía del gobernador, la acusación era lo bastante grave para no ser considerada. Para no levantar sospechas ni menos revuelo entre los vecinos, y con el objeto quizás de no anticipar una revuelta, las tropas españolas detuvieron en silencio a los antonios responsables del complot. Era el primer día de enero de 1780. A los franceses los enviaron rápidamente a Lima y a Rojas dada su posición social, sólo lo detuvieron unos días para amedrentarlo.

El plan había sido frustrado.

Berney y Gramuset fueron posteriormente enviados a España para ser juzgados, sin embargo su embarcación naufragó en el Atlántico. El primero murió ahogado, y el segundo, luego de ser rescatado, murió poco tiempo después en la península. José Antonio de Rojas siguió con sus tertulias patriotas, aprovechándose de su posición y contactos fue tratado con guante de seda, pero nuevamente fue apresado en 1808 y exiliado a Juan Fernández, pero esa ya es otra historia.

Es probable que este sabroso episodio de la Historia de Chile no tenga ningún vínculo posterior con el proceso de Independencia iniciado en 1810 y culminado el 5 de abril de 1818 con el triunfo de los patriotas en Maipú, pero muestra claramente el espíritu emancipador de hombres que movidos por su espíritu libertario, fueron capaces de dar la vida para no seguir siendo sometidos a las arbitrariedades, abusos e injusticias de los poderes que detentan la riqueza, las armas y las verdades excluyentes. Sin duda estos procesos no se terminan nunca, cada día hay un nuevo afán libertador, una utopía, un renovado sueño que cumplir. Hoy en pleno s. XXI será la conquista de una mayor justicia social, la conquista de un desarrollo igualitario para nuestros compatriotas, el deseo ferviente de crear conciencias ilustradas que comprendan su rol íntimo y colectivo en el quehacer de un pueblo y el trabajo definitivo para la conquista de un destino.

No serán los tres antonios ya casi olvidados en las exiguas páginas de la Historia, serán otros los nombres de pila que como Ud. o como yo debamos conquistar esas nuevas primaveras.

Territorio vasto de amores, dolores y alegrías en proceso de justicia

Por mucho tiempo pensé que Quelentaro era un solo cantor, un solo cantor, guitarrero y poeta popular, pero popular de “pueblo”, del pueblo campesino, del maestro, del obrero, del trabajador, del trabajador del campo; su poesía me sonaba profunda, diría que hipnótica, relatando episodios históricos de la Independencia; casi un lamento al describir la vida de los pobres de ropa y bienes; una elegía al amor y al sufrimiento de los más postergados, insertos en un paisaje hermoso de arboledas y contrafuertes cordilleranos, de caletas y praderas, pero duro, muchas veces hermosos pero inhóspito. Su canto era de esperanza, la profundidad de la voz es la convicción del que lucha por una vida mejor. Pura energía, pura voluntad, puro esfuerzo.

Después supe que se trataba de los hermanos Guzmán: Eduardo y Gastón; artesanos telúricos, guitarreros finos, artistas de la Gestalt, silencios y arpegios compartiendo en tiempos iguales la generosidad, un valsecito bailarín, una copla desgarradora, el canto infinito de la gente de estos lares.

Claro pues, habían tocado en la carpa con la Violeta, abrazaron sueños y recorrieron exilios y soledades musicalizando coplas del otro a la distancia, separados por fronteras lejanas pero unidos en una sola voz sureña.

Hace unos años había partido Eduardo, hoy lo hace Gastón. Sólo quedan esos viejos vinilos en nuestras discotecas, esas extensas coplas recorriendo nuestras Historia y geografía, no sólo las de Angol, su tierra natal, sino las de un territorio vasto de amores, dolores y alegrías en proceso de justicia.

Mis respetos, Quelentaro

Valparaíso

El tema de los episodios de constante deterioro de la calidad de vida en la ciudad de Valparaíso, a propósito de la precariedad de sus construcciones, suciedad de sus calles, deterioro urbano, creciente delincuencia y deficientes indicadores económicos, obedecen a una crisis generalizada e histórica en la gestión de la ciudad, situación que por cierto, trasciende todo color político y todo liderazgo. Debería haber una intervención central decidida y urgente.

Valparaíso es una ciudad con emergencias inabordables desde la propia ciudad, con una comunidad como su principal responsable y autoridades que no cuentan con las ideas ni menos los recursos para sacar a la ciudad del profundo pozo de deterioro en el que se encuentra, que lejos de mejorar empeora día a día. Analizar los nudos críticos o hacer tardíos análisis, evaluaciones y catastros, se me antoja inútil e innecesario, el diagnóstico está hecho hace rato y quizás solo falta afinarlo. Lo que se requiere es saber si de verdad existe la voluntad política y los recursos disponibles para un rescate definitivo y sistemático a una ciudad que debiera transformarse en la punta de lanza de nuestra imagen internacional y del desarrollo sustentable, con un puerto moderno y competitivo y turismo patrimonial de excelencia en servicio.

La Meme

Si ayer hubiera dicho algo en la ceremonia, iba a llorar de emoción, porque todo el rato que hablaban de ella, la recordaba con esa sonrisa tímida y prístina acompañándonos con los niños recién nacidos en el departamento de Reñaca por allá a mediados de los 90.

Siempre se tejen mitos y chistes crueles hacia las suegras, y claro, como uno antes de casarse no tiene experiencia en ellas, intuye que algo debe haber de cierto en esa mala fama. Pero la verdad es que mi experiencia con la única que tuve fue tan distinta, que sólo puedo dar gracias el haber compartido con ella esa relación de mother in law, que tan bien se la describe en Inglés.

La tía Anita era dulce y cariñosa, lo reflejaba su rostro claro y luminoso, pero también sus acciones medidas, sus palabras precisas, su tolerancia y generosidad, su sencillez a toda prueba, su paciencia; una paciencia como virtud a estas alturas de la vida tan escasa entre la gente.

Yo la quise mucho, y como siempre con las personas que no están, a uno le viene como un sentimiento de culpa de no haber podido compartir más tiempo con ella. Pero la vida es así, uno al elegir una cosa renuncia a otra. Es inevitable. Pero compartimos bellos momentos: las largas horas de onces en la casa de Lo Arcaya, las tardes de tele y música, las miradas cómplices cuando la Yeya hacía o decía un disparate, las semanas de visita acompañando las comparecencias médicas de la Claudia en el embarazo de los mellis, los paseos por el jardín japonés de La Serena y los ricos almuerzos de Coquimbo, Concón y Olmué. Hizo migas con mi mamá y la abue, convirtiéndose en un trío inseparable cuando se arrancaban a Tongoy a tomar pisco sours y saborear los productos del mar que esa zona entrega con tanta generosidad, las celebraciones de las marías, las anas y las cármenes en esos tecitos con torta y festejos que reemplazaban coquetamente los cumpleaños, con amigas de toda la vida o de la más reciente.

Lo que más lamento es que la Meme no alcanzó a ver crecer a los niños, sin duda serían su orgullo y su alegría, las niñas Baccelliere hoy mujeres y los Reyes Castillo. Quizás no sepan o no se den cuenta que siempre los nietos llevan algo de sus abuelos, no sólo en la sangre sino en la impronta de vida que heredan. Pero esté donde esté, sé que su memoria permanece entre nosotros, que es lo más importante que una persona puede dejar en este mundo, la memoria de ser una persona buena y justa, la memoria de una persona especial que en la distancia del tiempo y -quizás hasta- del espacio, permanece en forma indeleble en nuestros actos.

Han pasado 20 años, no sé si es mucho o poco, pero el cariño y el recuerdo siguen intactos.

A tu salud, tía Anita.

Jornada Laboral

Los países para mejorar su productividad no necesitan trabajar “mucho” sino en forma eficaz. Hoy Chile con 45 horas laborales trabaja en forma ineficiente; disminuyamos la jornada y seamos más productivos, así con las horas de diferencia mejoramos la calidad de vida de la gente y, de paso, mejoramos la industria del ocio y la entretención.

Fidel Oyarzo

Pucha, que lamento lo de Fidel; era un súper buen tipo, intenso, comprometido con los temas que había que comprometerse, convencido de sus convicciones aunque abierto al cambio. Trabajólico como los de casi toda esa generación, y le encantaba lo que hacía. Era un periodista de calle, le gustaba el reporteo como a nadie. Una vez al preguntarle porque aún no asumía labores de editor, me respondió con un lacónico: “sería una lata”. El prefería los estreses de andar detrás de la cuña, de ingresar a los recintos vedados, de escabullirse en los pasillos de los palacios de gobierno.
Lo vi muchas veces un sábado en la noche en la Piedra Feliz donde chachareábamos… nos tomábamos unos tragos y resolvíamos los problemas del mundo. La gente se acercaba a saludarlo y él, siempre simpático, echaba una talla o invitaba a la mesa. Era querido. Efectivamente no había diferencias para él entre su vida de fin de semana y su día laboral, vivía conversando con gente y reporteando, incluso en el carrete… coincidimos muchas veces en el Congreso en almuerzos y cenas con parlamentarios, era discreto y dicharachero al mismo tiempo, con gran don de la ubicuidad.
Nuestro primer encuentro fue en la Cooperativa, yo como auditor de las noticias y él como joven periodista de la radio; su voz y notas, como las de José Miguel Alfaro, Manola Robles, Silvia Yermani, Eduardo Segovia, Jaime Moreno Laval, Sergio Campos, entre tantos otros, fueron emblemáticas en la lucha contra la dictadura, una generación dorada de la radiodifusión nacional, mismo espíritu y vocación que José Miguel y Fidel llevaron a TVN cuando en 1990 llegamos un grupo de jóvenes profesionales a cambiar, desde distintas áreas, la impronta de una televisión pública, a partir de entonces, al servicio de la ciudadanía.
Ahí, sin llegar a ser amigos, compartimos muchas jornadas de trabajo: días de elecciones, despachos, edición en nuestros estudios de Viña del Mar, corresponsalías, entrevistas, nos tomamos sus buenos cafés en mi oficina; él siempre con un pucho, salía nervioso al patio del canal a fumar. Se veía más viejo que todos nosotros, ese peinado para atrás con gomina, canas tempranas, lentes gruesos… bien vestido, sobrio y bien encorbatado, le daba prestigio a la profesión de reportero.

Era amigo de todos, autoridades, políticos y parlamentarios, pero a la hora de sacarles cuña era duro, no se iba con chicas, además de ser estudioso, sabía mucho, tenía opinión política, incluso quizás hasta militancia, pero buscó siempre ser lo más objetivo posible. Tolerante a rabiar. Diría que es el prototipo cabal del periodista clásico, como esos que ya no hay.
No es exagerado decir que a esa generación el país le debe mucho, una generación de periodistas que desde los medios de comunicación en plena dictadura fueron valientes para defender la justicia y los DD.HH., y que en la Transición (Uy! que parece lejano), colaboraron con el restablecimiento de una democracia en forma.
Fidel Oyarzo, un abrazo a la distancia

Las coronas de flores de las escuelas matrices

De un tiempo a esta parte las FF.AA. y de Orden de nuestro país se han constituido, casi de hecho, en una especie de Estado dentro del Estado: su construcción histórica en los últimos años dan cuenta de que fueran como un país autónomo, más allá de los meros gestos simbólicos.

Tienen un presupuesto propio producto de las ventas del cobre, que manejan a sus anchas, que no depende de la aprobación del Congreso y cuya rendición es, a la vista, insuficiente ante la ciudadanía; en la práctica, ellos lo administran, y no la autoridad de Gobierno, ellos definen la prioridad en los gastos, sólo ellos si es en armamento de guerra, buques, tanques o viajes al Caribe de las señoras de los generales.

Tienen poblaciones enrejadas para su gente, pórticos debidamente resguardados por su propia policía, recintos de acceso limitado al resto de los chilenos; un sistema de previsión distinta, mejor que las del resto de sus conciudadanos, que permite que con apenas 20 años de servicio un ex uniformado pueda gozar de una estupenda jubilación en un grado superior al que tenía al retiro y todavía con el tiempo y energías necesarias para seguir trabajando; un sistema judicial exclusivo no sólo para “crímenes de guerra” como podría suponerse sino también en la práctica para delitos comunes, jueces uniformados y cárceles con todas las comodidades de una buena cabaña en la playa; sus propios colegios, y hasta un sistema educacional que forma a sus propios profesionales conforme a los intereses institucionales.

Poseen una estructura religiosa única, diría mejor, una especie de “iglesia militar”, capellanes, obispos y parroquias que no tiene ni debe tener ningún otro organismo público, y además, con escala de sueldos de la administración pública en un estado aconfesional. Cuentan con estupendos y modernos hospitales para ellos y sus familiares y un sistema de salud privilegiado que pagamos el resto de los chilenos; clubes deportivos subvencionados donde se celebran las bodas de sus hijas y los cumpleaños de sus niños a precios que cualquier otro ciudadano envidiaría. Como si fuera poco todo lo anterior, tienen un rasgo cultural aparte: la llamada “familia militar”, que se encarga de reproducir una cierta identidad que la mayoría de las veces asume hitos históricos, tradiciones y héroes propios, distintos y distantes de la cultura nacional, por cierto menos amplia, menos inclusiva y menos tolerante, todo como si la cuestión militar fuera la cota de caza de unos pocos, heredera de su sola tradición y autónoma del poder político que es, en realidad, para el cual debería estar subordinada.

En parte, los escándalos conocidos estos últimos años, tras la desaparición de la dictadura, y quizás como herencia del poder absoluto que las FF.AA. ejercieron durante esos 17 años, con una institucionalidad legal acomodada a sus intereses bien entrados los 90, como entre otros, los casos de Fragatas en la Armada, los muebles de ratán en la Fuerza Aérea, los Paco Gate en Carabineros o los casos actuales a propósito de los gastos reservados de las comandancias en Jefe del Ejército, son el botón de muestra de lo anteriormente señalado.

Va a ser difícil que se pueda construir una ética de las FF.AA. y de Orden como una institución republicana transversal, inserta en el quehacer nacional y subordinada efectivamente al poder  civil, político y democrático, si se persiste en mantener estos espacios de poder y cuotas de administración que no le pueden ser propias.

Para revertir esta situación, no sólo es necesario que se haga justicia en los casos de corrupción que han conmocionado a la opinión pública, sino que entendamos de una vez por todas, tanto los políticos como los militares, que ellos no son ni deben ser tributarios de un régimen alguno ni menos de un caudillo, no defensores de una época ni de un modelo de sociedad autoimpuesto, que su función pública es aquella que sanciona la Constitución y que es subordinada a las fuerzas políticas en cuya representatividad recae la soberanía nacional, soberanía que no consiste sólo en un pedazo de tierra en el Altiplano o en los Campos de Hielo, sino sobre todo, en las conciencias de los ciudadanos chilenos, en tanto eligen a sus autoridades y a sus representantes legislativos.

Hay que entender que la época de los privilegios se acabó y que hay que empezar a pensar en el bienestar de los chilenos, especialmente en aquellos que más sufren, muchos de los cuales incluso, aún esperan información del destino de los cuerpos de sus seres queridos, y no pensar solo en las charreteras doradas de sus comandantes ni en las frías estatuas de las escuelas matrices adornadas de coronas de flores hediondas, marchitas y olvidadas.