Una fecha, los mismos sueños

Cuesta creer que hasta 1837 los chilenos celebrábamos tres veces al año las Fiestas Patrias; claro, eran otros los contextos, el país recién iniciaba su ordenamiento institucional y los días de fiesta y chingana se agradecían entre el pueblo, dadas las duras condiciones de vida de la época. Esas tres ocasiones significaban muchas más que un solo día feriado por ocasión, eran semanas enteras de juegos y juerga, música y bailes, comida y abundante consumo de alcohol, pero también de violencia, peleas y hasta crímenes, lo que producía ausentismo en las labores agrícolas, sobre todo pensando en los tiempos de vendimia en el mes de febrero, o la ausencia de feligreses en las celebraciones de Semana Santa, cuando ésta coincidía con la primera semana de abril. Era inadmisible tanta parranda y confusión.

Por eso en el gobierno pelucón del presidente José Joaquín Prieto en 1937 (muy probablemente a instancias de su eterno ministro Diego Portales por su conocida obsesión por el orden republicano) se derogaron los días de celebración del 12 de febrero (fecha en que se conmemoraba la batalla de Chacabuco de 1817) y del 5 de abril (que se recordaba la histórica batalla de Maipú de 1818, que era definitivamente la fecha que se liberó la patria de la ocupación española) dejando sólo los festejos de septiembre, que duraban varios días, como fecha oficial para las fiestas de la Independencia, que en rigor no lo eran.

Dieciocho

El Dieciocho se comenzó a celebrar tempranamente en 1811, que a falta de fechas que identificaran el surgimiento de una nueva nacionalidad, sirvió para recordar el primer intento aunque no de Independencia, sí de autonomía criolla frente al invasor napoleónico en la Península, que había dejado a Fernando VII, recluido, y a Pepe Botella, rey de un reino que en América le juró lealtad al soberano hispano usurpado de su poder. En rigor, la gesta de la Primera Junta de Gobierno no sería sino algo muy distinto a una fecha que simbolizara la emancipación republicana, aunque ya varios había en la elite criolla que miraban con buenos ojos esta instancia media menchevique para delinear sus planes independentistas. Los asuntos que relato, sin embargo, en realidad importaban sólo a la aristocracia santiaguina, el pueblo, el mestizo y el indio permanecían ignorantes de estos menesteres, el día transcurría igual, sus pesares y alegrías no cambiaban en absoluto, ni siquiera se enteraban de las elucubraciones políticas de las pequeñísimas clases altas de la Colonia.

Por eso tenía sentido dotar a esa fecha en 1811 de un significado especial, un año después claro, cuando parecía lejano ese grito de “Junta queremos”, donde lo único que se exigía era el retorno al trono de Fernando y la lealtad a la monarquía española. Al cabo de los meses sin embargo había muchos que le tomaron el gustito a esta circunstancial autonomía, y procuraron acelerar los procesos, exaltando las virtudes patriotas rompiendo definitivamente con la Corona.

Mientras que en la metrópoli godos y franceses peleaban por la independencia del Reino, en Chile, José Miguel Carrera daba un Golpe de Estado para sacar del primer Congreso Nacional a los realistas que junto a los moderados privilegiaban aún el carácter colonial que la independencia total, lo que por esos días, dotar de un sentido patriótico a la fecha de aniversario de la Primera Junta de Gobierno, sería un símbolo afín a esas ideas.

La historia de la Patria Vieja se extiende aún algunos años hasta la calamidad que significó la batalla de Rancagua en octubre de 1814, que significó la reconquista de esta Capitanía General por parte de los españoles y la huida de gran parte de los criollos a Argentina para evitar represalias, extrañamiento o la muerte. Sin embargo la semilla ya estaba plantada.

Doce

Pero mucha agua correrá aún bajo el puente, en pleno verano de 1817 más de 5.000 efectivos entre oficiales, soldados, patriotas, campesinos, indios, mulatos, esclavos libertos, aperados de víveres, artillería, caballos, mulas y animales aprovecharon las condiciones de la estación para atravesar los Andes premunidos de una ética independentista; de lado dejaron el camino por San Esteban con las mesas servidas con las que los campesinos esperaban el paso del ejército patriota, un verdadero festín de banquetes en plenos caminos que descendían de los contrafuertes cordilleranos desde el oriente. San Martín y O’Higgins prefirieron el paso de Los Patos y la llegada silenciosa al valle del río Aconcagua por Putaendo. Esa estrategia tomó por sorpresa a las tropas realistas que esperaban a los patriotas a la altura de Talca donde unos pocos batallones y montoneros cruzaron bajo las órdenes de Ramón Freire, como las de Gregorio de las Heras que descendió hasta Guardia Vieja desde Uspallata, ambos para despistar a los españoles. Eran los primeros días de febrero y los españoles se disponían a defender la capital más allá de sus extramuros.

En la hacienda de Chacabuco, la mañana del 12 de febrero, con un ataque algo atolondrado y sin esperar las instrucciones de San Martín, las tropas de O’Higgins arremetieron contra los batallones de Rafael Marotto, se sumaron casi inmediatamente los ejércitos de Soler por la derecha y los del propio San Martín por el centro, en pocas horas los patriotas eliminaron las defensas españolas, lo que produjo la dispersión de los soldados y la rendición de los realistas permitiendo una entrada tranquila a la capital por los campos de Colina.

Hoy, junto a la carretera de Los Libertadores que une las ciudades de Los Andes y Santiago podemos ver el inmenso y silencioso memorial que desde 1968 simboliza esa emblemática batalla.

Esa fecha quedó grabada en oro en la naciente república, tanto que a partir de 1818, ese 12 de febrero, como recuerdo de esa gloria militar, O’Higgins investido ya como Dictador Supremo, decide hacer un solemne acto conmemorativo con una inédita Firma de la Independencia, hecho que hasta hoy lo disputan las ciudades de Concepción y Talca, y que vendría a ratificar institucionalmente algo que se había conquistado por la fuerza. La disputa obedece a que O’Higgins andaba en campaña por esas tierras entre el Bio-Bío y el Río Claro intentando aniquilar las últimas fuerzas monárquicas asentadas en Talcahuano. Al Dieciocho de Carrera entonces se suma en las efemérides tempranas, el Doce de febrero de O’Higgins, que resignificarían las gestas chilenas en su derrotero libertador.

Cinco

Apenas un mes y medio después de la Firma, y tras la sorpresiva derrota patriota en Cancha Rayada, en las afueras de Talca, las tropas de Mariano Osorio se acercaban a Santiago… en torno a los adobes de las casonas de gobierno corría el rumor que O’Higgins había muerto, el pánico cundía en el entramado urbano de la capital, se pensó que todo había terminado, que la Independencia había sido sólo un anhelo fugaz. Ante tal desazón, asumiendo el rol que le dictaba la historia y su conciencia, Manuel Rodríguez irrumpía en un nuevo Cabildo Abierto gritando “¡Aún tenemos Patria, ciudadanos!”, lo que volvió a entusiasmar a los criollos eligiendo a Rodríguez como presidente interino. Sin embargo dos días después, llegaba desde el sur el Director Supremo malherido a ocupar su lugar.

San Martín comenzó rápidamente a reorganizar el Ejército de Los Andes para preparar la defensa de Santiago del inminente ataque de Osorio que desde Talcahuano había avanzado en 50 días hasta la rivera del río Maipo. El 5 de abril de 1818, las tropas trasandinas (chilenas y argentinas, para ambos países el otro es un país trasandino) vencieron finalmente y en forma definitiva a Osorio que huyó raudo a Valparaíso junto con algunos sobrevivientes. Cuando todavía no se disipaba el humo de los cañones y se recorrían los pastizales en busca de heridos, O’Higgins aparece en el campo de batalla con su brazo en cabestrillo para abrazar a San Martín y a las Heras, a Hilarión de la Quintana y a Rudecindo Alvarado, comandantes respectivos de los ejércitos patriotas bajo el mando del prócer de Yapeyú. Los grandes triunfadores de Maipú, como está inmortalizado en el estupendo cuadro de Pedro Subercaseaux.

Motivos sobraban para que los chilenos, en la Chimba, al otro lado del Mapocho, conmemoraran por largos días la proeza trasandina del triunfo final frente a una España que aún estuvo muchos años en América Latina intentando rearmar su imperio.

Las tres fiestas, la de Carrera, la de O’Higgins y la de San Martín siguieron celebrándose hasta 1837. Ese primer dieciocho de septiembre de 1837, como fecha única, fue sin Portales ya que tres meses antes había sido asesinado en Valparaíso, una paradoja tratándose quizás del gestor de esta idea de reducir a una la fecha de celebración.

A partir de entonces ese Dieciocho comenzó a simbolizar los hitos de nuestra independencia de España, la construcción de una República, el surgimiento de una nacionalidad mestiza, nutrida cada cierto tiempo, de acuerdo a las circunstancias de distintas oleadas de inmigrantes que han visto a reconocer a esta Historia como la propia.

Mismos sueños

Son las fechas de las cuecas y chinganas, de charqui, empanadas y fondas; de tonadas, marineras y cabalgatas, donde, como en casi toda fiesta popular, por unas noches son iguales ricos y pobres, afortunados y desdichados, compartiendo la misma copa de chicha y vino para darle sentido e identidad quizás no a un territorio ni a una historia común, sino al derrotero que hace tanto comenzaron a caminar los hijos de esta patria que, como hoy los hacen aquellos que han elegido a Chile para vivir, hacen de esta suma de historias individuales, las de entonces, las de ahora, las de ellos, las nuestras y las de todos, las fechas que simbolizan el destino definitivo de los mismos sueños.

Publicado por Rodrigo Reyes Sangermani

Un trashumante que busca explicaciones casi siempre sin encontrar ninguna

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