21/11

El estallido social y la creciente demanda de cambios exigidos por la ciudadanía derivó en el entusiasmo de algunos sectores más ultras que creyeron tener un cheque en blanco para borrar todo lo bueno que había hecho el país; pensaron que queríamos un momento revolucionario y por eso aparecieron las arrogancias políticas y el discurso maximalista de cambiarlo todo, muchas veces relativizando la democracia y sin condenar la violencia, dándole a la derecha argumentos para maquinar la consabida campaña del terror.

El amplio triunfo del Apruebo los empinó a la soberbia mientras que la ex Concertación no quiso defender los mejores años de nuestra democracia y de paso fue incapaz de generar un bloque de centroizquierda que garantizara en el futuro un gobierno de transformaciones profundas con gobernabilidad y paz cívica como antídoto eficaz contra el populismo y el autoritarismo.

El poder del anillo

Karina Oliva

Pareciera cierto que finalmente cada hombre (y mujer) tiene su precio, ni los espíritus más santos ni las voluntades más éticas son capaces de sucumbir ante el poder del dinero, el dinero para el poder, y aprovechar la oportunidad para sacar ventajas. La historia se remonta a la propia evolución del hombre, con un desarrollo de la sociedad corrompido por la soberbia infinita, el poder, el pan, el oro y el dinero; lo relatan las sagas míticas del medioevo, el oro del Rin, los Nibelungos, Odín y el Sigfrido muerto, como símbolo del triunfo del mal; el boato de las iglesias, los altares del barroco; el lujo de los palacetes de gobierno, la desproporción en los sueldos de los privilegiados, la riqueza amasada a costa de la gente

Guerras por territorios, por minerales preciosos y por el agua; conflictos por la posesión de los mares, la propiedad de los esclavos, el monopolio del comercio y los privilegios de los poderosos, son producto de las irrefrenables ambiciones de los espíritus rotos por el egoísmo, por la incapacidad de ver en el otro, sobre todo en el desvalido, a un igual. En la política, a veces los que más pontifican contra los corruptos, son los mismos que ahora, en su reemplazo asumen los vicios de la lujuria del poder; apenas surge la posibilidad, ahí están: tirando las manos, recogiendo favores, negociando privilegios, desplegando la codicia, instalando insignias en la solapa, escudos bronceados en los parabrisas del auto. La codicia envilece, transforma los espíritus, pudre las ideas y nubla la conciencia.

La política como un botín, los jueces de Rancagua, el director de la Policía de Investigaciones, los mandamases de Carabineros, el senador de Tarapacá, el séquito municipal de la alcaldesa de Viña, con el beneplácito de sus propios colaboradores, cuando el robo era vox pópuli y la desidia extrema, el alcalde de San Ramón enrevesado de delincuentes y narcotraficantes; y ahora, la ex candidata a gobernadora por Santiago, tratando de justificar 137 millones de pesos en honorarios que se llevaron 7 personas de su comando en cuatro meses.

Sigo pensando que la política debe ennoblecer la cosa pública, la inmensa mayoría de quienes trabajan en ella -me parece- son personas probas; sin embargo, cuando advertimos cómo la tentación del poder y el dinero corrompe, debemos ser claros en la denuncia y la sanción; profundizar una legislación que sancione con dureza los abusos de los políticos, de los servidores públicos y de los empresarios. Y como si fuera poco, el juicio moral es siempre más blando proviniendo del propio sector del acusado y durísimo, respecto de los adversarios, lo que transforma en responsables cómplices a aquellos que no son capaces de juzgar con independencia, y que más temprano que tarde terminan relativizando el tamaño de la viga en su propio ojo en vez de la paja en el ajeno.

He de esperar que las sortijas doradas del deseo y el egoísmo de la Tierra Media dejen de encandilar las fragilidades de las conciencias de quienes, se supone, deben estar a la altura moral que la ciudadanía exige.

La papeleta del domingo

De ser ciertas las encuestas, nos enfrentamos a un escenario electoral inédito en nuestra Historia; como nunca enfrentamos una gran dispersión de votos, incertidumbre mayor en quiénes serán los que pasen a segunda vuelta,  bloques políticos tradicionales desplazados por un electorado líquido;  paradigmas diluidos en una confusa amalgama de ideas, muchas de ellas más populistas que populares, irreflexivas y leves, y como si fuera poco, un candidato de la derecha más conservadora, tributaria de la dictadura, aparece liderando las mediciones, rompiendo incluso la lógica del porcentaje de aquellos que votaron rechazar una nueva Constitución.

¿Cómo se entiende?

¿Qué hay detrás de este escenario?

Profundizar en un análisis político a partir de las encuestas, sobre todo considerando lo perdidas que han estado en los últimos años, me parece un despropósito; pero sí intentar entender qué pasa con nuestra alicaída democracia, con nuestra deteriorada convivencia social y con el maximalismo político que amenaza un creciente populismo conservador, que con algo de desafección veíamos a distancia en los EE.UU. de Trump o en el Brasil de Bolsonaro.

Como señal, lo más curioso es constatar la normalización que una candidatura como la de José Antonio Kast genera en los medios y en las personas, que muchas veces sin entender el fondo de los procesos históricos, con facilidad reinterpretan la realidad con un facilismo peligroso. En lo personal, y es arriesgado decirlo, no me resulta posible que un candidato como Kast, representando lo que representa, tenga posibilidades de pasar a una segunda vuelta.

¿Por qué?

Porque el 80% de los chilenos votó aprobar una nueva Constitución, y por mucho que Kast haya morigerado su relato político en la campaña, aunque desnudado y contradicho en los últimos días de debates y entrevistas, representa fielmente precisamente al sector del país más duro que votó Rechazo en el plebiscito constituyente. Pero bueno, sabemos que ambas son elecciones distintas, y que no necesariamente un momento es el mismo que el otro, lo que de alguna manera nos sirve para explicar también el fenómeno de las elecciones de Bachelet 2 y Piñera 2 tras los gobiernos precisamente de sus opuestos.

¿Cambió el electorado de un día a otro, se izquierdizó el electorado cuando votó Bachelet, se derechizó el país cuando votó por Piñera?

Entonces los comandos sacaron cuentas alegres y pretendieron construir respectivamente un relato desde esa lógica, que los triunfos del bacheletismo o del piñerismo simbolizaban por un lado que la ciudadanía sólo prefería un modelo de sociedad inspirado en el “ejemplo del compañero Allende” o el neoliberalismo a ultranza que garantice “una sociedad libre, que apueste al crecimiento y a la libre competencia que genere riqueza”, si me permiten la caricatura para explicar a qué me refiero. Mucha de esa lógica aún subsiste en nuestra clase política, también en los independientes que irrumpieron en la constituyente, tratando de enarbolar banderas excluyentes de patrones sociales más bien anclados en relatos propios de la Guerra Fría más que en una comprensión llena de matices que supone analizar en profundidad la verdaderas y variadas demandas de la gente, las ideas que hoy circulan entre las personas en medio de una sociedad en proceso de cambios.

Se equivocan quienes insisten en entender la política desde las ideologías, al menos desde las ideologías clásicas con la que las potencias de la posguerra se disputaron el mundo, lo dije en su momento y lo repito ahora. El voto en los últimos tiempos ha servido más para vetar que para elegir, y probablemente la ciudadanía tiene más claro lo que quiere que la clase política en comprenderlo.

La elección

Si Kast pasara a segunda vuelta sería porque uno de los siguientes escenarios se ha dado:

  1. Gente que votó por una nueva Constitución está dispuesta a votar por la derecha más conservadora;
  2. La candidatura de Kast hará que vaya a votar más gente que la que votó en la constituyente, despertará las fuerzas ocultas de la derecha más dura;
  3. No todos quienes salieron a las calles a manifestarse tras el 18/10 o votaron apruebo necesariamente votaron en contra de un sistema político, o en contra de los 30 años de Concertación o en contra del “Modelo”, sino que habrían salido a manifestarse por una serie de insatisfacciones propias de la modernidad, con una gran diversidad de demandas no sólo políticas ni institucionales, en un país altamente segregado y desigual, con falta de oportunidades, lo que nos haría concluir que habría sido un error pensar que el voto del Apruebo era una señal monolítica, que de podía sintetizar en un relato único, unidireccional, capitalizado sólo de un partido político o sector.

La verdad es que los dos primeros escenarios no tienen por si solos la fuerza para determinar un cambio tan drástico en el electorado, pero si el tercero, que de alguna manera es la tesis de Carlos Peña, que con el tiempo adquiere más sentido, y repite un poco la esquizofrenia de la clase política que cree que el voto recibido es una preferencia definitiva a una clase de sociedad excluyente de la otra, lo que por cierto no es así.

La candidatura de José Antonio Kast, más allá de que su campaña sea dirigida desde los poderes fácticos, pavimentada con la simpatía de los medios de comunicación tradicionales y soportada por las encuestas construidas desde su entorno, a mi juicio capitaliza con cierta habilidad, parte de los errores no forzados de algunos sectores ultra ideologizados que confundidos en el entusiasmo del estallido social, han intentado reducir el proceso a un eslogan sin ser capaces de enfrentar el análisis desde la complejidad y profundidad que la situación amerita. Algunos, yendo más lejos, sucumben ante las encuestas o la voz de la calle interpretando el momento histórico con un razonamiento mesiánico. Lo que a muchos le asusta.

Pero sin duda, en muchos aspectos, un eventual triunfo del candidato del Frente Social Cristiano, sería un grave retroceso para el país. No se trata sólo de su adscripción a la dictadura, de su conservadorismo religioso decimonónico, de su mirada frente al tema medioambiental; no se trata sólo de su sensibilidad discriminatoria frente a las orientaciones sexuales, los inmigrantes o los pueblos originarios sino especialmente, por su discurso que relativiza los atropellos a los DD.HH. ocurridos en dictadura o pone un manto de duda respecto de los crímenes de militares como Krassnoff. Cuando todo el país va en una dirección, la candidatura del hermano de fallecido ministro de Odeplan del régimen militar pareciera atrincherarse en un modelo excluyente, intolerante y autoritario, que por lejos es lo que los chilenos queremos superar.

Por lo anterior es que creo que en la víspera de la elección, la derecha democrática preferirá apoyar a Sichel, que me parece representa una derecha honesta con voluntad de cambio. Si logra vencer a Kast, podríamos tener a Boric o Provoste compitiendo con él en el balotaje, aunque no descarto en absoluto, y no debería extrañar a nadie a la luz de un comportamiento electoral lógico, que los candidatos de Apruebo Dignidad y Nuevo Pacto Social sean los que pasen a segunda vuelta.

Como fuere, la posibilidad de que la derecha vuelva a ser gobierno parece muy remota, lo que supondría una renovación profunda del sector. Y si la actual oposición logra superar los atavismos populistas y pueda aglutinar las fuerzas democráticas de centro y centro izquierda sacudiéndose de los viejos ideologismos trasnochados, será posible mirar el futuro del país con un renovado optimismo que se construye no sólo esperando sentado frente al televisor sino yendo a votar y participando con fervor por los cambios que nuestra sociedad requiere. El trabajo no es sólo de quienes estarán en la papeleta este domingo sino de todos nosotros y de nuestro compromiso con la democracia y la paz.

El lugar de todos los chilenos

Las efemérides son apenas una excusa. Solo una fecha que sirve para la memoria. Por eso hay que mantener cierta distancia con ellas, una necesaria desconfianza. Los hechos recordados son siempre distintos a lo que se construye sobre ellos. Años, décadas, siglos después, son apenas el vestigio interesado de lo que algunos han logrado construir tras el paso del tiempo. Historiadores, gobernantes, fanáticos de uno u otro lado, la tradición oral, el mito popular, levantan una entelequia sobre la cual se yergue la identidad de un pueblo y a veces se escribe la Historia oficial.

Los próceres no son sino la imagen de los frescos realizados por los pintores del siglo XIX; los relatos históricos, el de los ganadores de las batallas; las arengas y los relatos, una delicada redacción a posteriori en el gabinete de un gobierno pelucón o pipiolo; los hechos narrados, apenas el remedo simplón de acontecimientos complejos y matizados. Por eso a veces hay que desconfiar de una simple efeméride, que con su iconografía oculta aspectos esenciales para comprender nuestra historia y profundizar los alcances precisos del derrotero de un pueblo, una nación y una ciudadanía.

Sabemos que el simbolismo de la primavera fue decisivo en la instalación de estas fechas de septiembre como señal de la independencia, se decidió por el año 1837 que nuestras celebraciones patrias se establecerían en estos ventosos días de septiembre en que las temperaturas eran más amables y la metáfora de los aromos en flor en los bordes del camino mejor expresaban los designios de una patria independiente. Atrás quedaban los doce de febrero con el recuerdo aún fresco de Chacabuco, atrás los cinco de abril del triunfo definitivo en Maipú, los tiempos de vendimia y la aproximación de Semana Santa no eran fechas propicias para las chinganas y las fondas allende el Mapocho, en cambio sí septiembre, el mes indicado para celebrar una independencia que en realidad no fue.

Las efemérides son una excusa, una buena excusa para recordar lo que hemos sido, pero sobre todo lo que queremos ser: delinear el destino común de un pueblo unido por ese destino común. Un destino común que nos dé sentido, un destino común que nos convoque sinceramente. Sí, recordar la Historia patria sirve, debe servir, para vencer los prejuicios y buscar la verdad, aquella que más allá de los intereses particulares y excluyentes, nos permita comprender que el país es nuestro futuro y el futuro el lugar de todos los chilenos.

Es tiempo de democracia

Lo que falta es moderación, lo que ayer fue absolutamente correcto, hoy es falso; lo que abracé antes, ahora lo rechazo; tomamos decisiones de acuerdo con las encuestas, nos adaptamos a las mayorías provisorias y a la moda; miramos a la galería, esperamos los aplausos; no importan las ideas, importan los votos; salir electo, conseguir a como dé lugar un escaño, pasar a segunda vuelta a cualquier precio. Los discursos se polarizan, no hay medias tintas, no me atrevo a decir lo que pienso porque me da miedo no ser popular. Ninguna idea es discutible, son totalmente ciertas o totalmente falsas; los que están a favor son unos vende patria, los que están en contra son unos sátrapas. La política como objeto de la política.

Por eso a veces la política da pena, y no porque ésta no sea noble, buena e indispensable para una sociedad que desea gobernarse en democracia, sino porque a veces sus actores no están a la altura de las circunstancias; cuando la política cambia las prioridades que deben conducirla por las ambiciones individuales, los Estados se debilitan, aparecen los populismos de aquí y allá, se instala la intolerancia y luego, sin darnos cuenta, la violencia.

El que más grita termina imponiendo el modelo social y económico, en vez de elegir entre todos un camino institucional que promueva el diálogo, el respeto y la escucha, finalmente la negociación, para establecer los mecanismos normativos que regulen nuestra convivencia.

¿Acaso no existe para eso la democracia?

¿La democracia, el diálogo y el respeto de las mayorías son o no el antídoto contra la violencia, el fanatismo y la barbarie?

Hoy, como nunca, nuestra clase política, pero también la ciudadanía toda, debe colaborar en el cuidado de nuestra democracia. Nos encontramos en un importante proceso constituyente surgido como respuesta institucional a un estallido social que amenazaba seriamente la paz. Proceso que supone la única forma de dotarnos de una institucionalidad nueva con mayores estándares de justicia social, libertades individuales y una cultura solidaria donde reconozcamos al otro como un igual, un ser humano con un mismo origen, o lo que quizás sea más importante, merecedor de un mismo destino.

Como pocas veces en nuestra Historia, Chile tiene la oportunidad única de construir su futuro a partir de un proceso ampliamente participativo y democrático, las multitudinarias marchas pacíficas del años 2019 y la oportuna institucionalización de una agenda constituyente, nos han permitido estar discutiendo hoy los elementos centrales de un nuevo ordenamiento jurídico que no solo diseñe las políticas fundamentales que han de definir nuestra convivencia sino que valide en forma paritaria y de manera adecuada el sentir de todos los chilenos, incluidos nuestros pueblos originarios.

La política debemos enaltecerla, el Estado de derecho, pero también la convivencia cotidiana, el respeto por el otro y por sus ideas, comprender al que sufre, escuchar al adversario que no es sino un hermano. Hoy es tiempo de democracia y a ello estamos todos convocados. Rodrigo Reyes Sangermani

Octubre

Octubre pasa volando, el año pasa volando, la vida transita vertiginosa afuera. Pareciera que no nos damos cuenta, y sí, ahí está, la vida acumulada, atesorada en la memoria, justificando el ser actual, la personalidad del presente construida con la fuerza de las historias mínimas, con la paz de los momentos de reflexión, con los de la mirada infinita en la cordillera, en la arboleda meciendo sus verdes al compás de la brisa, en las alegrías y palabras idas y venidas de cada conversación como banderas de colores flameando a las ideas.

Uno, dos, diez octubres; veinte, veintiséis, treinta y siete octubres despuntando la primavera, conmemorando el paso del tiempo. Nada queda igual, todo se transforma; se apelotonan los recuerdos, la experiencia se confunde en la línea espacio temporal ¿Cuáles son las cosas del presente, cuáles las del pasado, dónde se instalarán los sensibles artefactos del futuro?

¿Cuántos octubres más habrá en el camino?

A la vuelta del parque, un beso escondido en la quietud del círculo; la luna apresurada en ser blanca de nuevo, como siempre, para iluminar las primaveras que quedan, para viajar entre algodones grises escabulléndose de los liquidámbares y pimientos; las voces de una sacra cantata hurgando las almas para encontrar uno y mil dioses rebeldes de rebeldía.

Esta luna de octubre pasa como si fuera el vagón del último metro, esperando un nuevo día en la ciudad que arriba volverá a bullir de baladas y poesías, que volverá a salpicarse de pincelazos dorados, que volverá a escuchar el sonido mecánico de la proyectora de sueños, que volverá a imprimir en esa sábana transparente el devenir, con el Cerro Manquehue husmeando imperecedero la vida pasar.

Los 80 de Paul

Es mágico este día de octubre, un día como hoy hace 80 años nació uno de los más versátiles cantautores estadounidenses desde la década de los 60. Paul Simon, genio compositivo de la contracultura en los difíciles tiempos de la lucha por los derechos civiles y la guerra de Vietnam, popularizó universalmente el folk con textos inspirados y ácida crítica, describiendo con inusual lirismo una época y luego, tras la separación con Garfunkel, el inicio de un periplo musical y rítmico alrededor del mundo para ampliar las fronteras del rock y el folk. Paul Simon es sin duda alguna la piedra angular del cantautor contemporáneo y líder de una generación. Feliz cumpleaños Paul!!!

https://www.youtube.com/watch?v=iai6m7FBLDQ&ab_channel=PaulSimonVEVO

Toda derrota es siempre breve

Huelga deciros que yo os quiero más

en la profunda pulpa de antesueño,

cuando el glaciar se reconvierte al sol

y se nos va la esperma en el empeño

y se nos cuaja el ceño de cenizas

ávidas de hendir el cavilar del leño.

A veces hay artistas que son capaces de trascender la materialidad expresiva de su propio arte para significar una época o dar cuenta de una vida. La vida como la Gran Historia es un sinfín de acontecimientos cotidianos confundidos entre la simpleza de los hechos comunes y salpicados por eventos de grandeza o heroísmo. Se entremezclan las más de las veces situaciones domésticas cargadas de humanidad como temer, soñar, imaginar, luchar, sucumbir, reír, llorar, huir, pensar o amar, con actos extraordinarios que quedan en la memoria de los pueblos, plasmados a cuatro columnas en los monumentos ciudadanos de la plaza pública

En ese sentido el arte se convierte en el triunfo de la vida total, con sus contradicciones, sus claros y sombras, sus esperanzas y desvaríos. Desde los textos costumbristas de mediados de los sesenta en las provincias de la Frontera el cantautor y novelista escaló como el país, y quizás como el propio mundo en un torbellino vital, explicando sus procesos internos de amistad, dolor, exilios y reencuentros, como por las circunstancias políticas de la época tensionadas hasta el sacrificio moral por la existencia de modelos sociales excluyentes y enfrentados por las más atroces de las guerras silenciosas.

Patricio Manns fue un hombre de su época, cuya estatura en la Nueva Canción Chilena no es posible dimensionar aún, acostumbrados a su presencia física por tantos años, a diferencia de otros que desaparecieron en la oscura profundidad de los Setenta. Textos complejos, imágenes poéticas llenas de inquietud literaria, canciones de amor y muerte siempre reflexivas con significados escondidos tras la aparente sencillez de una voz abisal. La evolución de su obra en medio siglo se construye primero desde una mirada costumbrista y social para luego reinterpretar la tradición poética de García Lorca, Violeta Parra o Miguel Hernández enfrentando sin miedo a la muerte con la satisfacción del cumplimiento de un deber, derrotero inequívoco de cualquier poeta maldito, posada definitiva de cualquier hombre bendecido por sus ideales. 

Patricio Manns fue sin duda un gran poeta; quedará siempre pendiente comprender a fondo las honduras de su lirismo, desentrañar los misterios de sus elegías de piojos y piojas, las baladas de los amantes de Tavernay que se despliegan entre las sábanas, las canciones de los sueños de hombre pobre con dos balas en el pecho, de los espíritus que vuelven al fin, a constatar que la vida vence a la muerte y que toda derrota es siempre breve.

Vuelvo al fin sin humillarme,

sin pedir perdón ni olvido:

nunca el hombre está vencido,

su derrota es siempre breve,

un estímulo que mueve

la vocación de su guerra,

pues la raza que destierra

y la raza que recibe

le dirán al fin que él vive

dolores de toda tierra.

Y verás cómo quieren en Chile…

La mayoría de los italianos habían desembarcado en Valparaíso, pero no así los croatas, que con pasaporte austrohúngaro se instalaron en Punta Arenas, Antofagasta e Iquique. Terminada la Guerra del Pacífico fundaban en el histórico puerto un club en una hermosa casona de roble americano, eran pobres pero ricos en ideas y quimeras. Con nostalgia recordaban los paisajes del Adriático, las generosas tierras de Dalmacia ocupadas por un imperio ajeno. Los comerciantes, abasteros, ferreteros del salitre se reunían tras el frontis morisco del casino español de la plaza Prat, los hermosos decorados del edificio rememoraban los palacetes árabes de Andalucía, aunque los platos que allí se servían mezclaban muy bien lo mejor de la tradición hispana con influencias chinas y peruanas heredadas de los tiempos previos a la guerra.

Los Martínez se habían instalado con una gran tienda en Eleuterio Ramírez, y la ferretería de los Fernández estaba por Baquedano abajo al llegar a la playa. Los chinos se quedaron en Tarapacá; antes, los peruanos los habían tenido casi como esclavos en labores denigrantes o luchando en Miraflores o Chorrillos por una causa que nos les era propia.  No fueron sus condiciones laborales mucho mejores después, trabajaron en las salitreras, aunque todavía recibiendo como salario esas fichas de colores para utilizar solo en las pulperías de Humberstone y Dolores. Los “turcos” llegaron un poco después, la disolución del imperio otomano tras la Gran Guerra atrajo a sirios, palestinos y libaneses, incluso griegos y armenios, con sus alfombras y tejidos; los peruanos se quedaron en el nuevo Chile con su fusión gastronómica que hoy disfrutamos; aimarás y atacameños dejaron sus pequeñas aldeas de los valles altiplánicos para hacer patria en Iquique. La Zona Franca atrajo a los indios de Calcuta y Bombay, con sus olores a incienso y sus aliños coloridos; los coreanos a mediados de los 60 no eran sino soldados de Pionyang capturados por el sur que preferían el exilio a la repatriación, se asentaron aquí y allá, muchos prosperaron con sus negocios; vietnamitas, indonesios, filipinos, portugueses… venezolanos buscando un mejor futuro, esperando ser recibidos por un país que al menos les diera libertad y un destino para sus hijos, instalan carpas quizás donde molestan porque no encuentran un lugar digno para esperar el triste retorno a casa obligados por la burocracia o el sueño de sus limpios papeles para emprender una vida lejos de la patria pero al lado de los suyos. Atravesaron miles de kilómetros, media América, la selva, el desierto y la cordillera en condiciones miserables esperando una oportunidad.

Los inmigrantes somos todos, desde le primer hombre que surgió del África subsahariana, recorriendo los paisajes del medio oriente, el sur de Europa y las estepas siberianas para que a través de Bering, caminando, o en frágiles canoas, pudieran encontrar alimento, un hogar o al menos la supervivencia. Así lo hicieron los primeros españoles que llegaron al nuevo continente, las continuas oleadas de colonos ingleses a Nueva Inglaterra, de franceses al río San Lorenzo, de alemanes a Rio Grande do Sul o Valdivia, de italianos a Buenos Aires y Valparaíso, de haitianos en busca de una esperanza.

Iquique tiene una pena y los chilenos una oportunidad para demostrar cómo queremos en Chile al amigo cuando es forastero

La Patria

La patria no es el territorio por el que se pelea en las guerras, ni la bandera por la que se jura, tampoco la edulcorada estampa rancia del huaso o la china, el folclorismo de salón una vez al año, no son las guirnaldas del banal chovinismo. Es mucho más, es nuestra identidad.

La patria es la gente, la identidad de un pueblo que se forja en su destino común. Por eso no hay mejor patria que la que uno ama o adopta, aquella que nos hace sentir en casa; el paisaje que se abraza, el habla de la gente, las historias grandes y chicas, las públicas y las íntimas; una forma de pensar, el cómo (nos) entendemos, el cómo nos relacionamos, nuestro humor, los dolores y alegrías, los fracasos y los triunfos; nuestras costumbres campesinas pero también las urbanas, esas que emergen con fuerza en las ciudades, con los jóvenes en las calles bailando frente a una gran vitrina, los actores de teatro acarreando utilería, las decoraciones del comercio, el metro, el paseo por el parque, la fanaticada del fútbol.

La patria es lo que atesoramos de antes y lo que valoramos ahora; lo que nos es propio, como la receta de la abuela, los ingredientes infaltables para una buena mesa compartida, los vinos y otros brebajes, un plato hecho como en ninguna parte. La patria son las canciones de Violeta, pero también las versiones de Brassens en la métrica de Peralta, lo es Advis y Víctor Jara, los Blops y Cecilia cantándole a la luna en la playa; las novelas costumbristas, las historias de Rojas y Coloane, las anchas alamedas y todos los poetas; las tradiciones que nos dan sentido, que nos unen en nuestra diversidad geográfica e ideológica, como el relato común de una cultura, de un chiste o un garabato, el exclusivo guiño de una historia construida por todos. Es lo que se añora cuando no se tiene. Lo que se extraña desde el exilio.

Pero es también lo que mueve nuestra utopía social: el mundo mejor se reduce a nuestra patria. No es más lejos que eso, nuestro entorno inmediato, los que queremos y nos quieren, las calles por las que transitamos, los árboles, la inmensidad de la cordillera que nos asfixia pero nos libera frente a un mar que nos aísla pero nos purifica, como los diablos de La Tirana, los marineros al lomo del Caicai Vilú atravesando los angostos estrechos de donde la tierra se desmorona en alerces. El aire frío que baja de la nieve, el viento fresco que sopla desde el océano, la brisa tibia que se filtra entre las copas de los aromos.

La patria es de dónde somos, la cultura que nos es parte y que se ama, en la que se nace, se elige o adopta. Es la que nos hace soñar, la que nos convoca a un trabajo común: el futuro. El futuro para todos.