Octubre en llamas

Hemos presenciado jornadas lamentables y dolorosas. Pero no es sorpresa. Por décadas hemos normalizado que las barras bravas antes o después de cada partido de alta convocatoria, destrocen paraderos y arrasen locales comerciales, que en ciertas poblaciones las pandillas de narcos o lumpen se apoderen de las calles sin posibilidad de control por parte del estado, hemos dicho “jóvenes drogadictos y marginales” distantes de los tranquilos barrios del oriente de Santiago, alejados de las calles por las que transitamos. El Chile dividido profundizó realidades distintas, opuestas y contradictorias, una apenas se daba cuenta de la otra; sus lugares de compra, sus escuelas, sus destinos de vacaciones no son los de los otros, los suyos y los nuestros; sus hijos no van a la escuela de los nuestros, su paisaje no tiene los jardines y parques de nuestras casas; apenas los distinguimos en la tele asociados generalmente a crímenes o tráfico de drogas; a pesar de que sabemos que nuestras nanas vienen de ahí y que demoran dos horas para llegar a trabajar a nuestras casas, nos hacemos los lesos. Llegan a cuidar a nuestros hijos, dejando los propios en manos de vecinos, al cuidado de una escuela vulnerable.

Normalizamos un Chile pujante, ajaguarado, un verdadero tigre conectado con las economías del mundo, en 10 años íbamos a ser un país desarrollado preconizaba el presidente en 11 de marzo de 2010, un país lleno de indicadores positivos que brillan en las pantallas de las presentaciones de ENADE en Casa Piedra, pero que ocultaban el hecho de que esa misma modernización capitalista llegaba a la gente a desigual velocidad y estándar dependiendo de sus apellidos o lugares donde vivían. Las clases emergentes van a los centros comerciales a consumir y endeudarse beneficiándose de un frágil bienestar, mientras que los menos, los elegidos, los afortunados, el mismísimo 0,5% de la población pueden gozar un estándar de vida similar al de los más favorecidos de los países desarrollados. Como si el país real fuera el que a diario se ve en televisión con un bombardeo de estímulos, el llamado a una pulsión por escalar socialmente a punta de consumo y apariencias, vacacionando en un resort o vistiéndose con las más caras de las marcas. Exaltamos el tamaño del televisor y la renovación del auto pero no el ahorro, la innovación la tecnología ni el emprendimiento.

Indignados pacíficos, clases medias movilizadas, sectores ultra, anarquistas, violentistas, delincuentes y lumpen, todos son parte, hijos, producto de un mismo sistema. Es cierto, el bandidaje, la pillería, el robo y el saqueo son inaceptables, y hay que combatirlos con eficacia; eficacia que por cierto, el gobierno no ha tenido, violencia que es consustancial y coherente con la normalización que nuestro sistema político ha dado a las mismas barras bravas o pandillas que se toman las villas en el día del joven combatiente. Qué nos extraña, es lamentable, porque los criamos entonces y ahora les saca los ojos al país, y pareciera que la única alternativa ahora fuera reprimirlos.

¿Todo esto es nuevo? ¿No nos habíamos dado cuenta? ¿Creíamos que eran hechos aislados? Cualquiera sea la respuesta, ella habla de que nuestro régimen democrático, que apostó sólo al orden y al crecimiento en el centro de las preocupaciones públicas, en desmedro de la participación y la justicia social, ha fracasado. Las responsabilidades son transversales, desde una concertación acomodada en los mullidos sofás del poder hasta una derecha atrincherada en un sistema que defiende sus propios intereses institucionales y corporativos, pasando por circunstanciales movimientos populistas, afortunadamente sin importancia, o de una izquierda popular reminiscente de un sistema fracasado que tiene sus últimos estertores en un régimen corrupto y autoritario como el venezolano.

Todo esto produce confusión, estamos todos anonadados, no sabemos qué hacer, en las redes sociales salen los espíritus más agresivos, cualquier reivindicación parece obligatoria; no hay filtro, sólo gritos y consignas, hay rabia y violencia en las conversaciones, desgraciadamente también en la vía pública; los llamados a la paz parecen caer en el vacío, mientras el relato del gobierno es decirnos que estamos en una guerra. Que descriterio qué torpeza.

Sin embargo es fundamental hoy restablecer el orden, será difícil retirar a los militares de las calles ahora. Hubiera preferido una acción más decidida de carabineros en los momentos iniciales. Pero eso ya no fue. Pero una vez el orden restablecido es fundamental un cambio en el relato del gobierno; en primer lugar, humildad, reconocer que este movimiento es una inflexión profunda de nuestra política. El gabinete debe poner su cargo a disposición del presidente dadas la pésima gestión de sus ministros que dejaron de hacer (no tener la inteligencia para advertir lo que pasaba) o hicieron mal las tareas que constitucionalmente le corresponde hacer, como por ejemplo, mantener el orden público. En ese sentido quizás lo único que explica de Chadwick se mantenga en el gabinete, es que esperarán que pase la crisis, aunque me temo, con él en Interior, que esta crisis tiende a agudizarse.

Chadwick, Espina, Cubillos, Monckeberg han tenido un desempeño de la crisis paupérrimo, lo que además ha sido acompañado por un lamentable despliegue comunicacional, baste con analizar las últimas intervenciones, incluso del propio presidente para encender aún más el fuego, la indignación de los moderados y qué decir de la furia de los exaltados mezclados con delincuentes y desadaptados, que encuentran en esas palabras el espacio preciso para seguir saqueando.

Sin embargo, un gobierno de unidad nacional no puede ser solo un discurso, invitar al gabinete a personas de privado prestigio, dispuestos a revisar nuestra institucionalidad desde la institucionalidad, se exigirá grandeza a la clase política, cuando esta ya no cuenta con un crédito mayor entre la ciudadanía.

De más está decir que no es solo el alza del metro, como no lo será en pocas semanas más, el de la luz; transporte, luz, AFP, isapres, colusiones, corrupción, son solo parte visible de un país fundado en la injusticia. Por mucho tiempo hubo gente que advirtió que era posible crecer con equidad, se dijo, se propusieron reformas, se pidiò un proceso constituyente, es cuestión de leer los diarios de la época, está lleno de columnas, libros, opiniones y entrevistas de personas cercanas o lejanas a la política que advirtieron la necesidad de construir una democracia más justa, pero siempre más allá de las responsabilidades por acción u omisión, de uno u otro, hubo en sector recalcitrante no dispuesto a ceder en nada a ningún cambio que afectara su statu quo, qué decir un cambio a la institucionalidad.

Un gobierno de unidad debe proponer las reformas necesarias para mejorar nuestra democracia y aquello pasa por redactar una nueva constitución, una institucionalidad que refleje los intereses de todos los chilenos, buscando los mecanismos que nos permitan en el corto plazo fijar una agenda de trabajo para avanzar en esa dirección. No hacerlo arriesga pavimentar el camino a los populismos como antesala del autoritarismo e incluso la dictadura, ejemplos sobran: Ortega, Erdogan, Maduro, Duterte, incluso Trump o Johnson. El populismo es simple, solo la voz de la calle, sin filtro, sin reflexión, es matonesco, en cambio lo institucional es la ley y la democracia, que hoy desgraciadamente están en deuda, pero acaso eso valida la sinrazón?

Tenemos que elegir la democracia, no queda alternativa, es el único remedio para el populismo, pero tenemos que acelerar el ritmo, escuchar a la gente, pagar el precio que exige la justicia social, aunque a algunos les duela, es un momento histórico, de lo contrario será difícil mirar el futuro, y el futuro ya no hay espacio para seguir esperando, y quizás si algún día celebremos la crisis de este octubre como el de la verdadera independencia nacional.

Publicado por rodrigoreyess

Un trashumante que busca explicaciones casi siempre sin encontrar ninguna

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